Haldrec se había quedado dormido junto al cristal.
Caleus lo descubrió al volverse para decirle algo. El anciano tenía la cabeza inclinada sobre el pecho y las manos todavía sobre las rodillas, y respiraba con la placidez de quien por fin ha cumplido una promesa. El Gran Sabio no lo despertó. Se quitó la capa, la dejó sobre los hombros frágiles del viejo y salió de la sala sin hacer ruido. Dejó a los guardianes de la puerta una sola instrucción: que nadie molestara a aquel hombre hasta que él mismo decidiera levantarse. El anciano, pensó Caleus mientras descendía por la escalera de caracol, había pasado ochenta años esperando un momento que probablemente nadie más había creído que llegaría jamás. Merecía dormir, aunque fuera unas horas, con la serenidad de quien ha visto cumplido, por fin, el propósito que justificaba su existencia.
Cuando el sol alcanzó su cenit, la delegación esperaba en el patio de la Puerta Oriental.
No era una comitiva solemne. Caleus lo había exigido así, y el ceremonial de Eltrix, que tanto amaba los estandartes y los cuernos de plata, se había resignado a obedecer con la dignidad herida de un criado al que han pedido que sirva la cena sin vajilla buena. Había doce caballos de montaña, dos carros cubiertos con lonas azules y una escolta de diez guardianes que vestían coraza gris sin blasón. Los caballos, procedentes de las caballerizas altas de la colina, eran animales de paso firme y temperamento sereno, entrenados para recorrer los caminos de montaña sin sobresaltarse ante los cambios bruscos de temperatura que caracterizaban a las llanuras orientales. Los carros, por su parte, habían sido cargados durante la noche con los instrumentos de medición de la Academia, los informes que Maerith había preparado sobre las relaciones entre Eltrix y Draxcan durante los últimos seis años, y una cantidad considerable de provisiones que la propia embajadora había insistido en incluir, argumentando que ninguna delegación debía depender de la hospitalidad de su anfitrión para comer.
Al frente de la escolta estaba Isvera Draykor, subcomandante de los Muros, prima segunda de Ilmarek y única mujer de su casa que había llegado a mandar tropas. Tenía unos treinta años aparentes, el rostro cuadrado y sereno, una cicatriz fina en la ceja izquierda y una gema de color ceniza que llevaba oculta bajo el cuello de la coraza, como si le avergonzara exhibirla. Isvera había ascendido al rango de subcomandante no por herencia familiar, sino por méritos acumulados en una serie de campañas fronterizas que ningún cronista había considerado lo bastante gloriosas para registrar: patrullas de rutina, inspecciones de puestos avanzados, mediaciones en disputas menores entre pastores de las tierras altas. Su carrera, aunque sólida, carecía de los hitos heroicos que la tradición de los Draykor exigía para sus comandantes principales, y aquella carencia, lejos de aminorar su autoridad, la había convertido en una oficial excepcionalmente meticulosa, consciente de que cada decisión que tomara sería examinada con mayor rigor que las de sus primos.
Maerith Calyth se acercó al Gran Sabio con un viejo manto de viaje y una carpeta de cuero apretada contra el costado. Serelith Veltrax, a su lado, supervisaba la carga de unos instrumentos envueltos en paños, y los miraba como una madre mira a sus hijos cuando los sube a un barco.
—Hay una cosa que no puedo ponerte por escrito —dijo Caleus en voz baja, apartándose con Maerith hacia el pie de la muralla—. Haldrec, el anciano de anoche, ha dicho algo antes de dormirse. Dijo que hay un muchacho en Draxcan, y que la luz lo conoce.
—¿Un muchacho?
—No sabe más. Ni siquiera sabe por qué lo ha dicho. —Caleus apoyó una mano sobre la piedra tibia—. No te pido que lo busques. Te pido que, si algún joven te llama la atención en esa corte, lo observes sin que él lo note. Y que no hagas preguntas hasta que sepas qué estás preguntando.
Maerith guardó silencio un momento.
—Es una orden extraña, Caleus.
—Lo es. Y si resulta irrelevante, olvídala. Pero si no lo es, quiero saberlo antes que los demás.
—¿Y los demás son...?
—Todos. Los de aquí también.
Ella lo miró con atención. Después inclinó la cabeza, con esa leve inclinación que en Eltrix significaba «he comprendido más de lo que has dicho».
—Tendrás mis cartas cada tres días. No escribiré lo que no pueda sostener si alguien las abre.
—Lo sé. Por eso eres tú quien va.
Maerith guardó la carpeta con un gesto que Caleus conocía bien: era el mismo que empleaba cuando, en las negociaciones más delicadas, decidía reservar una información sin que su interlocutor comprendiera del todo que acababa de ser excluido de algo importante. La embajadora era, en aquel sentido, una artista consumada. Caleus había pasado años observándola trabajar, y había llegado a la conclusión de que la verdadera habilidad de Maerith no residía en decir lo correcto en el momento adecuado, sino en saber qué preguntas no hacer cuando las respuestas no le convenían.
En lo alto del adarve de la puerta, con los brazos cruzados y el yelmo calado, Ilmarek Draykor presenciaba la escena sin moverse. Había subido a las almenas apenas amaneciera, antes incluso de que los caballos estuvieran ensillados, y había permanecido allí durante horas, observando la preparación de la delegación con la paciencia del soldado que ha aprendido a esperar. No había intervenido en ningún momento. No había dado instrucciones adicionales a Isvera. No había cuestionado abiertamente la decisión de Caleus. Pero su presencia en lo alto de la muralla, inmóvil y silenciosa, constituía en sí misma una forma de declaración: el comandante de los Guardianes de los Muros no estaba de acuerdo con aquella misión, y quería que su desacuerdo quedara registrado sin necesidad de palabras.
No levantó la mano al ver partir a su prima. Pero Isvera, antes de montar, giró la cabeza hacia las almenas y apoyó dos dedos sobre el pecho, y el comandante, tras un instante, hizo el mismo gesto. Era un saludo antiguo, de los que los Draykor intercambiaban desde generaciones antes de las campañas, y su significado se había ido transformando con el tiempo hasta convertirse en algo más complejo que la simple despedida: era el reconocimiento mutuo de que ambos servían al mismo reino, aunque por caminos distintos, y de que ninguno de los dos podía predecir qué encontrarían al final de sus respectivos trayectos.
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Editado: 11.10.2026