The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo XI: La Voz del Reino Interior

No era un canto como los que Kael había oído en las minas.

Aquellos tenían melodía, cadencia, una cierta tibieza animal. Este era distinto. Era una sola nota inmensa, sostenida, que parecía llenar todo el aire de Eltrix sin venir de ninguna parte y que atravesaba las paredes como si fueran de papel. Subía desde la roca de la colina, se enroscaba en las columnas, se derramaba por las terrazas y volvía a hundirse en la piedra. En la casa de huéspedes, la jarra de agua de la mesilla empezó a vibrar hasta que el líquido formó un anillo de ondas minúsculas. La celosía del balcón zumbó como un insecto atrapado. Y en los muros, en los suelos, en las vigas de madera que sostenían los techos, algo parecido a una respiración comenzó a latir con una lentitud que ninguna de las personas presentes había escuchado jamás.

Lyssara se había incorporado de un salto, con la espada ya en la mano. Tenía la gema del cuello encendida, y su luz le teñía la cara de un rojo dorado, casi febril. No la sostenía con los dedos. Había intentado hacerlo, y la había soltado con un siseo, como quien toca una brasa.

—Me quema —dijo con los dientes apretados—. No me hace daño, pero me quema. Es como si... como si alguien la estuviera llamando por su nombre.

—¿Por su nombre?

—No sé cómo explicarlo. —Se pasó la mano libre por la nuca—. Es lo que siente una gema cuando su dragón la reclama. Pero mi dragón está dormido. Esto es otra cosa. Es como si alguien estuviera llamando a una puerta que yo ni siquiera sabía que tenía.

Kael no contestó. Estaba de pie junto a la cama, descalzo, con la camisa abierta, y respiraba con la boca entornada. Los cuatro latidos habían regresado hacía unos segundos, de golpe, con un tirón que le arrancó el aire. Pero no sonaban como antes. Ahora latían los cuatro en un mismo compás, un golpe único y profundo, perfectamente acorde con la nota que rezumaba la colina. Y detrás del ritmo, tras el esternón, sentía los once hilos tensos como las cuerdas de un arpa que alguien afinara con prisa.

—Los once —murmuró—. Están respondiendo todos.

—¿Quién?

—Los hilos. Los de Draxcan. Los del Reino Interior. Los demás. —Alzó la mirada hacia el techo—. Algo les está hablando a la vez. Y ellos contestan. No con palabras. Con presencia. Como cuando llamas a alguien por su nombre y la persona, sin moverse del sitio, te hace saber que te ha oído.

Un grito de mujer rasgó la noche, muy cerca, y se prolongó en un sollozo. Luego otro. Luego una voz de niño que lloraba sin consuelo. Kael corrió al balcón y se asomó. Abajo, en el jardín de agua, la guardiana joven estaba de rodillas junto a la fuente, con las manos apretadas sobre el pecho y la cara pálida. Los dos guardianes de la puerta se habían apoyado en la pared, uno con la frente contra la piedra, el otro con los ojos cerrados. Por la calle que bajaba hacia el centro de la colina corría gente en camisa de dormir, con la luz de las gemas brillando entre los dedos. Una mujer arrastraba a dos niños pequeños por la mano mientras les gritaba algo que Kael no alcanzó a distinguir. Un anciano, en cambio, permanecía inmóvil en el centro de la calzada, con la cabeza echada hacia atrás y los brazos abiertos, como quien recibe una lluvia que solo él puede ver.

—Hay que ir a la sala del consejo —dijo Lyssara a su espalda.

—Lo sé.

—Y quiero a Talaida con nosotros.

—Lo sé también.

Se vistieron en un minuto. Lyssara le abrochó la capa con una brusquedad que ocultaba mal su temblor y le puso en las manos las botas sin mirarlo. Cuando cruzaron la puerta, la nota seguía sonando, pero había empezado a adquirir un matiz nuevo, una especie de articulación interna, como si dentro de aquel sonido único se dibujaran sílabas. Kael no sabía qué lengua era. No la había oído nunca. Pero algo en su pecho, algo que no era ninguno de sus cuatro corazones, parecía reconocer el ritmo, como se reconoce la voz de alguien que habla en sueños.

Talaida las esperaba en el corredor, descalza, con el pelo suelto y el cuaderno abierto contra el pecho. Había dejado la puerta de su cuarto abierta de par en par, y detrás de ella se veía la mesa cubierta de papeles y una lámpara que había volcado el aceite sobre un mapa. La maga tenía los ojos enrojecidos y una palidez que no procedía del miedo, sino de la concentración extrema. Llevaba horas, comprendió Kael, intentando descifrar lo que estaba oyendo, y su rostro reflejaba la tensión de quien ha estado a punto de comprender algo y no ha logrado atraparlo del todo.

—Es la lengua del Reino Interior —dijo sin saludar—. No lo oigo con los oídos. Lo entiendo por la gema. Pero estoy segura. Las inflexiones, el orden de las sílabas... es exactamente la que llevo semanas reconstruyendo. La misma que aparecía en la tablilla espiral de los archivos de Vessa. La misma que estaba grabada en el relieve del fondo del estanque. Solo que ahora no está escrita. Está hablada.

—¿Qué dice?

—Todavía nada. Solo es... ritmo. Una especie de llamada de atención. Como cuando alguien da tres golpes en una puerta antes de entrar.

—Pues ya ha entrado.

Bajaron la escalera de tres en tres. En el patio, la guardiana se había puesto en pie con ayuda de un compañero y los miraba con una mezcla de miedo y deber. Isvera Draykor llegaba corriendo desde la calle, con la coraza a medio abrochar y el pelo revuelto.

—El consejo se reúne en el Corazón. No en la sala. Caleus lo ha ordenado hace diez minutos.

—¿Por qué el Corazón?

—Porque las siete piedras están cantando tanto que se oyen desde la plaza. Y porque Haldrec dijo que, si esto pasaba, era el único lugar donde se podría escuchar sin que nos reventara la cabeza.

—¿Esto ya había pasado?

—No lo sé. —Isvera se mordió el labio—. Pero Haldrec parecía saber qué hacer, y a estas horas es lo máximo que se puede pedir.

Cruzaron la ciudad a paso rápido, entre multitudes silenciosas. Había Elemens en todas las ventanas, en todos los portales, en las escalinatas de los templos. Algunos estaban de rodillas, con la frente sobre el suelo. Otros miraban el cielo con los ojos muy abiertos. Una anciana sostenía en brazos a una niña que gritaba, y la gema que llevaba la pequeña colgada del cuello ardía con un fulgor tan vivo que la mujer había envuelto la cadena en un paño para no quemarse. Ningún guardián intentaba poner orden. Isvera se limitaba a abrir paso con la mano levantada. En las esquinas, pequeños grupos de vecinos se apiñaban en torno a los ancianos de cada casa, y estos, con las manos extendidas sobre las gemas de los más jóvenes, parecían estar recitando algo en voz baja, algún tipo de plegaria o de fórmula tradicional que Kael no había escuchado jamás.




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