The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo VI: La Casa Oryndel

Nadie se movió durante largo rato.

El latido seguía subiendo por las paredes de Hondaluz, lento y paciente, y cada golpe hacía temblar el polvo que flotaba bajo las lámparas apagadas. Kael permanecía de rodillas con la frente apoyada en el hombro de Lyssara, respirando por la boca. Le ardía el pecho como si hubiera corrido un día entero. Notaba el cuarto latido, aquel que ni Talaida sabía nombrar, golpeando fuera de compás contra los otros tres, y aun sin mirarse el cuerpo supo que tenía la piel caliente, demasiado caliente, de ese calor que no se cura con agua.

La penumbra del taller olía a ozono y a sudor. Las lámparas de cristal que colgaban del techo, alimentadas por la luz de las gemas de las paredes, se habían apagado todas a la vez cuando la gema de Brannoch inundó la estancia, y en la oscuridad resultante solo quedaban los contornos de las mesas, las siluetas inmóviles de los presentes, y el latido profundo que seguía subiendo desde las galerías inferiores, como si la propia mina estuviera tomando aire.

—Bebe —ordenó Lyssara, acercándole una cantimplora. No lo dijo con ternura. Lo dijo con la voz de una soldado que ha visto caer a demasiada gente por olvidar lo elemental.

Él obedeció. El agua tibia le supo a hierro. Cuando levantó la vista, Talaida había dejado el cuaderno y lo observaba con una expresión que reconoció al instante: la que ponía cuando un cálculo salía bien y el resultado no le gustaba.

—Tienes la temperatura de un horno —dijo—. Y el pulso irregular. ¿Cuánto tiempo estuviste dentro?

—No lo sé. Unos segundos.

—Fueron casi dos minutos —corrigió Serelith desde un rincón, con las manos todavía temblorosas—. Lo he contado. No parpadeaste. Tampoco respirabas bien.

—Estoy bien.

—Lo repites demasiado —dijo Lyssara en voz baja.

Kael no contestó. Sabía que ella tenía razón y que discutirlo solo empeoraría las cosas. Apoyó una mano en el suelo para incorporarse y comprobó, con cierto alivio, que las rodillas lo sostenían. La sangre de la nariz se había secado ya, formándole una costra incómoda en el labio superior, y cuando se la tocó con la lengua notó el sabor metálico que conocía de otras ocasiones: el mismo sabor que había tenido en la boca la primera vez que la voz lo llamara por su nombre bajo el Distrito Original, el mismo que había vuelto a sentir tras la ceremonia de los once fragmentos. No era el sabor de una herida cualquiera. Era el sabor de su propio cuerpo recordando algo que su mente todavía no lograba procesar del todo.

Brannoch Zerkan seguía junto al banco de trabajo, con los brazos cruzados y la mirada fija en la gema inerte. Había envejecido diez años en unos minutos. Tavik, su sobrino, había salido de detrás de la mesa y esperaba junto a la puerta con la cara pálida, sin atreverse a hablar. La luz de las lámparas, que comenzaba a recuperarse lentamente a medida que las gemas de las paredes reanudaban su resplandor, devolvía poco a poco a la estancia su apariencia cotidiana de taller minero, pero ninguno de los presentes lograba comportarse como si lo que acababa de ocurrir no hubiera ocurrido.

—Decidí callar porque pensé que podía manejarlo —dijo el minero por fin, sin mirar a nadie—. Ya veis qué clase de manejo era.

—Llevar esto al consejo no es un fracaso —respondió Isvera—. Es lo que debe hacerse.

—Lo que debe hacerse. —Brannoch repitió las palabras como si las probara—. Mi abuelo decía que cuando uno oye esa frase demasiadas veces, es que alguien está a punto de arrebatarle algo.

—Nadie te arrebatará nada. La gema se entregará bajo custodia, y la mina quedará bajo tu responsabilidad y la de mis Guardianes. Tienes mi palabra.

—Tu palabra es de los Draykor. La de tu primo, no.

Isvera apretó la mandíbula. En aquel gesto, Kael reconoció la misma tensión que había visto en Lyssara cuando alguien cuestionaba su autoridad por razones que no tenían nada que ver con su competencia: la tensión de quien lleva toda una vida demostrando algo que otros consideran innecesario demostrar. Isvera Draykor había ascendido al rango de subcomandante por méritos acumulados en campañas fronterizas que ningún cronista había considerado gloriosas, y su posición dentro de la casa Draykor seguía siendo, a los ojos de muchos, una anomalía tolerada más que una autoridad reconocida. Que Brannoch lo señalara abiertamente, en presencia de extranjeros, constituía una afrenta que cualquier otro oficial habría respondido con dureza. Isvera, en cambio, eligió la respuesta que consideraba más eficaz.

—Conmigo ya has hablado más que con él en veinte años. Elige.

Brannoch la miró un momento. Luego asintió con un movimiento seco y envolvió la gema en el paño de terciopelo con una delicadeza sorprendente en unas manos tan grandes. La colocó dentro de una caja de plomo que sacó de un cajón y selló la tapa con dos vueltas de cadena. Mientras cerraba el candado, sus dedos, manchados de polvo mineral de años de trabajo, se movían con una precisión que contradecía la aparente tosquedad de su figura. La caja, pensó Kael, era significativa en sí misma: el plomo no era un material que se empleara habitualmente en la minería de Eltrix, y su presencia en el taller de Brannoch sugería que aquel hombre había previsto, desde hacía tiempo, la necesidad de contener algo que no debía ser tocado.

—Tavik se queda en la boca de la galería con seis hombres de confianza —dijo—. Nadie baja. Nadie sube. Y si la losa vuelve a moverse...

—Mandas a un jinete a Eltrix —terminó Isvera—. Lo sé.

Salieron de la mina bajo un cielo sin luna. Las estrellas, nítidas y frías, parecían más cercanas que en Draxcan. Kael montó con ayuda de Lyssara, que no se separó de su estribo en todo el camino, y durante las seis horas siguientes cabalgó medio adormilado, sintiendo la caja de plomo en el arzón de la silla de Isvera como si fuera un segundo corazón latiendo fuera del cuerpo. La noche era clara y silenciosa, y el único sonido que acompañaba el avance de la comitiva era el golpe rítmico de los cascos sobre el camino de tierra apisonada. En algún momento, Kael creyó escuchar, muy débil, el canto de las vetas que había oído dentro de la mina, como si la propia roca de Eltrix estuviera transmitiendo su murmullo a través de las pisadas de los caballos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.