The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo XIV: El Último Guardián

El Consejo de los Despiertos se reunió aquella misma noche, en una sesión que, pese a tratarse técnicamente del juicio de Darian, Senna había decidido mantener considerablemente más contenida que la asamblea pública celebrada días atrás, consciente de que la magnitud de lo ocurrido en la Cámara Olvidada exigía una deliberación cuidadosa antes de cualquier exposición ante la ciudad entera. La sala elegida no fue el Salón principal, con sus gradas amplias y su capacidad para albergar a cientos de ciudadanos, sino una cámara más pequeña situada en el ala administrativa del edificio, con espacio apenas suficiente para los veintisiete consejeros, los testigos convocados, y un pequeño contingente de guardias apostados junto a las puertas.

Kael ocupó un asiento en la primera fila de las gradas, con Lyssara a su derecha y Talaida a su izquierda, mientras Paul permanecía unos pasos detrás, en una posición que le permitía observar simultáneamente a los consejeros y a los seguidores de Darian que habían sido convocados como testigos. La iluminación de la sala era más tenue que la de las calzadas principales, y las esferas dispuestas en las paredes, de menor tamaño que las que iluminaban las calles, proyectaban sombras que conferían al recinto una atmósfera de gravedad considerable.

—El Fragmentador ha sido confiscado y sellado de nuevo bajo custodia directa del Consejo —informó Orlen, abriendo la sesión con la formalidad habitual—. Darian Voss enfrentará las consecuencias que este cuerpo determine apropiadas, aunque reconocemos, dadas las circunstancias reveladas por el propio artefacto, que su intención, aunque equivocada en su ejecución, nacía de una preocupación genuina por la seguridad de nuestro pueblo.

Darian, presente en la sala bajo vigilancia pero sin restricciones físicas evidentes, escuchó aquella deliberación con una resignación considerable, su expresión mostrando todavía el peso de la revelación que había experimentado horas antes. Kael lo observó con atención: el hombre que había liderado la oposición a la apertura de la puerta durante semanas, que había construido su posición sobre décadas de convicción inquebrantable, ahora permanecía sentado con los hombros ligeramente encorvados, las manos entrelazadas sobre las rodillas, y la mirada fija en un punto indefinido del suelo. No era la postura de un hombre derrotado, exactamente. Era la postura de alguien que, tras años de certeza, se enfrentaba por primera vez a la posibilidad de que sus convicciones más profundas hubieran estado equivocadas.

—Propongo que, en lugar de un castigo convencional, Darian sea incorporado formalmente al proceso de investigación conjunta que ya mantenemos con Elyon y sus compañeros —dijo Senna, sorprendiendo a varios de los presentes con aquella sugerencia—. Su conocimiento sobre las preocupaciones de quienes temen la apertura de la puerta resultaría valioso, y creo, dada su reacción de esta tarde, que su perspectiva podría evolucionar considerablemente si se le ofrece la oportunidad de participar directamente en la búsqueda de respuestas, en lugar de permanecer excluido de ella.

Un murmullo recorrió las gradas, algunos consejeros asintiendo con una aprobación cautelosa, otros mostrando una reticencia evidente ante la idea de incorporar al proceso a quien, apenas horas antes, había intentado emplear un arma prohibida contra el propio Elyon.

Kael, presente en calidad de testigo más que de parte formal del juicio, consideró aquella propuesta con una deliberación cuidadosa.

—Estoy de acuerdo —dijo finalmente—. Darian actuó desde el miedo, no desde la maldad. Y después de lo ocurrido hoy, creo que su participación directa en nuestra investigación podría resultar más valiosa que cualquier castigo convencional.

El Consejo deliberó brevemente antes de aprobar aquella propuesta. Darian, tras un momento de silencio considerable, finalmente asintió, aceptando los términos ofrecidos con una expresión que combinaba alivio y una determinación renovada hacia un propósito considerablemente distinto al que había perseguido hasta entonces. Antes de que la sesión se levantara, el propio Darian solicitó la palabra, y Orlen, tras una breve consulta con los consejeros más cercanos, se la concedió.

—No voy a ofrecer disculpas que ninguno de vosotros consideraría sinceras —dijo, con una voz que, aunque baja, resonó con claridad en el silencio de la sala—. Durante años, he creído que mi posición era la única correcta, que cualquier apertura representaba una amenaza existencial para nuestra civilización. El Fragmentador me ha demostrado que mis propios antepasados, al crear aquel objeto, comprendían algo que yo mismo había olvidado: que el peligro no reside en lo que somos, sino en lo que decidimos hacer con lo que somos. Acepto la propuesta del Consejo, no porque haya cambiado completamente de opinión, sino porque reconozco que ya no poseo la certeza que creía tener. Y en ausencia de certeza, la única opción honesta es seguir buscando.

Kael sintió que aquellas palabras, pronunciadas por el hombre que había sido su principal oponente desde su llegada a la ciudad, llevaban un peso que trascendía cualquier cálculo político: eran la confesión de alguien que, tras décadas de convicción, había comenzado a comprender que la verdad, por incómoda que resultara, merecía más respeto que cualquier posición mantenida por simple orgullo.

Fue durante la madrugada siguiente —marcada únicamente por el descenso gradual de la intensidad de las esferas luminosas— cuando Kael, incapaz de conciliar el sueño tras los acontecimientos del día, se encontró de nuevo ante el pilar central de la cámara donde había tenido lugar su primer encuentro con Ashkar, semanas atrás. Había pasado la mayor parte de la noche en su habitación de la Casa de los Visitantes, intentando en vano dormir, mientras las imágenes de la confrontación en la Cámara Olvidada se repetían una y otra vez en su mente: el resplandor del Fragmentador, la expresión de Darian al comprender que el artefacto se volvía contra él, la aparición de la segunda corona sobre el pedestal. Finalmente, incapaz de permanecer inmóvil, se había levantado sin despertar a Lyssara y había salido a caminar por las calzadas silenciosas, dejando que sus pasos lo guiaran por donde quisieran.




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