The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo VII: El Reino que No Confía

La noticia de Draxcan llegó a Eltrix dos días después, y llegó torcida.

La trajo un mercader de lanas que había cruzado el paso del este con la mula cargada y la lengua más cargada todavía. En la posada del Cuarto Viento, donde los viajeros de las llanuras recobraban el aliento, habló de una ciudad en fiebre. Dijo que el Senado se había reunido a puerta cerrada. Dijo que los guardias del castillo habían doblado las rondas. Dijo, bajando la voz y mirando por encima del hombro, que en el Distrito Humano corría un rumor: Eltrix había secuestrado al archivero del rey. Uno de esos extraños jóvenes con sangre de dragón. Lo tenían en la colina, encerrado entre muros de cristal, y lo estaban estudiando como a un animal raro.

El mercader se llamaba Orlan y llevaba veinte años cruzando el paso del este con la misma mula tuerta, una bestia de carga que conocía el camino mejor que su dueño y que, según decían los posaderos del Cuarto Viento, había aprendido a distinguir las tabernas donde le daban de comer de las que no. Orlan no era un hombre malintencionado. Era, simplemente, un hombre que hablaba más de la cuenta cuando el vino era bueno y la compañía dispuesta a escuchar. Y aquella tarde, en la posada del Cuarto Viento, el vino había sido excelente y la compañía, numerosa.

Contó lo que había oído en Draxcan sin malicia, como quien relata una curiosidad de viaje, y los parroquianos lo escucharon con la atención que se presta a las historias que confirman lo que uno ya sospechaba. Porque en Eltrix, desde la noche de la luz, todos sospechaban algo. Unos sospechaban que Draxcan había despertado un poder antiguo sin consultar a nadie. Otros sospechaban que el Gran Sabio había sido demasiado blando al enviar una delegación en lugar de exigir explicaciones. Y unos pocos, los más cautelosos, sospechaban que la verdad era considerablemente más compleja que cualquiera de las versiones que circulaban, y que ninguna de ellas resistiría el escrutinio de una investigación rigurosa.

Para la tarde, el rumor había subido las escaleras de la colina. Para la noche, estaba en boca de cuatro familias.

Lyssara se enteró de la peor manera posible: oyéndolo pronunciar a dos criadas que no sabían que ella estaba en el corredor.

Los aposentos que el Gran Sabio había asignado a la delegación de Draxcan ocupaban el ala norte de una antigua casa de huéspedes, con balcones que daban a un jardín de agua. Eran cómodos. Eran silenciosos. Y estaban vigilados, aunque nadie lo hubiera dicho: dos guardianes grises en la puerta de abajo, otros dos en el pasillo, y una patrulla que cruzaba el jardín cada hora con una puntualidad que no dejaba lugar a dudas. La casa de huéspedes, construida siglos atrás para alojar a embajadores de reinos hoy desaparecidos, conservaba en sus corredores el silencio de los lugares que han sido testigos de demasiadas negociaciones para sorprenderse ante ninguna, y sus paredes, revestidas de madera oscura, amortiguaban los sonidos de manera que cualquier conversación mantenida en voz baja resultaba inaudible desde el exterior. Lo cual, pensó Lyssara al descubrir a las criadas, no impedía que los murmullos se filtraran por las rendijas de las puertas cuando quienes los pronunciaban creían estar solos.

—¿Encerrado? —repitió Kael cuando ella se lo contó—. Pero si estoy aquí sentado, comiendo uvas.

—Sentado, comiendo uvas y con cuatro guardias en la puerta.

—Para protegerme.

—Eso decimos nosotros. No sé qué dicen ellos.

Kael dejó el racimo sobre la bandeja de plata. Estaba más pálido que unos días antes, con las ojeras hondas de quien duerme poco y sueña demasiado. Desde la visión de Hondaluz, el cuarto latido le golpeaba el pecho por las noches, siempre a la misma hora, siempre con la misma cadencia, como una llamada que se repitiera sin esperar respuesta. No se lo había dicho a nadie salvo a Talaida, y Talaida había anotado la hora exacta en su cuaderno sin comentarlo. Las uvas, que él había estado comiendo distraídamente mientras observaba el jardín desde el balcón, permanecían a medio consumir sobre la bandeja, y su piel, de un tono violáceo profundo, reflejaba la luz de las lámparas con un brillo que a Lyssara le recordó, sin razón aparente, al resplandor de las esferas que iluminaban el Reino Interior.

—Nadie nos ha prohibido salir —dijo él.

—Nadie nos lo ha permitido.

—Lyssara...

—No me gusta —cortó ella, sin enfado, con la voz tranquila de quien ha reconocido un patrón—. Es la misma cortesía que mi padre usaba cuando quería que hiciera algo sin darme la orden. Todo con educación. Todo con sonrisa. Y las puertas siempre cerradas por fuera.

Salió al balcón. Abajo, en el jardín, una guardiana joven recorría el sendero con la mano en la empuñadura. Al verla, se llevó dos dedos al pecho en un saludo breve. Lyssara respondió con un gesto casi idéntico. Entre militares, la cortesía es el último refugio de la desconfianza. Se quedó un momento en el balcón, observando cómo la guardiana reanudaba su ronda, y pensó, con una claridad que le resultaba incómoda, que aquella joven probablemente creía estar protegiendo a los invitados de posibles amenazas externas, sin sospechar que la verdadera función de su patrulla consistía en verificar que los invitados no abandonaran el recinto sin autorización.

A trescientas leguas de allí, en la Sala de las Siete Columnas del Senado de Draxcan, la cortesía llevaba horas deshaciéndose como una vela al sol.

Fendric Reichmer se había puesto en pie para tomar la palabra por tercera vez. Era un hombre de sesenta años, alto, ceñido de negro, con la mandíbula afilada de los Reichmer y una voz tan modulada que cada acusación parecía una pregunta amable. Había aprendido de su padre que en política los gritos son un lujo de los débiles.

La sala, con sus siete columnas de mármol veteado que sostenían una bóveda decorada con frescos de la fundación de Draxcan, presentaba aquella mañana un aspecto inusualmente lleno. Las sesiones ordinarias del Senado solían congregar a unos sesenta representantes, pero la convocatoria extraordinaria había atraído a casi el doble, incluidos varios senadores que rara vez abandonaban sus distritos y que habían viajado expresamente para presenciar el debate. En las galerías superiores, reservadas habitualmente para los escribas y los ayudantes, se apiñaban aquella mañana funcionarios de distintas casas, algunos consejeros de la Corona en calidad de observadores, y un número considerable de ciudadanos que habían conseguido acceso mediante los procedimientos de audiencia pública que el Senado habilitaba en ocasiones excepcionales.




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