The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo IX: El Templo Sin Dioses

La mañana siguiente trajo consigo una invitación inesperada: un sacerdote del templo central, cuyo nombre Senna pronunció con un respeto considerable —Ilvaren, guardián del Templo de lo Innombrado—, solicitaba un encuentro privado con Kael, sin la presencia de ningún miembro del Consejo ni de los Guardianes de la Memoria. La invitación llegó en un pergamino pequeño, sellado con el mismo símbolo del círculo imperfecto que Kael había visto en la tablilla espiral que Talaida había traducido días atrás, y el mensajero que lo entregó, un joven de expresión reservada que apenas pronunció palabra alguna, aguardó en silencio la respuesta antes de retirarse.

—No es una petición común —advirtió Senna, mientras lo acompañaba hacia la zona más antigua de la ciudad, donde las construcciones mostraban un estilo considerablemente distinto al resto: menos ornamentado, más austero, con muros tallados directamente en la roca madre en lugar de erigidos sobre cimientos independientes—. Ilvaren no recibe visitantes desde hace más de una década. Su templo es el más antiguo que conservamos, y los sacerdotes que lo custodian han mantenido, durante generaciones, una distancia considerable respecto al resto de la sociedad. Nadie recuerda ya por qué comenzó esa distancia, ni si fue una decisión deliberada o una consecuencia de circunstancias que nuestros propios archivos no han logrado preservar con claridad.

—¿Por qué? —preguntó Kael.

—Porque su templo no venera a los siete elementos que vosotros reconocéis en Draxcan, ni a ninguna divinidad que nuestro propio pueblo comprenda completamente. —Senna se detuvo ante una entrada considerablemente más modesta que la del Salón de los Despiertos, sin ornamentación alguna, apenas un arco de piedra oscura cuya superficie absorbía la luz en lugar de reflejarla—. Veneran algo anterior a cualquier división elemental conocida. Algo que, según nuestros propios registros más antiguos, precede incluso a la existencia de los dragones. La mayoría de los habitantes de esta ciudad, incluso aquellos que han vivido aquí toda su vida, jamás han cruzado ese umbral.

Kael sintió el cuarto corazón responder ante aquella mención con una intensidad que reconocía ya como señal inequívoca de proximidad a algo relacionado con su propio origen. Era la misma sensación que había experimentado ante el pilar bajo el Distrito Original, ante el altar de la llama fragmentada en el templo del Reino Interior, ante cada estructura que su sangre reconocía como propia sin que su mente comprendiera por qué.

—Entraré solo —dijo, aunque Lyssara, que los había acompañado hasta aquel punto, frunció el ceño de inmediato ante aquella decisión.

—Kael...

—Ilvaren solicitó específicamente una audiencia privada —dijo Senna, con una comprensión que no buscaba agravar la preocupación evidente de la capitana—. Insistir en acompañarlo podría considerarse una falta de respeto hacia una tradición que ya de por sí se muestra reticente a recibir visitantes. Mi Consejo recomendaría aceptar la invitación en los términos en que ha sido formulada.

Lyssara, tras un momento de deliberación silenciosa, finalmente asintió, aunque su expresión conservaba una tensión considerable.

—Esperaré aquí. Si no sales en una hora, entraré, con o sin el permiso de ningún sacerdote.

Kael sonrió, agradecido por aquella protección constante, y cruzó el umbral del templo. Antes de desaparecer en la penumbra del interior, se giró una última vez hacia Lyssara, y en aquella mirada breve se transmitieron más cosas que en cualquier discurso: la gratitud de quien sabe que tiene a alguien esperándolo, la cautela de quien reconoce que está a punto de enfrentar algo que no comprende del todo, y la determinación silenciosa de quien no piensa defraudar aquella confianza.

El interior contrastaba de manera absoluta con la luminosidad constante que caracterizaba al resto de la ciudad: una penumbra considerable, apenas iluminada por pequeñas llamas —reales, de fuego genuino, no la luminiscencia artificial de las esferas que Kael ya había aprendido a asociar con aquel lugar— dispuestas en nichos tallados a lo largo de un corredor que descendía gradualmente hacia una cámara central. Kael notó, al avanzar, que el aire de aquel corredor era distinto al del resto de la ciudad: más seco, más denso, impregnado de un olor a ceniza antigua que le recordó, sin razón aparente, a los archivos más profundos del Castillo Dracking, aquellos que Doren abría únicamente en contadas ocasiones.

Las llamas, a diferencia de las esferas luminosas que iluminaban las calles, proyectaban sombras cambiantes sobre las paredes, sombras que parecían moverse con una vida propia, dibujando formas que Kael no lograba identificar con precisión pero que, en más de una ocasión, le parecieron vagamente humanas. Comprendió, con una certeza que no necesitaba confirmación, que aquel templo había sido diseñado deliberadamente para contrastar con el resto de la ciudad: mientras las esferas representaban la luz permanente, artificial, controlada, las llamas representaban la impermanencia, la fragilidad, el fuego que debe ser alimentado constantemente para no extinguirse.

Allí, ante un altar desprovisto de cualquier estatua reconocible, un hombre de edad considerable, vestido con una túnica tan oscura que apenas se distinguía de las sombras que lo rodeaban, aguardaba con una quietud que sugería años de meditación practicada. Su rostro, marcado por arrugas profundas que no correspondían únicamente a la edad sino a décadas de concentración sostenida, mostraba una serenidad que Kael no había encontrado en ninguna de las figuras ancestrales que había conocido hasta entonces: ni en Ashkar, cuya autoridad transmitía una tensión contenida, ni en Thessaly, cuya melancolía resultaba palpable incluso a través de la distancia.

—Elyon. —Su voz, cuando habló, llevaba un timbre grave que resonó por toda la cámara con una cualidad casi física—. Esperaba este encuentro desde hace considerablemente más tiempo del que mi propia vida ha logrado abarcar.




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