Kael salió del templo con el peso de aquella conversación todavía asentándose sobre él, encontrando a Lyssara exactamente donde la había dejado, con una tensión visible que se disolvió parcialmente al verlo cruzar el umbral por su propio pie. La capitana había permanecido de pie durante toda la espera, con la espalda apoyada contra la pared de piedra oscura y los brazos cruzados, en una postura que Kael reconocía de los días de mayor incertidumbre: la postura de quien se obliga a permanecer inmóvil para no ceder al impulso de entrar por la fuerza. Al verlo emerger, sus brazos se descruzaron de inmediato, y sus ojos recorrieron su rostro y su cuerpo con la atención del médico de campaña que evalúa a un soldado herido.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, examinándolo con la misma atención clínica que aplicaba a cada manifestación física de su condición—. Tu respiración sigue alterada.
—Necesito sentarme un momento —admitió Kael, y ella lo guio hacia un pequeño banco situado en el exterior del templo, sin soltar su brazo. El banco, tallado en la misma piedra luminiscente que componía las calzadas, ofrecía una vista parcial de la plaza adyacente, donde un grupo de niños jugaba bajo la supervisión de dos mujeres ancianas que tejían sentadas en un escalón cercano. Kael observó a los niños durante un instante, sus risas resonando en el aire quieto de la ciudad, y sintió, contra toda lógica, una punzada de envidia por su ignorancia de todo lo que él acababa de aprender.
Le relató, con la mayor precisión que su propia mente agitada le permitía, cada palabra de Ilvaren: la Primera Voluntad, la fragmentación en los siete elementos, el primer exilio que había poblado la superficie de Daus, y la posibilidad, todavía más inquietante, de que los Once Originales hubieran sido descendientes directos de aquel mismo linaje, regresando generaciones después para sellar lo que su propia sangre había abierto. Lyssara escuchó en silencio, sin interrumpir, con la misma atención concentrada que aplicaba a los informes militares más complejos.
—Entonces todo —dijo Lyssara, cuando Kael terminó su relato, procesando la magnitud de lo escuchado—. Los Elemens, los magos, probablemente hasta los humanos comunes de Draxcan, todos descendemos, de alguna manera, de este lugar.
—Eso parece sugerir Ilvaren. Y la traducción de Talaida de ayer.
—¿Y tú crees que podrías repetir ese error? —preguntó ella, con una franqueza que no buscaba suavizar la gravedad de la pregunta.
Kael guardó silencio un largo momento, contemplando las calzadas de la ciudad que se extendían ante ellos, con sus habitantes continuando su vida cotidiana, ajenos en su mayoría a la magnitud de la conversación que acababa de tener lugar dentro de aquel templo. Vio a un anciano que vendía frutas de piel violácea en un puesto cercano, a dos jóvenes que discutían animadamente junto a una fuente de piedra, a una mujer que cargaba a un bebé envuelto en telas luminiscentes mientras conversaba con una vecina. Toda aquella vida, toda aquella normalidad, descansaba sobre una historia que ninguno de ellos conocía completamente.
—No lo sé —admitió finalmente—. Y esa incertidumbre, Lyssara, me asusta más que cualquier amenaza externa que hayamos enfrentado hasta ahora. Porque si mi sangre lleva la misma conexión que provocó, en su momento, la fragmentación de toda una civilización, entonces cualquier decisión que tome sobre esa puerta podría tener consecuencias que ni siquiera yo mismo puedo prever.
—O podría no tener ninguna consecuencia catastrófica. —Lyssara apoyó una mano sobre su brazo, con un gesto que buscaba anclar más que consolar—. Ilvaren te dio una advertencia basada en textos antiguos que ni siquiera su propia orden ha logrado descifrar completamente. No es lo mismo que una profecía. No es lo mismo que una certeza.
—Lo sé. Pero tampoco puedo ignorarlo.
—No te estoy pidiendo que lo ignores. Te estoy pidiendo que no te dejes paralizar por él.
Kael asintió lentamente, consciente de que Lyssara tenía razón en lo esencial: el miedo, por legítimo que fuera, no podía convertirse en excusa para la inacción. Había cruzado demasiados umbrales, enfrentado demasiadas incertidumbres, para detenerse ahora ante la posibilidad de un error que ni siquiera estaba seguro de poder cometer.
—Hay algo más que deberías saber —dijo—. Ilvaren me mostró un fragmento de piedra, encontrado en el lugar donde, según sus textos más antiguos, se produjo la fragmentación original. Contiene una inscripción que ninguno de sus eruditos ha logrado traducir completamente, pero que incluye una frase repetida tres veces: "el que regrese debe elegir."
—¿Elegir qué?
—Eso no lo saben. Pero Ilvaren cree que Talaida podría descifrarlo, dado el trabajo que ha hecho con el sistema de escritura antiguo. Me pidió que no compartiéramos la existencia de ese fragmento con nadie más, ni con el Consejo, ni con los Guardianes de la Memoria, ni con Darian.
—¿Por qué Darian?
—Porque su familia ha estado vinculada a ese templo de maneras que ni siquiera Ilvaren comprende del todo. Y porque, según él, si Darian supiera lo que ese fragmento contiene, podría tomar decisiones que ninguno de nosotros estaría en condiciones de revertir.
Lyssara guardó silencio un momento, considerando las implicaciones de aquella advertencia con la atención del estratega que evalúa un nuevo factor en un terreno ya complejo.
—Entonces tenemos un fragmento oculto, un sacerdote que lleva décadas custodiando secretos, un líder de la oposición con vínculos familiares con ese mismo templo, y una inscripción que podría contener la clave de todo lo que estamos investigando. —Esbozó una expresión que no era del todo una sonrisa—. No está mal para una sola mañana.
—Y todavía no he terminado. —Kael se puso de pie, sintiendo que sus fuerzas regresaban gradualmente—. Ilvaren también me habló de algo más. Algo que no esperaba.
—¿Qué?
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Editado: 06.10.2026