The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo X: El Conflicto de las Casas

La noticia de lo que se había visto en la casa Oryndel no tardó en subir la colina.

No la llevó ningún rumor de mercader ni ninguna criada indiscreta. La llevó Ilmarek Draykor, que había abandonado la sala del fondo antes que nadie y había cruzado Eltrix a grandes zancadas, con la coraza abierta y la mandíbula tan apretada que los guardias de las terrazas se hacían a un lado sin que él lo pidiera. Cuando Caleus llegó a la sala del consejo, tres horas después, el comandante lo esperaba de pie junto a la mesa circular, con las manos apoyadas en el borde y una carpeta cerrada ante él.

—Quiero que quede constancia —dijo sin saludar— de que los Guardianes de los Muros no han sido informados de la existencia de ese tapiz hasta hoy.

—Constará, comandante.

—Tampoco de ese cilindro. Ni de la sala. Ni de la condición del sello. —Ilmarek alzó los ojos—. Mi familia ha guardado esta colina durante once generaciones. Mi abuelo me enseñó a reconocer una amenaza por su sonido. Y ahora descubro que bajo la Academia había una cámara sellada con plomo, un dragón borrado de los libros y una profecía tejida en seda, y que el hombre que la custodiaba la ocultó por «miedo». Como si el miedo no fuera exactamente lo que se nos paga por administrar.

—Orvain responderá ante este consejo.

—Orvain debería responder ante una celda.

—Eso no será necesario.

—Lo será si el consejo decide que lo es.

Caleus no contestó de inmediato. Tomó asiento en su sillón, el de respaldo alto y madera clara, y señaló con un gesto la silla de enfrente. En la sala vacía, sin los consejeros ni los testigos que habitualmente la ocupaban, el silencio tenía una textura distinta, más densa, como si las paredes mismas estuvieran escuchando la conversación que estaba a punto de desarrollarse.

—Sentaos, Ilmarek.

—Prefiero estar de pie.

—No era una cortesía.

El comandante dudó un instante. Después se sentó. Lo hizo con la rigidez de quien considera que aceptar una silla constituye, en sí mismo, una concesión que no está seguro de querer hacer. Pero se sentó, y durante un momento los dos hombres permanecieron frente a frente, separados únicamente por la anchura de la mesa, con el cristal color humo latiendo entre ellos con su pulso lento y constante.

—He escrito esta mañana al rey de Draxcan —dijo el Gran Sabio—. Le he contado lo que sabemos. No todo. Pero lo suficiente para que comprenda que lo que ocurre aquí tiene un reflejo allí. Cuando llegue su respuesta, el consejo conocerá su contenido. Hasta entonces convocaré una sesión plena mañana al amanecer. Todas las casas. Todas las voces. Orvain declarará.

—¿Y después?

—Después decidiremos juntos qué hacer con lo que hemos descubierto.

—Juntos. —Ilmarek pronunció la palabra con amargura—. Hace una semana usabais otra: «prudencia». Ahora sois vos quien habla de decidir en común. Es una evolución muy rápida para un hombre que ha gobernado cuarenta años en soledad.

Caleus lo miró con una paciencia casi triste.

—¿Preferiríais que gobernara solo?

—Preferiría que gobernara bien.

—Y eso, ¿qué significa?

El comandante no tuvo respuesta. Se pasó una mano por el rostro, agotado, y por primera vez en días pareció solamente un hombre cansado.

—Que protegiera lo que hay que proteger —murmuró—. Aunque eso incomodara a todo el mundo.

—Eso he intentado hacer durante cuarenta años, Ilmarek. —Caleus se inclinó ligeramente hacia delante, y en su voz había una fatiga que trascendía el cansancio físico—. He protegido esta ciudad de amenazas externas, he negociado tratados que han evitado guerras, he mantenido el equilibrio entre las casas cuando cualquier error habría podido precipitarnos a todos al conflicto. Y lo he hecho, en la mayoría de las ocasiones, sin consultar a nadie, porque consideraba que la prudencia exigía discreción, y la discreción exigía soledad. Pero lo que ha ocurrido en las últimas semanas me ha demostrado que me equivocaba. No porque la prudencia sea un error, sino porque la prudencia sin transparencia se convierte, tarde o temprano, en complicidad con el silencio. Y el silencio, comandante, es lo que nos ha traído hasta aquí.

Ilmarek guardó silencio un largo momento, procesando las palabras del Gran Sabio con una expresión que oscilaba entre la desconfianza y algo más difícil de definir: el reconocimiento, quizás, de que el hombre que tenía delante acababa de admitir un error que rara vez los gobernantes admitían en público.

—¿Y qué propone hacer con ese silencio? —preguntó finalmente.

—Romperlo. Con cuidado, con método, pero romperlo. —Caleus se puso de pie, y su movimiento, aunque lento, tenía una determinación que Ilmarek no le había visto en mucho tiempo—. Mañana, en la sesión plena, Orvain declarará todo lo que sabe. No habrá más secretos en el consejo. Y a partir de ese momento, cada decisión que tomemos será tomada a la vista de todos, con las actas abiertas y los votos registrados. Sé que eso hará más lento el gobierno. Sé que complicará las negociaciones. Pero también sé que es la única manera de que esta ciudad vuelva a confiar en quienes la dirigen.

—¿Y si la confianza no vuelve?

—Entonces al menos habremos intentado merecerla.

Ilmarek lo observó un largo momento. Había algo en la postura del Gran Sabio, en la manera en que sostenía su mirada sin apartarla, que le recordaba a las conversaciones que había tenido con su propio abuelo, décadas atrás, cuando era un muchacho que apenas comenzaba a comprender las responsabilidades que heredaría. Su abuelo no le había mentido nunca. Le había dicho, con la franqueza brutal de los Draykor, que el poder era una carga que no se elegía, y que quienes lo ejercían debían rendir cuentas no solo ante los vivos, sino ante los muertos que los habían precedido.

—Está bien —dijo finalmente, poniéndose de pie—. Mañana escucharé lo que Orvain tenga que decir. Y después votaré según mi conciencia.




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