The Age of Crowns: Los Herederos de Eltrix

Capítulo XII: La Cámara de Los Dos Fundadores

El estanque del Corazón se había vaciado durante la noche.

Nadie lo vio ocurrir. Cuando Talaida bajó al amanecer con el cuaderno bajo el brazo y las ojeras de quien ha pasado seis horas cotejando inscripciones a la luz de una sola vela, encontró a los guardianes de la puerta mirando hacia dentro sin atreverse a entrar. El agua negra, que había sido espesa y quieta durante siglos, ya no estaba. Había dejado en la piedra un anillo oscuro de humedad y, en el fondo, a la vista por primera vez, el relieve completo: el cuerpo de brazos abiertos, los tres círculos grabados en el pecho y el cuarto, vacío, un poco más abajo.

Alrededor del relieve se abría una grieta circular, tan fina que parecía trazada con un cabello. Dentro de ella había una losa del ancho de una mesa grande, y la losa estaba ligeramente hundida, como si alguien hubiera apoyado una mano desde el otro lado.

Talaida permaneció largo rato en el borde, con el cuaderno apretado contra el pecho y los ojos fijos en aquel relieve que hasta entonces solo había conocido a través del agua. La luz de la mañana, que entraba oblicua por los ventanales altos del Corazón, proyectaba sobre el cuerpo de piedra una claridad distinta a la de la noche anterior: menos dramática, más neutra, y por eso mismo más reveladora. A aquella luz, los detalles que la penumbra había ocultado durante el evento de la víspera emergían uno a uno: las uñas de las manos abiertas, talladas con una precisión que ninguna herramienta moderna habría logrado igualar; los pliegues de una túnica que caía desde los hombros hasta los pies, cubriendo el cuerpo sin ocultar sus proporciones; y, sobre todo, la expresión del rostro, que no era de éxtasis ni de dolor, sino de una serenidad tan profunda que parecía trascender cualquier emoción humana. Era el rostro de alguien que había visto algo y había decidido, con plena conciencia, aceptar lo que fuera que hubiera visto.

—No ha sido el desagüe —dijo Serelith, que había llegado casi a la vez, con los instrumentos de cristal envueltos en paños—. Lo he comprobado. Las compuertas siguen cerradas. El agua no se ha ido. Se ha retirado.

—¿Adónde?

—Hacia abajo. A través de la piedra. —Se arrodilló en el borde y pasó la yema del dedo por el anillo húmedo—. Esto no tiene sentido hidráulico. Es como si el estanque no hubiera sido nunca un estanque, sino la tapa de algo. Y la tapa, ahora que ha cumplido su función, se ha retirado.

Talaida no respondió. Tenía los ojos clavados en el cuarto círculo, el vacío, y en la línea de signos antiguos que corría bajo él. «Puente», había traducido. «El que cruza». Ahora, con el relieve entero al descubierto, comprendió que la palabra no estaba escrita bajo el círculo. Estaba escrita en él, rodeándolo, como si el hueco entero fuera la palabra. Como si el propio vacío constituyera, en sí mismo, un texto que ninguna tinta había escrito pero que la piedra, por su sola disposición, pronunciaba con una claridad que ningún lector atento podía ya ignorar.

—Hay que avisar a Caleus —dijo.

—Ya vienen —respondió una voz a su espalda.

Orvain Oryndel bajaba la escalera de la luz con el cilindro de cobre envuelto en un paño y Nyssa detrás, cargada con un arcón de cuadernos. Tenía el rostro gris de quien lleva toda la noche sin cerrar los ojos, pero en la mirada había algo nuevo, una serenidad dura, la de un hombre que ha dejado de huir.

—Hael hablaba de una sala —dijo sin preámbulos—. En el cuaderno que no os enseñé. «La Cámara de la Mesa Vacía». Escribió que allí estaban las sillas de los dos, y que la del segundo permanecía sin ocupar. Creí siempre que era una imagen. Un modo de hablar de la ruptura.

—Y no lo era.

—Creo que Hael escribía muy poco por adorno. —Orvain se acercó al borde del estanque vacío y contempló el relieve con una expresión que Talaida no supo interpretar del todo: había en ella cansancio, sí, pero también algo más difícil de nombrar, algo parecido al reconocimiento que experimenta quien, tras años de custodiar un objeto sin comprenderlo, descubre por fin su verdadera naturaleza—. Mi familia ha custodiado este lugar durante ocho siglos. Hemos registrado cada visita, cada ceremonia, cada cambio en el nivel del agua. Pero jamás hemos sabido qué había debajo. Jamás nos atrevimos a preguntarlo.

—¿Por qué?

—Porque la primera instrucción que recibimos, transmitida de generación en generación, decía únicamente: «No remováis la piedra hasta que la piedra os lo pida.» Durante siglos, la piedra no pidió nada. Y nosotros, en consecuencia, no removimos nada. Fue una obediencia fácil, en realidad. Casi confortable. —Orvain esbozó una sonrisa sin humor—. La obediencia siempre lo es, cuando lo que se obedece no exige nada a cambio.

Nyssa, a su lado, había abierto el arcón y extraído los cuadernos de Hael. Los hojeaba con una urgencia que contradecía la serenidad de su rostro, deteniéndose en cada página que contenía referencias a la sala, al estanque, o a las dos estatuas que, según las notas de Hael, debían encontrarse en el fondo. Sus dedos, manchados de tinta fresca, recorrían las líneas con la velocidad de quien lleva horas buscando algo y finalmente ha encontrado el pasaje exacto que necesitaba.

—Aquí —dijo de pronto—. Tío, escucha esto. Hael escribió: «Los dos que bajaron no se llevaron la llave. La dejaron donde nadie pudiera encontrarla, y después cerraron la puerta desde dentro. Pero antes de cerrarla, grabaron en la piedra una advertencia: cuando la sangre regrese, la llave deberá estar completa. De lo contrario, el puente no podrá cruzarse.»

Orvain tomó el cuaderno de manos de su sobrina y releyó el pasaje en silencio, moviendo los labios. Cuando terminó, alzó la vista hacia el relieve del fondo, hacia el círculo vacío que brillaba con una luz tenue bajo la claridad del amanecer.

—Entonces lo que estábamos buscando —dijo lentamente— no era una entrada. Era una salida.

Caleus llegó con la primera luz y no pidió explicaciones. Contempló el estanque vacío durante un largo rato, con las manos a la espalda, y después ordenó que se cerrara el acceso al patio. Nadie más entraría. Mandó llamar a Ilmarek, que se presentó con la coraza puesta y la expresión de quien ha decidido que no pedirá permiso para estar donde cree que debe estar, y a Isvera, y a Haldrec, que subió del banco de piedra apoyado en el brazo de una novicia y se negó a que lo ayudaran a bajar los siete tramos. El anciano, que llevaba décadas asistiendo a los consejos sin pronunciar palabra, parecía aquella mañana más despierto que nunca: sus ojos, habitualmente nublados, recorrían la sala con una atención que contrastaba con la fragilidad de su cuerpo, y su respiración, aunque entrecortada por el esfuerzo del ascenso, conservaba la regularidad de quien sabe exactamente por qué ha venido.




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