The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo XII: La Traición del Reino

El mensaje de Doren llegó al Reino Interior apenas un día después de la expedición hacia la grieta de Ilara, entregado por un soldado de la escolta que había permanecido vigilando el corredor principal durante la ausencia prolongada del grupo. El soldado, un hombre de mediana edad llamado Aldric que había servido bajo el mando de Corwin durante años, había esperado durante horas en la cámara del pilar, sin atreverse a cruzar el umbral sin autorización expresa, hasta que un mensajero del Reino Interior lo localizó y lo condujo hacia la Casa de los Visitantes. Kael lo leyó dos veces, sintiendo que el peso de aquella nueva revelación —su propia familia vigilada durante más de un siglo por la Corona de Draxcan, sin que ninguno de sus antepasados jamás lo supiera— se sumaba a la ya considerable acumulación de verdades que había ido descubriendo semana tras semana.

El mensaje, redactado con la caligrafía precisa de Doren, era considerablemente más extenso que las comunicaciones habituales. Describía, con todo detalle, el contenido del documento de Dravec Kaziu, el descubrimiento de que la propia Corona había vigilado a los descendientes de la familia Kraxter durante cinco generaciones, y la confesión de Airoon de que él mismo había continuado aquella vigilancia sin revelarle jamás su existencia. Kael leyó cada palabra con una atención que trascendía la simple lectura, sintiendo que cada línea añadía una capa adicional de complejidad a una historia que ya no podía separarse de su propia identidad.

—Necesitamos regresar —dijo, tras compartir el contenido del mensaje con Lyssara, Talaida y Paul—. Pero no hasta haber comprendido completamente la situación actual aquí. Senna mencionó que el período de estudio conjunto se extendería según el progreso de la investigación. Todavía quedan preguntas fundamentales sin resolver.

—¿Como cuáles? —preguntó Talaida.

—Como qué ocurrió exactamente con Elyon, el original. —Kael sintió la urgencia de aquella pregunta con una intensidad renovada—. Hemos descubierto el primer exilio, la fragmentación de la Primera Voluntad, los Caminantes que lograron escapar por sus propios medios. Pero todavía no sé qué ocurrió con la persona cuyo nombre llevo, ni por qué los Once finalmente decidieron sellar esta ciudad por completo.

—Hay algo más que deberías considerar —dijo Paul, con la precisión del diplomático que ya está evaluando las implicaciones políticas de cada nueva información—. El documento de Dravec confirma que la Corona ha estado vigilando a tu familia durante generaciones, pero también implica que existieron otros linajes, igualmente portadores de la sangre dispersa, que podrían haber sido vigilados de la misma manera. Si Dravec descubrió una concentración particularmente pura en los Kraxter, es posible que otras ramas, con concentraciones menores pero significativas, hayan existido a lo largo de la historia sin que nosotros tengamos constancia de ello.

—¿Y eso qué significaría? —preguntó Lyssara.

—Significaría que Kael podría no ser el único descendiente de aquella sangre dispersa que ha despertado en los últimos siglos. —Paul extendió sobre la mesa un mapa de Daus que había traído consigo, marcando con el dedo varios puntos dispersos por el continente—. Y que, si esas ramas existen, podrían haber despertado sin que nadie lo supiera, especialmente si sus portadores carecían del contexto necesario para comprender lo que estaban experimentando.

Kael consideró aquella posibilidad con una gravedad renovada, consciente de que cada nueva revelación ampliaba, en lugar de simplificar, la magnitud de lo que estaba en juego.

Fue mientras deliberaban sobre los próximos pasos cuando un mensajero de Senna llegó con urgencia, interrumpiendo cualquier planificación adicional. El mensajero, un joven que Kael reconoció como uno de los auxiliares del Salón de los Despiertos, llegó sin aliento, con el rostro pálido y las manos temblorosas, y su voz, cuando habló, apenas lograba contener la alarma evidente que lo embargaba.

—El Consejo solicita vuestra presencia inmediata —dijo, sin aliento—. Ha ocurrido algo. Darian ha desaparecido de su residencia, junto con un grupo considerable de sus seguidores más cercanos.

El Salón de los Despiertos, cuando llegaron, mostraba una actividad agitada que contrastaba con la formalidad habitual de sus sesiones. Los consejeros, habitualmente dispuestos en sus gradas con la serenidad de quienes han debatido durante décadas, ahora se movían en pequeños grupos, intercambiando susurros urgentes, y los guardias de la entrada, que en visitas anteriores apenas habían registrado su presencia con un asentimiento discreto, ahora los examinaban con una atención renovada. Senna los recibió con una expresión que combinaba preocupación genuina y una frustración evidente.

—Desapareció anoche, durante el período de descanso —explicó, mientras los conducía hacia una sala privada donde Orlen y Kestoran ya los esperaban—. Sus seguidores más cercanos, incluido Bartel, el líder de los artesanos que conocisteis días atrás, también han abandonado sus residencias habituales. Cuando enviamos a verificar sus viviendas, las encontramos vacías, con signos evidentes de una partida apresurada pero organizada.

—¿Bartel? —preguntó Lyssara, sorprendida—. Parecía genuinamente dispuesto a considerar una solución de compromiso.

—Quizás lo estaba, hasta que algo cambió su perspectiva. —Kestoran intervino, con una gravedad militar que no intentaba disimular—. Hemos enviado patrullas a investigar, pero el Reino Interior es considerablemente más vasto de lo que nuestras exploraciones conjuntas han logrado cubrir hasta ahora. Existen sectores enteros de la ciudad que ni siquiera mi propia guardia ha explorado completamente en generaciones. Los distritos más antiguos, en particular, se extienden a lo largo de kilómetros de túneles y galerías que nuestros antepasados excavaron durante siglos y que, tras el sellamiento, simplemente dejaron de mantener.




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