The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo VIII: El Corazón Elemental

Amaneció sin viento, y la ciudad entera pareció esperar algo.

Lyssara no había dormido. Se había quedado sentada junto al balcón con la espalda contra el marco de piedra y la mano de Kael sobre las rodillas, escuchando cómo su respiración se iba haciendo más lenta hasta que el cuarto latido, aquel que ni Talaida sabía nombrar, se apagó con la primera luz. Durante aquellas horas, la ciudad había ido despertando a su alrededor con la parsimonia de los lugares que no han conocido la prisa en siglos: los primeros carros de agua subieron por las rampas de la colina, las lámparas de las torres se apagaron una a una a medida que la claridad natural las hacía innecesarias, y en los jardines colgantes, los jardineros comenzaron su ronda con las tijeras al cinto. En el aposento, el silencio era casi absoluto, roto únicamente por el rumor lejano del agua que caía por las fuentes y, de vez en cuando, por el roce de la tela cuando Kael se movía en sueños. Lyssara lo había observado durante toda la noche: las facciones relajadas, el color recuperándose lentamente en el rostro, y el pecho, aquel pecho que contenía cuatro corazones, subiendo y bajando con una regularidad que, por primera vez en días, no le pareció amenazante. Entonces se levantó, se lavó la cara en el aguamanil de plata y se ajustó la coraza con la rigidez mecánica de quien prefiere los gestos conocidos a las preguntas.

Talaida la esperaba en el corredor con el cuaderno apretado contra el pecho y los ojos enrojecidos. Llevaba la nota de Nyssa doblada dentro de la manga, y cada pocos pasos se llevaba la mano allí, como quien comprueba que sigue teniendo una herida. La maga había pasado la noche en su propia habitación, revisando los apuntes que había tomado en la casa Oryndel, comparándolos con las notas de Serelith sobre la gema de Hondaluz, y el resultado, aunque todavía fragmentario, dibujaba un patrón que no lograba sacarse de la cabeza. Había dormido apenas dos horas, y el cansancio se le notaba en la manera de arrastrar ligeramente los pies sobre la madera del corredor.

—Solo hasta la puerta —dijo Lyssara mientras bajaban la escalera—. Si pasa algo, gritas.

—Es una casa de archivistas, Lyssara. Lo peor que puede pasarme es un resfriado.

—Una casa de archivistas donde el dueño baja cada noche a un sótano con polvo de plomo en las rodillas.

—Visto así.

Las dos guardianas que las acompañaron hasta la colina baja no hicieron comentario alguno. Caminaron cinco pasos por detrás, en silencio, con la cortesía exacta de quienes han recibido la orden de no interferir. Lyssara las observó de reojo mientras descendían por las calles escalonadas: eran dos mujeres jóvenes, de expresión neutra y paso firme, cuyas gemas de conexión, ocultas bajo el cuello de sus túnicas, brillaban con una luz tenue que cambiaba ligeramente según la orientación del sol. Ninguna de las dos miraba directamente a Lyssara, pero ambas mantenían una distancia constante que no era casual: era la distancia que los guardianes entrenados mantienen respecto a quienes escoltan, lo bastante cerca para intervenir, lo bastante lejos para no resultar invasivos.

Cuando llegaron al portal de roble ennegrecido, Lyssara se detuvo. Talaida cruzó el umbral sola. La puerta se cerró tras ella con un chasquido seco, y la capitana se quedó en la acera con las manos a la espalda, contando los latidos que tardaba la calle en volver a su rutina. En la fachada de la casa Oryndel, las dos columnas bajas que flanqueaban el portal mostraban desconchones apenas visibles, y sobre el dintel, tallado en la piedra con una precisión que solo se apreciaba desde muy cerca, había un pequeño símbolo que Lyssara reconoció de inmediato: el mismo círculo con once líneas convergentes que Talaida había copiado en su cuaderno. Al verlo, la capitana comprendió que la casa Oryndel no era simplemente una residencia de archivistas: era, de alguna manera, un punto de la red que Kael llevaba semanas percibiendo.

Dentro, la casa olía igual que el primer día: papel viejo, cera de abeja y polvo de siglos. Pero había algo distinto. El silencio tenía una textura más densa, como si los estantes estuvieran conteniendo la respiración.

Nyssa apareció entre dos estanterías sin hacer el menor ruido. Tenía las mangas manchadas de tinta fresca y la cara pálida de quien ha pasado la noche en vela, y no sonrió.

—¿Has venido sola?

—Mi hermana espera fuera.

—Mejor. —Miró por encima del hombro—. Mi tío ha salido hace una hora. Ha ido al consejo. Nos queda hasta mediodía, quizá menos.

—¿Dónde está la sala?

—Por aquí.

Descendieron por una escalera angosta que Talaida no había visto en su primera visita, oculta tras un tapiz de lana desgastada que representaba a un dragón dormido. Cuarenta peldaños. Luego un rellano. Luego otros veinte. El aire se fue haciendo más frío, más seco, y a cada paso el murmullo del mundo exterior se apagaba un poco más, hasta que lo único que oyó Talaida fue el roce de su propia ropa contra la piedra. Las paredes de la escalera, a diferencia de las salas superiores, estaban desnudas de cualquier ornamentación, y la única iluminación provenía de una lámpara de aceite que Nyssa llevaba en la mano, cuya llama, protegida por un cristal ahumado, proyectaba sombras que danzaban sobre la piedra con una irregularidad que a Talaida le resultó, por razones que no lograba precisar, inquietante.

Al final había una puerta.

No era de roble. Era de hierro oscuro, sin adornos, sin cerradura visible. Una plancha lisa, remachada, con una pátina grisácea que no brillaba al paso de la lámpara. Nyssa se detuvo a dos pasos y alzó la linterna. A la luz de la llama, la superficie del hierro reveló un detalle que Talaida no había anticipado: en el centro exacto de la plancha, apenas perceptible, había una pequeña marca circular, del tamaño de una moneda, que parecía más desgastada que el resto del metal.

—Esto es plomo —dijo Nyssa en voz baja—. Debajo del hierro. Lo sé porque una vez, de niña, raspé una esquina con la uña y me regañaron durante una semana.




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