The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo XI: El Documento de Airoon

En Draxcan, mientras Kael descendía hacia las profundidades del Reino Interior en busca de respuestas sobre Ilara y los Caminantes, Airoon permanecía en su despacho privado, contemplando un pergamino que había evitado abrir durante más de cuarenta años.

El documento —el mismo que había ordenado destruir su propio padre, y que Airoon había escondido en su lugar, sin jamás atreverse a leer su contenido completo— descansaba sobre su escritorio, con el sello roto desde el encuentro con Vycto semanas atrás, aunque el rey solo había leído las primeras líneas en aquella ocasión, deteniéndose ante la mención del nombre Elyon con una conmoción que le había impedido continuar. Desde entonces, el pergamino había permanecido en un cajón cerrado con llave, envuelto en un paño de terciopelo, como si el propio Airoon temiera que la simple proximidad del documento pudiera alterar el curso de los acontecimientos que intentaba gestionar con creciente dificultad. En las noches de insomnio de las últimas semanas, el rey había bajado en más de una ocasión hasta aquel cajón, había introducido la mano en su interior, había rozado con los dedos la textura de aquel pergamino, y había vuelto a cerrar la cerradura sin atreverse a extraerlo. Pero esta mañana, tras la noticia del descenso de Kael hacia las profundidades del Reino Interior, tras conocer los descubrimientos de Talaida sobre la expulsión primordial y la Primera Voluntad, había comprendido que ya no podía seguir postergando lo inevitable.

—Doren —dijo, cuando el archivero entró en respuesta a su llamada—, ha llegado el momento de leerlo completo.

Doren tomó asiento frente al escritorio, con la misma gravedad que había caracterizado cada conversación relacionada con aquel documento desde su descubrimiento. El archivero había envejecido considerablemente durante las últimas semanas, pensó Airoon, observándolo. Las arrugas alrededor de sus ojos eran más profundas, su cabello más gris, y su postura, aunque todavía erguida, conservaba la rigidez de quien carga un peso que ya no logra distribuir del todo entre sus hombros. Pero en sus ojos, pese al cansancio, brillaba la misma atención meticulosa de siempre, la misma disposición a enfrentar cualquier verdad, por incómoda que fuera, con tal de comprenderla completamente.

—¿Estáis seguro, Airoon? Una vez que conozcáis su contenido completo, no habrá manera de desconocerlo de nuevo.

—Llevo cuarenta años viviendo con la incertidumbre de lo que este pergamino contiene. —Airoon desplegó el documento con manos que, pese a su edad, se mantenían firmes gracias a una disciplina forjada en décadas de gobierno—. Prefiero enfrentar la verdad completa, por dolorosa que resulte, a continuar gobernando bajo la sombra de un secreto que ni siquiera yo mismo comprendo del todo. He pasado demasiados años postergando decisiones por miedo a lo que pudieran revelar. Ya no puedo permitirme ese lujo.

Comenzó a leer, en voz alta, para que Doren pudiera ser testigo de cada revelación junto a él. La caligrafía era firme, precisa, la de un hombre que había aprendido a escribir con disciplina militar antes de convertirse en rey, y el lenguaje, aunque formal, conservaba una calidez que trascendía el protocolo burocrático de la época.

"Yo, Dravec Kaziu, escribo esto en el año sesenta y tres de mi reinado, consciente de que la enfermedad que consume mi cuerpo pronto me arrebatará la oportunidad de transmitir personalmente esta verdad a mi hijo. Que estas palabras le sirvan de guía cuando el momento llegue, como sin duda llegará, de enfrentar lo que yo mismo nunca logré resolver completamente."

Airoon se detuvo un instante, reconociendo el nombre de su propio bisabuelo con una punzada de emoción que no había anticipado sentir ante un documento que había temido durante tanto tiempo. Dravec Kaziu había gobernado Draxcan durante casi siete décadas, y su reinado, según los registros oficiales, había sido uno de los más prósperos en la historia del reino. Pero los registros oficiales, como Airoon había aprendido a lo largo de su propia vida, rara vez contenían la totalidad de la verdad.

"Hace muchos años, durante una expedición autorizada por mi propio padre hacia las profundidades del Distrito Original, descubrí algo que ningún rey de Draxcan había documentado jamás con precisión completa: una estructura, construida por los Once Originales, que reaccionaba, de manera inequívoca, a cierta configuración de sangre que ningún linaje real conocido poseía en aquel entonces."

—Entonces tu bisabuelo ya sabía de la existencia de la estructura —dijo Doren, con una sorpresa considerable—. Generaciones antes de que vosotros mismos la redescubrierais.

—Continúa, continúa —dijo Airoon, con una urgencia creciente, retomando la lectura.

"Consulté con los eruditos más confiables de mi corte, bajo el máximo secreto posible, y descubrimos referencias fragmentarias a una profecía, o quizás advertencia, transmitida de generación en generación entre ciertos linajes antiguos de Elemens, que hablaba del regreso eventual de una sangre que los Once mismos habían temido lo suficiente como para dispersar entre múltiples familias, precisamente para evitar que ningún linaje único pudiera reclamar, por sí solo, el poder completo que esa sangre representaba."

—Esto confirma lo que descubrimos durante la Saga anterior —dijo Doren—. La dispersión deliberada de la sangre elegida entre múltiples familias.

"Pero existe algo adicional que descubrí entonces, y que ningún documento posterior de mi propia familia ha logrado preservar con la misma claridad: la identidad de la persona que portaba, en aquel entonces, la concentración más pura de esa sangre dispersa."

Airoon sintió que su propia respiración se detenía momentáneamente, anticipando lo que el siguiente párrafo revelaría. Llevaba cuarenta años esperando aquella revelación, cuarenta años en los que había construido teorías, había formulado hipótesis, había intentado reconstruir, a partir de fragmentos dispersos y documentos parciales, la historia completa que su propio bisabuelo había custodiado. Y ahora, con el pergamino desplegado ante él, comprendía que ninguna de sus teorías había logrado aproximarse a la verdad completa.




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