The Age of Crowns: Los Habitantes del Reino Interior

Capítulo XV: El Cielo que Vuelve a Verse

Kael regresó a la Casa de los Visitantes antes del amanecer, con el peso de la conversación con Ashkar todavía asentándose sobre él con una gravedad que no lograba disipar ni siquiera ante la presencia reconfortante de Lyssara, quien despertó de inmediato al sentirlo entrar en la habitación que compartían. La luz de las esferas, atenuada por el ciclo de descanso, filtraba un resplandor tenue a través de las cortinas, y en la penumbra de la habitación, Lyssara se incorporó con la alerta instantánea que ya era característica de ella, sus ojos recorriendo el rostro de Kael con la misma atención clínica que aplicaba a cualquier evaluación de peligro.

—¿Dónde has estado? —preguntó—. Llevas horas fuera.

Kael se sentó en el borde de la cama, con el cansancio acumulado de semanas de revelaciones sucesivas reflejándose en cada uno de sus movimientos. Permaneció en silencio un momento, buscando las palabras adecuadas, consciente de que lo que estaba a punto de compartir añadía una capa adicional de complejidad a una situación que ya había superado cualquier expectativa que hubiera podido formarse al inicio de aquella investigación.

Le relató, con la misma precisión meticulosa que había empleado para cada revelación anterior, cada palabra de Ashkar: el segundo intento de Elyon de compartir la Primera Voluntad, el colapso provocado por su muerte natural, la advertencia sobre la dependencia que su propia existencia podría generar. Lyssara escuchó en silencio, sin interrumpir, con la misma concentración que aplicaba a los informes militares más complejos, y cuando Kael terminó, permaneció un largo momento procesando la magnitud de lo que acababa de escuchar.

—Entonces el peligro nunca fue lo que hicieras activamente con tu sangre —dijo finalmente, procesando la magnitud de aquella revelación con la misma claridad analítica que había aplicado a cada crisis anterior—. Es lo que tu propia presencia, pasivamente, podría provocar si esta ciudad, o cualquier otra estructura conectada a ti, desarrolla una dependencia demasiado profunda.

—Exactamente. —Kael se sentó junto a ella, el cansancio acumulado reflejándose en cada uno de sus gestos—. Y no sé cómo evitarlo, Lyssara. No sé si existe siquiera una manera de participar en la vida de esta ciudad, de ayudar a sus habitantes, sin correr el riesgo de convertirme, sin desearlo, en el mismo tipo de ancla que Elyon se convirtió hace tanto tiempo. Ashkar lo describió con una claridad que no deja lugar a dudas: no fue malicia, ni ambición, ni siquiera un error de juicio lo que destruyó aquella civilización. Fue amor. Elyon amaba a su pueblo, y su pueblo lo amaba a él, y aquel amor, al convertirse en dependencia, se transformó en la cosa más peligrosa que ninguno de ellos había anticipado.

Ella guardó silencio un momento, considerando cuidadosamente sus propias palabras antes de hablar. En la penumbra de la habitación, su rostro reflejaba una concentración que Kael reconocía de los momentos de mayor tensión militar, cuando cada decisión debía sopesarse contra consecuencias que trascendían el campo de batalla inmediato.

—Entonces quizás la respuesta no sea evitar completamente la conexión, sino asegurarte de que esta civilización nunca dependa únicamente de ti. —Su voz llevaba una claridad considerable—. Si el error de Elyon fue convertirse en el centro absoluto de la estabilidad de todo un pueblo, quizás la solución resida en fortalecer, precisamente, las estructuras que no dependen de tu presencia: el Consejo, los gremios, las propias tradiciones que esta ciudad ha mantenido durante generaciones sin necesidad de ninguna sangre elegida. No se trata de que te alejes, Kael. Se trata de que, cuando estés, fortalezcas lo que ya existe, en lugar de convertirte en lo único que sostiene todo.

Kael sintió el peso de aquella sugerencia asentarse sobre él con una claridad considerable, reconociendo en las palabras de Lyssara una sabiduría práctica que trascendía cualquier revelación mística que hubiera recibido hasta entonces. Era, comprendió, exactamente el tipo de consejo que Elyon nunca había recibido, o que quizás había recibido demasiado tarde: alguien que le dijera que el problema no estaba en su poder, sino en la manera en que su pueblo había aprendido a depender de él.

—Es una buena respuesta —admitió—. Quizás la única respuesta que tiene sentido.

—No es una respuesta completa —corrigió Lyssara—. Es un principio. La respuesta completa la construiremos juntos, con el tiempo, y probablemente con errores que ninguno de los dos puede anticipar ahora mismo.

Kael esbozó una sonrisa breve, la primera en horas, y apoyó la cabeza contra el hombro de Lyssara, sintiendo, por un instante, que el peso de todas las revelaciones que cargaba se repartía, aunque fuera mínimamente, entre ambos.

La sesión final del período de estudio conjunto se convocó aquella misma mañana, con el Salón de los Despiertos nuevamente repleto de ciudadanos ansiosos por conocer las conclusiones que el Consejo, junto con Kael y sus compañeros, habían logrado alcanzar tras semanas de investigación compartida. Las gradas, que en sesiones anteriores habían albergado a cientos de personas, ahora se extendían con asientos adicionales dispuestos en los pasillos, y en la zona más alta del recinto, donde en otras ocasiones se apiñaban quienes no habían logrado conseguir asiento, ahora se apiñaban quienes, habiendo llegado demasiado tarde para encontrar lugar en las gradas principales, se conformaban con observar desde la distancia. Kael notó, entre la multitud, rostros que ya reconocía: artesanos del distrito de Bartel, agricultores de los niveles subterráneos, sacerdotes de distintos templos, jóvenes estudiantes con sus cuadernos apretados contra el pecho. Y en un rincón apartado, distinguió a la anciana que les había indicado el camino hacia la Cámara Olvidada, observando la sesión con una expresión que combinaba curiosidad y una satisfacción serena.




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