The Age of Legends: El Rostro Del Caos

Capítulo III: El Nombre de Darmir

Caleus escuchó a Kael hasta la última palabra sin interrumpirlo una sola vez.

Lo hicieron en la sala de plomo de la Casa de la Memoria, con la puerta sellada y las dos lámparas de aceite ardiendo con una llama limpia, de las que no se oscurecen. Eran cuatro en el cuarto: el Gran Sabio, Kael, Lyssara y Talaida. Fuera, contra el cristal de la ventana más cercana, se oía de vez en cuando un roce leve, como el de una polilla que insiste. Nadie lo mencionaba. Todos lo oían.

Kael lo contó todo. La voz suave, las preguntas ordenadas, el pulso que subía y bajaba, la mentira pequeña, el «gracias». Habló de las «otras veces» y de cómo se le había detenido la respiración al oírlas. Habló del hueco entre latido y latido, de lo que había callado. Mientras hablaba, Caleus permaneció inmóvil, con las manos entrelazadas sobre la mesa y la mirada fija en un punto indeterminado del aire, y en su rostro, la juventud aparente que los Elemens cultivaban como un hábito se había vuelto, por primera vez, una máscara incómoda: debajo de ella se adivinaba algo más viejo y más cansado que cualquier edad.

—¿Qué callaste exactamente? —preguntó Caleus, cuando acabó.

—El cuarto.

—¿Y crees que no lo sabe?

—Cree que son tres. Y que la pausa es un respiro.

—Eso es un error útil. —Caleus tomó la pluma de hueso, que había dejado sobre la mesa, y la hizo girar entre los dedos—. Guárdalo. No se lo des. Pero no te fíes de que dure.

—No pensaba.

—Bien.

Se quedó mirando la hoja que había escrito en la explanada, la del signo de once dientes, y junto a ella la copia que Talaida había hecho del de doce. Dos figuras casi idénticas sobre el mismo papel, con una diferencia mínima en el astil. La lámpara proyectaba sobre ambas una luz oblicua, y en aquella luz, la duodécima muesca del dibujo de Talaida brillaba con un trazo más oscuro que el resto, como si la tinta hubiera penetrado el papel más hondo en aquel punto.

—Hael escribió una frase en el séptimo pliego —dijo—. «No escribimos su nombre porque nombrarlo es llamarlo.» La leí hace diez días en Eltrix y no entendí a quién se refería. Creí que hablaba de uno de los Once.

—Habla de esto —murmuró Talaida.

—Sí. Y si Hael tenía un nombre que callar, es que ese nombre existía. Y si existía, alguien más lo escribió alguna vez, aunque fuera para prohibirlo. —Alzó la cabeza—. Quiero saber cómo se llama lo que nos escucha.

—¿Y si al buscarlo lo llamamos? —preguntó Lyssara.

—Ya está aquí, capitana. Lleva cinco días en esta ciudad. No sé qué más podría hacer por venir.

Lyssara no respondió. Tenía las manos apoyadas en el respaldo de la silla de Kael, y en su rostro, la expresión de quien ha pasado años evaluando riesgos y ha llegado a una conclusión que no le gusta: que el riesgo ya no está en el exterior, sino en la propia pregunta que se disponían a formular. Kael, sentado, notó el peso de aquella mano y no dijo nada. Sabía que Lyssara tenía razón en desconfiar de las respuestas fáciles, pero también sabía que seguir llamando «el Oyente» a lo que llevaba cinco días observándolos era una forma de no pensar en ello, y no pensar en ello, en su experiencia, nunca había resuelto nada.

Vessa llevaba toda la noche con el Libro de los Que Miraron abierto sobre las rodillas, y cuando Talaida entró en la trastienda al amanecer, la encontró dormida con la mejilla sobre la página ciento tres.

La despertó con suavidad. La anciana abrió los ojos, se ajustó las gafas y, antes de saludar, señaló el libro con un dedo manchado de tinta.

—Lo vi anoche. No lo había visto en cuarenta años de leerlo.

—¿Qué?

—Esto.

Pasó las hojas hasta la entrada del año noveno, la del centinela Orrel, que murió pronunciando su propio nombre de derecha a izquierda. Debajo de la última línea, en el margen, apretadas contra el borde, había tres palabras en una letra distinta, más pequeña, que ella siempre había tomado por una mancha de humedad. En la luz del amanecer, con la página inclinada hacia la lámpara, las tres palabras se distinguían con una claridad que Vessa no había logrado ver en cuarenta años de lectura diurna.

—«Dijo: Dar-mir» —leyó Vessa—. Con un guion, así. Como quien separa las sílabas para que no se pierdan.

—¿Dijo qué?

—Antes de morir. No su nombre. Otro. Lo pronunció una sola vez, según la nota, y sus compañeros lo tomaron por una palabra sin sentido.

Pasó las hojas. Entrada sesenta y uno: la sacerdotisa Ilauna, que oró toda una noche ante la puerta y volvió sin sombra. Al margen, en la misma letra diminuta: «Repetía "Thar-mir me la ha tomado". Los niños se burlaban.» Entrada noventa: un tejedor que quedó sordo del oído izquierdo. «Hablaba de Darmyr, que escucha.» Entrada noventa y ocho: una niña que no volvió a llorar. «Su madre dice que se lo llevó Dahrmir.»

—Cuatro grafías —dijo Talaida.

—Cuatro oídos distintos. Mismo sonido. —Vessa se frotó los ojos—. Y siempre en boca de quien se acercó demasiado. Nunca de los archivistas.

—¿Por qué?

—Porque los archivistas lo borraron.

Le mostró la última página del volumen, donde el libro conservaba, cosida a la tapa, una hoja suelta, amarilla, escrita en una letra oficial. Era un decreto del consejo del año setenta, con el sello de cera partido por la mitad y la firma de tres consejeros cuya casa ya no existía: «Se prohíbe registrar los dichos de los afectados que den nombre a lo que no debe ser nombrado. En adelante se anotará "el Oyente".»

—Y desde entonces —continuó Vessa— todas las entradas posteriores dicen «el Oyente». Ciento tres casos. Sesenta y dos veces ese título. Nadie explicó nunca por qué se cambió.

—Porque una palabra repetida se vuelve costumbre.

—Y una palabra prohibida se vuelve miedo. —La anciana cerró el libro con ambas manos—. Hay algo más. Cuando oí «Dar-mir» me sonó. Y no por el libro. Por mi abuela.

Tarareó, muy bajo, con una voz vieja y desafinada, la melodía de la nana de las tenerías. Pero la letra era otra. No la de Orrel ni la de siempre. Una variante que no había cantado desde niña, y que le salió de la garganta con la facilidad de las cosas aprendidas antes de saber leer.




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