The Age of Legends: El Rostro Del Caos

Capítulo II: El Visitante Sin Cuerpo

Nadie disparó, y esa fue la primera decisión que acabó contando.

Ilmarek Draykor tenía la espada fuera y el brazo tenso, con la punta ligeramente adelantada hacia aquella esfera de nada que flotaba a diez pasos de la puerta. Durante tres respiraciones esperó la orden que su cuerpo le pedía dar, la que le habían enseñado desde niño: a la menor amenaza, el acero primero. Isvera, a su lado, tenía los dedos blancos sobre la empuñadura. Los guardianes grises del cordón se habían puesto en línea sin un grito, con los escudos al frente y los rostros tan inexpresivos como los de las estatuas de los siete dragones que flanqueaban la escalinata del templo de Eltrix.

—No —dijo Kael, muy bajo.

—No pensaba —murmuró Ilmarek.

—Sí pensabas.

—Pensaba. No es lo mismo que hacerlo.

La esfera no se movía. Flotaba a la altura de los ojos de un hombre, perfectamente redonda, del tamaño de un puño, con una negrura tan completa que alrededor de ella el aire parecía más claro de lo que era. No tenía borde. Las antorchas la rodeaban sin iluminarla. Quien la miraba fijamente sentía una incomodidad física, como la de mirar un pozo muy hondo al que uno se asoma con demasiado cuerpo. Kael, desde la cuarta fila, notó que su cuarto latido se había quedado inmóvil, y que el hueco entre los tres golpes de su pecho se había vuelto más largo, como si el silencio que lo habitaba estuviera escuchando con una atención renovada.

Kestoran fue el primero en recuperar la voz.

—Despejad la explanada. Doscientos pasos. Sin carreras. Quiero a los ancianos fuera antes de que amanezca.

—¿Y esto? —preguntó un soldado.

—Esto se queda donde está. Y vosotros, lejos de ello.

Se retiraron por barrios, con un murmullo contenido. Las madres levantaron a los niños dormidos sobre los hombros. Maro cargó con la silla de Orrel, la que su hija se había negado a dejar en la tumba, y la llevó a cuestas sin decir palabra. Gorvan se quedó junto al cordón hasta que Kestoran lo echó con un gesto de la barbilla. Mireth, en cambio, no se movió. Permaneció de pie con las manos unidas, mirando la esfera con una sonrisa serena, y fue Halvorn quien tuvo que tomarla del brazo.

—No es un dios —le dijo en voz baja.

—No he dicho que lo fuera.

—Lo piensas con la cara.

—Pienso que no sé qué es. —Mireth bajó los ojos—. Y que no recuerdo la última vez que pude decir eso con alegría.

Talaida y Serelith no esperaron al amanecer.

Trabajaron a la luz de dos antorchas, a quince pasos de la esfera, con una mesa plegable, tres cajas de instrumentos y la lista de pruebas que Talaida había escrito deprisa y que a mitad de la noche ya estaba tachada. Habían instalado un círculo pequeño de ceniza, un segundo cordón interior que Isvera sostenía con otros cuatro guardianes. Lyssara se había plantado a un lado con la espada envainada y los brazos cruzados. Kael, por orden expresa de Ilmarek, observaba desde detrás de la línea, entre Paul y Orvain, sin poder acercarse más.

—Primera prueba —dijo Talaida—. Las siete piedras.

Serelith abrió un estuche de madera forrado en terciopelo gris. En su interior, encajadas en siete huecos, descansaban siete gemas del tamaño de una uña: un ámbar, una aguamarina, un jaspe, un cuarzo transparente, un topacio con vetas de chispa, un ónice y un diamante. Eran las piedras de afinidad de la Academia, las que los aprendices de Eltrix usaban en sus primeros años para reconocer a qué elemento respondía su sangre. Cada una se encendía en presencia de su fuerza y permanecía muda ante las demás. Talaida las había visto usar cientos de veces, en las aulas de Eltrix, en las demostraciones públicas del templo del Fuego, y sabía que su comportamiento era tan predecible como el de una brújula: siempre señalaban hacia el mismo sitio, siempre respondían de la misma manera.

—Se acercan por orden —continuó Talaida—. A diez pasos, a cinco, a tres. Anotas lo que ves. No lo que esperas ver.

—Ya lo sé.

—Te lo digo igualmente.

Serelith sostuvo el ámbar con las pinzas de plata y lo avanzó hacia la esfera, paso a paso, con la lengua entre los dientes. A diez pasos, el ámbar siguió inerte. A cinco, se apagó aún más, hasta volverse un guijarro sin vida. A tres, se agrietó con un chasquido seco.

—Fuego —murmuró Serelith, y anotó.

Probó con la aguamarina. A diez, nada. A cinco, empezó a sudar, y las gotitas que le cubrieron la superficie no eran de agua sino de un líquido espeso y negro que goteó sobre la mesa y se evaporó sin humo. A tres, se volvió opaca. El jaspe, a diez, empezó a girar sobre sí mismo, cosa que ninguna piedra de tierra había hecho en la historia de la Academia. El cuarzo de aire se llenó de un polvo fino que no soplaba el viento. El topacio no se encendió: se apagó por dentro, como una lámpara de la que alguien hubiera retirado la mecha.

—Esto no es ninguno —dijo Serelith, con voz tensa—. Ni fuego ni agua ni nada. No hay patrón. Cada piedra reacciona al revés de lo que le corresponde.

—Al revés no. —Talaida frunció el ceño—. Mira el jaspe. Es tierra. La tierra permanece. Gira. El cuarzo es viento: debería moverse, y se ha llenado de quietud. Cada una responde con lo opuesto a su naturaleza.

—Entonces es oscuridad. La oscuridad es lo opuesto de...

—La oscuridad no es lo opuesto de todo. Solo de la luz.

—Pues veamos las dos.

Serelith acercó el ónice. A diez pasos, la gema negra, la de la afinidad que más se parecía a lo que tenían delante, empezó a brillar con una luz tenue y dorada. A cinco, se volvió blanca. A tres, emitió un destello tan violento que los dos tuvieron que apartar la vista. Cuando recuperaron la visión, el ónice seguía en las pinzas, y era limpio como un diamante.

—El ónice se ha vuelto luz —dijo la maga, y se le quebró la voz.

—Y probemos el diamante.

El diamante se volvió negro. A diez pasos, ya había perdido todo su brillo. A cinco, se había vuelto tan oscuro que parecía ónice. A tres, una grieta le recorrió la cara y se partió en dos, y los dos fragmentos cayeron sobre la mesa con una nota seca, vacía.




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