La llave era de hueso.
Caleus no la había visto nunca. Había sido Haldrec quien la sacó de debajo de la túnica gris, de un cordón de cuero tan gastado que casi se confundía con la piel de su cuello, y quien se la tendió en la oscuridad del templo con una sonrisa temblorosa. Era pequeña, amarillenta, tallada en forma de garra y desgastada por manos que llevaban ochocientos años pasándola de maestro a discípulo sin usarla. Caleus la sostuvo un momento contra la palma, sintiendo su peso mínimo, y comprendió que aquel objeto, por su sola existencia, constituía una prueba más de la cadena ininterrumpida de custodia que había atravesado los siglos: cada maestro que la había portado había sabido, sin que nadie se lo explicara, que llegaría un día en que tendría que entregarla, y ninguno había roto la cadena.
—Mi maestro la heredó del suyo —dijo el anciano—. Me hizo prometer dos cosas. La primera, que no dejaría solo al cristal. La segunda, que cuando los hijos respondieran, abriría el templo antes de que nadie pudiera impedírmelo.
—¿Por qué antes?
—Porque después habría discusiones.
Caleus no pudo evitar una risa breve. La cerradura estaba en la base del altar, bajo un paño de lino gris. La garra de hueso entró en ella con un chasquido húmedo, giró dos vueltas y la losa del frente se deslizó con un susurro. Dentro, sobre un lecho de terciopelo ennegrecido por los siglos, descansaba una gema del tamaño de un puño.
No brillaba. Era de un color ceniza oscuro, casi opaco, con vetas más claras que le recorrían la superficie como cicatrices. Parecía una piedra cualquiera. Pero el Gran Sabio sintió en el pecho, a una distancia de cinco pasos, el tirón sordo de su propia gema, y comprendió que no era una piedra cualquiera. Era la única de Eltrix que no pertenecía a nadie, porque había pertenecido a dos. En la penumbra del templo, la gema apenas se distinguía del terciopelo sobre el que descansaba, y sin embargo su sola presencia bastaba para transformar la atmósfera de la sala: el aire, hasta entonces cargado de polvo y de incienso seco, parecía haberse vuelto más denso, más lento, como si cada molécula estuviera esperando algo.
—No la toquéis todavía —susurró Haldrec.
—No pensaba hacerlo.
—Esperad al muchacho.
Acudieron al amanecer, uno a uno, sin que nadie lo hubiera ordenado.
El templo del Dragón se alzaba en la ladera norte de la colina, excavado en la roca viva. Una escalinata ancha y empinada ascendía entre dos hileras de estatuas, siete a cada lado, siete dragones de piedra clara que representaban cada una de las afinidades. Los de fuego y de luz tenían las alas alzadas. Los de agua y viento, el cuello arqueado. El de oscuridad miraba hacia atrás, hacia el valle, con una expresión que Talaida, al cruzar ante él, no supo si calificar de vigilante o de triste. Arriba, el portal enmarcado por dos columnas desnudas daba a una sala sin ventanas, con el techo abovedado y paredes lisas, que olía a incienso seco y a polvo de siglos. La escalinata, tallada en la misma roca que el resto de la colina, estaba desgastada en el centro por el paso de innumerables generaciones de peregrinos, y sus peldaños, aunque conservaban la precisión original de su factura, mostraban en los bordes las marcas de siglos de uso.
Entraron en grupo reducido. Caleus había pedido discreción, y casi nadie osó quebrantarla. Estaban Kael y Lyssara, con la capa de viaje y la espada a la cadera. Talaida, con el cuaderno. Serelith, que apretaba contra el pecho una caja de instrumentos envueltos en paños. Orvain, con el cilindro de cobre y Nyssa pegada a su costado. Paul Elmer, que había dormido seis horas y aún parecía un fantasma. Pyrene. Tolven Calyth. Brannoch Zerkan, que había llegado el último y sin saludar, con la barba sin recortar y la mirada fija en el altar, como quien contempla un pedazo de su propia mina profanado. Isvera Draykor.
Y, plantado ante la entrada, con las manos a la espalda y la coraza cerrada hasta el cuello, Ilmarek.
—Esperaba que me excluyerais —dijo al Gran Sabio.
—Es el templo de vuestros abuelos. No tengo derecho.
—Podríais haberlo tenido.
—Preferí no averiguarlo.
Ilmarek asintió con un gesto escueto. Detrás de él, en la penumbra del vestíbulo, se había colado un último visitante que nadie esperaba: el consejero Ulvan, con su sonrisa pulida y los ojos entrecerrados. Había entrado sin invitación, y Caleus, al verlo, comprendió que alguien de la guardia le había avisado. Se limitó a inclinar la cabeza.
—Podéis quedaros, consejero. Pero guardad silencio.
—Siempre lo guardo, Gran Sabio. Es mi mayor virtud.
Caleus no respondió. Pero al cruzar el umbral, intercambió una mirada breve con Pyrene, que había permanecido en silencio desde su llegada y que ahora, con un gesto apenas perceptible, le indicó que vigilaría ella misma al consejero. Era una precaución mínima, casi instintiva, pero en las últimas semanas Caleus había aprendido a valorar las precauciones mínimas: eran las que, en los momentos de mayor tensión, marcaban la diferencia entre la vigilancia y la negligencia.
La sala del altar era circular y apenas había sitio para quince personas. Se apretaron en torno a la losa abierta. Haldrec, apoyado en un bastón, ocupaba el lugar de honor, a la izquierda de la gema. Caleus ocupaba el de la derecha. Entre ambos, sobre el terciopelo ennegrecido, aquella piedra gris descansaba con una quietud casi ofensiva.
—Es la gema de Draynok —dijo el Gran Sabio, y su voz resonó más de lo que esperaba—. La que compartieron los dos fundadores. La única de Eltrix que ninguna familia reclama, porque nunca pudo ser de una sola. Cuando el dragón murió, la gema quedó aquí. Ninguno de mis predecesores ha logrado despertarla en ochocientos años.
—¿Lo han intentado? —preguntó Talaida.
—Todos. Una vez al año, en el aniversario de la fundación, el Gran Sabio pone su mano sobre ella en privado. Es la única ceremonia que no se comenta. Yo lo he hecho doscientas veces.
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Editado: 11.10.2026