The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo IX: Los Herederos del Dragón

Kael despertó con la certeza de que alguien le había vaciado el pecho y lo había llenado de brasas apagadas.

La habitación estaba en penumbra. A través de las celosías del balcón entraba una luz anaranjada y oblicua, la de una tarde que ya no era tarde pero todavía no se atrevía a ser noche, y en el aire flotaba un olor tibio a hierbas que alguien había quemado en un cuenco de barro junto a la cama. Le dolían las costillas como si hubiera estado doce horas conteniendo la respiración. Se llevó la mano al esternón y encontró, bajo la tela de la camisa, los cuatro latidos acompasados, lentos, casi mansos. Durante un instante permaneció inmóvil, con la palma abierta sobre el pecho, contando cada golpe con la misma atención con que un navegante cuenta las olas antes de decidir si el mar está en calma o simplemente esperando la tormenta. Los cuatro latidos sonaban ahora con una regularidad que no había sentido desde antes de cruzar la frontera de Eltrix: no era la calma tensa de los días previos, ni la violencia sorda de la visión de Hondaluz, sino algo distinto, algo más profundo y más sereno, como si los cuatro corazones hubieran aprendido, por fin, a latir juntos.

—No te muevas todavía.

Lyssara estaba sentada en una silla pegada a la cama, con las botas puestas y la coraza apoyada contra la pared. Tenía el rostro marcado por la falta de sueño y el pelo suelto sobre los hombros, algo que Kael solo le había visto en contadas ocasiones. Sostenía un vaso de arcilla entre las manos. Llevaba allí, calculó Kael por la postura y por la rigidez de sus hombros, desde hacía horas: la silla estaba ligeramente inclinada hacia la cama, como si ella hubiera estado a punto de levantarse varias veces y hubiera decidido, cada una de esas veces, quedarse un poco más.

—¿Cuánto he dormido?

—Doce horas. Serelith ha entrado cuatro veces a mirarte las pupilas. Talaida me ha prohibido pegarle.

—Has sido muy prudente.

—Me he contenido con mucho esfuerzo. —Le tendió el vaso—. Bebe. Es infusión de raíz amarga. Pyrene dice que ayuda a los tres corazones a reacomodarse.

Kael bebió. Sabía a corteza y a miel quemada. Mientras tragaba, intentó recordar el relieve del fondo del estanque, aquel cuerpo de brazos abiertos con cuatro círculos grabados en el pecho, y la inscripción que Talaida había leído con la voz quebrada. Los recuerdos le llegaban en fragmentos, como piezas de un mosaico que alguien hubiera sacudido sobre una mesa. Recordaba la luz dorada subiendo por los pilares, los once hilos cruzándose sobre su cabeza, la expresión de Haldrec al incorporarse del banco con los ojos fijos en el agua. Y recordaba, sobre todo, la voz de Lyssara llamándolo por su nombre, la única cosa que había sonado real en medio de todo aquel torbellino de luz y de símbolos.

—Hay algo que debes saber —dijo Lyssara, con la voz de quien ha ensayado el tono—. Ha venido Caleus. Dos veces. La primera, mientras dormías. Se quedó diez minutos de pie junto a la puerta sin decir nada. La segunda hace una hora. Ha dejado esto.

Sobre la mesilla había un sobre de papel crema, sin sello, con una sola línea escrita con una caligrafía firme y seca: Para el joven al que el Corazón reconoció.

Kael lo abrió con dedos torpes. Dentro había una hoja plegada en tres.

Os debo una disculpa y una explicación, y tengo la sospecha de que solo podré daros la segunda. Cuando os sintáis con fuerzas, reuníos con nosotros en la casa Oryndel. No es una convocatoria. Es una petición. Orvain tiene algo que mostraros, y creo que ya no puede seguir guardándolo. —Caleus.

—¿Orvain? —repitió Kael—. ¿El mismo que dejó caer el bastón?

—El mismo. —Lyssara se frotó la cara con las manos—. Anoche, después de lo del Corazón, Caleus lo llamó a su despacho. No sé qué se dijeron. Pero esta mañana Nyssa ha venido corriendo a avisar a Talaida: su tío no ha vuelto a casa en toda la noche y ha dejado la llave de bronce sobre la mesa del vestíbulo.

—Entonces ya no tiene nada que esconder.

—O lo ha escondido en otro sitio.

—No lo creo. —Kael se incorporó despacio, con una mueca—. Cuando se le cayó el bastón, no parecía un hombre que ocultaba algo. Parecía un hombre al que le habían quitado el suelo de debajo de los pies.

Se levantó con cuidado, sintiendo en las piernas la rigidez de doce horas de inmovilidad. Mientras se vestía, con la lentitud de quien todavía no confía del todo en su propio cuerpo, observó la habitación con una atención renovada. Era la misma que había ocupado desde su llegada a Eltrix, con sus paredes de madera oscura, su balcón de celosías, y el escritorio donde Talaida había ido acumulando, día tras día, las notas de su investigación. Pero algo había cambiado en ella: sobre la mesa, junto al cuaderno de la maga, había ahora un pequeño frasco de cristal con un líquido transparente, y junto al frasco, una hoja de papel con una anotación escrita con la letra apretada de Serelith. Kael se acercó a leerla. Decía, simplemente: "Muestra de sangre de Kael. Recogida durante el trance del Corazón. Análisis pendiente." Al pie de la hoja, alguien —probablemente Lyssara— había añadido, con una caligrafía furiosa: "No sin su permiso."

—Serelith quería llevarse la muestra al laboratorio —dijo Lyssara, siguiendo su mirada—. Le he dicho que no. Talaida le ha dicho que no. Al final, la ha dejado aquí, a la espera de que tú decidas qué hacer con ella.

Kael contempló el frasco un momento. La sangre, en reposo, tenía un color más oscuro que la de cualquier persona que hubiera visto antes, con un matiz dorado apenas perceptible en los bordes. Extendió la mano hacia él, pero no llegó a tocarlo.

—Que se quede donde está —dijo—. Cuando sepa qué significa, decidiré.

La casa Oryndel los recibió con las luces encendidas.

Nunca se habían abierto tantas lámparas en aquel vestíbulo circular. Alguien había desplazado las mesas, descorrido el tapiz del dragón dormido y dejado al descubierto la escalera angosta que descendía hacia el fondo. Al pie, de pie junto al primer peldaño, aguardaban Caleus y Haldrec. Isvera Draykor cubría la entrada con los brazos cruzados. Serelith, Talaida y Pyrene hablaban en voz baja junto a una estantería. Nyssa, pálida y silenciosa, se mantenía apartada con los ojos clavados en el suelo.




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