Paul Elmer llegó a la Puerta Oriental con el caballo reventado y las piernas tan rígidas que, al desmontar, tuvo que agarrarse a la silla para no caer de rodillas.
Los guardianes de la puerta habían abierto las hojas sin pedir contraseña. Isvera Draykor había dado la orden desde lo alto del adarve con un gesto seco de la mano, y ahora observaba la escena con los brazos cruzados. Abajo, en el patio de armas, Lyssara cruzó los últimos pasos casi corriendo y lo sostuvo por los hombros antes de que el suelo lo alcanzara.
—Tres días —murmuró Paul con la voz cascada—. He cambiado de montura en Hondaluz, en el paso, y en una venta donde un hombre me quiso cobrar por el agua. No he dormido más de cuatro horas seguidas.
—Se nota.
—Tú también tienes mala cara.
—Yo no he cabalgado tres días.
—No. Tú has bajado a un sótano con un dragón de seda. Me lo han contado los guardianes de la puerta. Aquí las noticias viajan más deprisa que yo. —Intentó sonreír y no pudo—. Tengo que ver a Caleus. Y tengo que ver a Kael. En ese orden, pero no tardes en llevarme al segundo.
Kael llegó a la carrera desde el fondo del patio, con la capa mal puesta y los ojos enrojecidos. Paul lo miró de arriba abajo con una atención que no era de amigo, sino de diplomático que busca algo que ha de contar luego. Después dejó caer los hombros.
—Estás vivo.
—Eso parece.
—Entonces la mitad de lo que tengo que decir ya es menos malo.
Del interior de la casaca sacó dos cartas. Una era un pliego grueso, sellado con cera verde y el dragón Drazco, de los que solo salen del despacho del rey. La otra, doblada en cuatro y sin sello, llevaba un solo nombre escrito con una letra recta, severa, que Lyssara reconoció al instante.
—Esa es de tu padre —dijo Paul, al ver cómo se detenía su mirada—. Me la entregó en mano la víspera de partir. No me dijo qué contenía. Solo me pidió que no te la diera delante de nadie.
Lyssara la tomó. La sostuvo un momento sin abrirla. En su rostro, Kael reconoció una expresión que le había visto pocas veces: no era la tensión del soldado ante una orden imprevista, ni la cautela de la capitana ante un informe sospechoso. Era algo más íntimo y más vulnerable, algo que tenía que ver con la carta misma, con el hecho de que su padre, el hombre que jamás le había escrito una línea en toda su vida, hubiera considerado necesario enviarle un mensaje a través de un tercero en el momento más grave de la crisis.
—Después —dijo, y se la guardó en el cinto.
Caleus recibió a Paul en la sala del consejo, sin ceremonia, con la túnica gris y las manos limpias de tinta. No había convocado a nadie más que a los que habían bajado a la cámara: Kael, Lyssara, Talaida, Serelith, Orvain, Nyssa, Haldrec, Ilmarek, Isvera y, apartado junto a una ventana, Tolven Calyth, que había pedido quedarse por si el joven traía noticias de su tía.
Paul entregó el pliego con las dos manos, como manda el protocolo de Eltrix. Mientras el Gran Sabio rompía el sello y leía en silencio, se sentó en la silla que Pyrene le acercó y, con la voz de quien teme perder el hilo, resumió lo ocurrido.
—La voz llegó a Draxcan la misma noche que aquí —dijo—. Primero fue la gema. Luego la nota. Luego las cuatro palabras. Hubo Elemens de rodillas en el castillo, en los cuarteles del Distrito Original, en el mismo Senado. Mi padre dejó caer la copa. Maelt Rosmar se quedó de pie en mitad de la Sala de las Siete Columnas con los ojos cerrados y la mano en el pecho durante diez minutos, y nadie se atrevió a hablarle.
Lyssara no se movió. Tenía la mano sobre la carta de su padre, doblada en el cinto.
—La luz bajó del cielo —continuó Paul—. No subió desde el pilar, como la primera vez. Bajó. Una columna dorada sobre la Plaza de los Fundadores. Y el pilar de la cámara, el que vigila Corwin Quzker, respondió con un latido tan fuerte que se agrietaron dos losas del suelo. Doren dice que estuvo a punto de perder el conocimiento y que no lo hizo porque se aferró a un estante.
—¿Y el Senado? —preguntó Ilmarek.
—Fendric Reichmer pidió al día siguiente que se sellara la cámara con piedra. Una losa de cinco palmos, mortero y plomo. Dijo que lo ocurrido probaba que la estructura era una amenaza, y que no se podía esperar a que un reino extranjero decidiera qué hacer con ella. Hendrick Guzther lo apoyó con cifras. Treinta y un votos contra veintinueve.
—Se ha aprobado.
—Se aprobó. Y el rey lo vetó.
Hubo un silencio.
—¿Puede? —preguntó Serelith.
—Puede. Es una prerrogativa que no se usaba desde hacía treinta años. Pero la usó, de pie, ante todo el Senado, con una voz que nadie le conocía. Dijo que la Corona no sellaría lo que no comprendía ni enterraría lo que podía ser la única respuesta. —Paul tragó saliva—. Maelt Rosmar votó en contra del sellado. Es el primer voto en que se alinea abiertamente con el rey. Le costó la alianza con los Reichmer.
Lyssara levantó la cabeza, con los ojos muy abiertos. No dijo nada.
—Hay más —siguió Paul, mirando a Caleus—. En los últimos días han llegado a Draxcan emisarios de Raikuz y de Dacmek. Los de Raikuz han pedido audiencia con una insistencia que no me gusta. Los de Dacmek han sido más corteses, pero todavía más curiosos. Los he mantenido a distancia con lo que he podido. Pero no hay manera de ocultar a un reino lo que un reino entero ha oído.
—¿Salamer?
—Nada. Ni una carta. Y eso me inquieta más que cualquier insistencia.
Caleus había terminado de leer. Dobló el pliego despacio y lo dejó sobre la mesa, junto al cristal.
—El rey Airoon me escribe con una franqueza que no esperaba —dijo—. Os leeré lo que concierne a todos.
Se aclaró la garganta y leyó:
«Os pido que no abráis lo que Hael selló sin que yo esté presente o sin que un hombre de mi confianza lo esté. No porque me pertenezca, sino porque sospecho que pertenece a quien menos lo sabe. Os pido también otra cosa, Caleus. Mis abuelos callaron lo suyo. Vuestros Sabios callaron lo suyo. Si ambos seguimos callando, el primero en hablar será otro, y no tendremos derecho a quejarnos de lo que diga.»
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Editado: 11.10.2026