The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo XIII: La Sangre y La Corona

Kael retrocedió, sintiendo el cuarto corazón acelerarse con una intensidad que reconocía ya como respuesta directa al peligro inminente, mientras Darian se aproximaba con el Fragmentador extendido hacia adelante, los símbolos grabados en su superficie emitiendo un resplandor tenue que no correspondía a ninguna luminiscencia natural de aquel lugar. El artefacto, a medida que Darian avanzaba, parecía adquirir una presencia propia: su zumbido constante se intensificaba con cada paso, y las marcas talladas en su metal oscuro pulsaban con un ritmo que Kael reconocía, con un escalofrío, como sincronizado con su propio cuarto corazón.

—¡Lyssara! —gritó, pero ella se encontraba enfrentando a dos de los seguidores de Darian simultáneamente, su espada moviéndose con una precisión que apenas lograba contener el avance combinado de ambos atacantes. Uno de ellos, un hombre joven de complexión atlética que Lyssara reconoció como uno de los artesanos del distrito de Bartel, empleaba una lanza de asta larga que mantenía a Lyssara a distancia, mientras el segundo, más veterano, intentaba flanquearla desde la izquierda. Lyssara, consciente de que cualquier distracción podría resultar fatal, se concentró en mantener el equilibrio entre ambos, buscando el momento exacto en que pudiera desequilibrar a uno sin exponerse al otro.

Corwin, abriéndose paso a través del caos del enfrentamiento con una determinación militar considerable, interceptó a Darian apenas unos pasos antes de que este alcanzara a Kael, desviando el Fragmentador con el filo de su propia espada en un movimiento que arrancó chispas del contacto entre ambos metales. El impacto resonó por toda la cámara, y durante un instante, el propio Fragmentador pareció titubear, su zumbido fluctuando como si el contacto con el acero de Corwin hubiera perturbado temporalmente su funcionamiento.

—No vais a tocarlo —dijo, con una autoridad que no admitía discusión, posicionándose entre Darian y Kael con una firmeza inquebrantable.

Darian retrocedió un paso, reevaluando su estrategia ante aquella intervención inesperada, mientras a su alrededor el enfrentamiento continuaba extendiéndose: Talaida, pese a carecer del entrenamiento marcial de Lyssara o Corwin, había comenzado a canalizar pequeños hechizos defensivos que mantenían a raya a cualquier atacante que se aproximara demasiado hacia Paul, quien permanecía protegido tras ella, consciente de que su propia experiencia en combate directo resultaba considerablemente limitada. Los hechizos de Talaida no buscaban causar daño, sino crear barreras temporales —pequeñas ráfagas de viento, muros de piedra momentáneos, destellos de luz que cegaban transitoriamente a quien los miraba directamente—, y su eficacia, aunque modesta, bastaba para mantener a los seguidores de Darian en un estado de confusión que les impedía coordinar sus ataques.

—Bartel —dijo Kael, dirigiéndose directamente hacia el hombre que sostenía el objeto adicional que habían recuperado de la Cámara Olvidada, aprovechando el instante de confusión generado por la intervención de Corwin—. Esto no tiene por qué terminar en sangre. Deja ese objeto, y hablemos, como lo hicimos aquel primer día.

Bartel vaciló, su expresión mostrando una lucha interna considerable entre la convicción que lo había llevado hasta aquel punto y el recuerdo genuino de la conversación honesta que había compartido con Kael y Lyssara en su propio distrito, días atrás. En aquella conversación, Bartel había hablado de sus temores sobre el futuro de su comunidad, y Lyssara, con su franqueza característica, había reconocido la legitimidad de aquellos temores sin por ello ceder a la presión de garantizar lo que no podía garantizar. Aquel intercambio, breve pero genuino, había dejado una impresión que Bartel no había logrado borrar del todo, incluso cuando Darian le presentó argumentos que parecían justificar la acción más extrema.

—No quiero hacerte daño —dijo finalmente, con una voz que llevaba más duda de la que había mostrado hasta entonces. El objeto que sostenía, un segundo artefacto que habían recuperado de la cámara junto al Fragmentador, no era un arma en el sentido convencional: era un pequeño cofre de metal, sellado con símbolos de contención, cuyo contenido ninguno de los presentes conocía con certeza. Bartel lo había cargado desde la cámara hasta el corredor, siguiendo las instrucciones de Darian, pero nunca había preguntado qué contenía exactamente—. Pero tampoco puedo permitir que el error de nuestros ancestros se repita bajo mi propia vigilancia.

—Entonces ayúdame a comprender completamente qué ocurrió, en lugar de destruir cualquier posibilidad de que lo averigüemos. —Kael dio un paso hacia él, deliberadamente, con las manos todavía extendidas en un gesto de paz—. Si el Fragmentador me mata, o me separa permanentemente de esta ciudad, nunca sabremos la verdad completa. Nunca comprenderemos si realmente estoy destinado a repetir aquel error, o si existe otro camino que ninguno de nosotros ha considerado todavía.

Aquellas palabras parecieron resonar con una fuerza considerable dentro de la convicción vacilante de Bartel, quien bajó ligeramente el objeto que sostenía, su atención dividida entre la determinación implacable de Darian y la posibilidad, genuina, de que Kael estuviera ofreciendo una alternativa que no había considerado completamente hasta entonces. La tensión en su rostro era visible: los músculos de su mandíbula se contraían y relajaban alternativamente, y sus ojos, que hasta entonces habían permanecido fijos en Darian como fuente de autoridad, ahora buscaban alternativamente el rostro de Kael, como si en él pudiera encontrar una respuesta que su propia conciencia no lograba proporcionarle.

Fue en aquel instante de vacilación cuando el propio ambiente de la cámara cambió de manera abrupta: el pedestal central, vacío desde que habían encontrado el objeto retirado, comenzó a emitir un resplandor que ninguno de los presentes había anticipado, una luz dorada que se extendió gradualmente por toda la sala, obligando a cada combatiente a detener momentáneamente su propia confrontación ante la magnitud de aquel fenómeno inesperado.




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