The Age of Legends: El Rostro Del Caos

Capítulo V: El Rostro del Caos

El nudo de ceniza seguía en el suelo cuando amaneció el segundo día, y nadie se atrevió a barrerlo.

No era miedo, exactamente. Era esa forma de prudencia que nace cuando un objeto ha dejado de comportarse como un objeto. La ceniza no se había dispersado con el aire de la noche, ni se había mezclado con el polvo de las losas, ni había perdido ese doble bucle apretado y limpio que parecía dibujado por una mano muy paciente. Estaba allí como una palabra escrita en un idioma que nadie quería pronunciar en voz alta.

Isvera lo intentó a primera hora, con la escoba de mimbre de los guardianes y la paciencia de quien limpia una casa donde ha habido un duelo. Había barrido ya el perímetro, había recogido los restos de cera de la noche anterior, había apartado dos tachuelas de cobre que nadie recordaba haber visto caer. Luego se acercó al nudo.

Pasó la escoba tres veces.

La primera, las cerdas de mimbre rozaron la ceniza sin moverla. La segunda, Isvera cambió el ángulo y apretó la mandíbula. La tercera, hincó la escoba con la misma fuerza con que se aparta una culebra muerta de un umbral. El doble bucle siguió allí, apretado y limpio, sin que ningún grano de polvo se hubiera movido. Ni siquiera se había levantado esa película gris que deja cualquier cosa al ser barrida.

Isvera se detuvo. Se incorporó con la mano en la cadera y miró a Ilmarek, que había pasado la noche de pie junto a los restos del cordón, primero con la lanza apoyada en el hombro y luego con la lanza en el suelo y las dos manos sobre el asta, como si necesitara recordarse que tenía algo firme entre los dedos.

—No cede —dijo.

—Lo he visto.

—¿Lo pisamos?

—Lo cubriremos.

Ilmarek no lo dijo como una orden. Lo dijo como quien elige la menos mala de varias opciones y prefiere no enumerar las demás. A su espalda, dos guardianes jóvenes esperaban con las capas aún húmedas del sereno. Uno de ellos, Merrik, tenía el brazo vendado desde la noche del diapasón y llevaba la venda tan apretada que se le marcaba bajo la manga. La otra, una muchacha de mirada despierta llamada Senn, sostenía una lámpara de aceite que ya no hacía falta.

—¿Y si vuelve a pasar lo de la otra noche? —preguntó Senn.

—No va a pasar nada —dijo Ilmarek.

—No he preguntado si va a pasar. He preguntado qué hacemos si pasa.

Ilmarek la miró. Le gustó la pregunta. Le gustó tanto que tardó un instante en contestar.

—Si pasa —dijo—, no os quedáis quietos. Retrocedéis sin dar la espalda. Avisáis. Y no tocáis nada que brille, hierva, sude o cante.

—¿Y si canta?

—Entonces avisáis dos veces.

La discusión sobre qué hacer con el nudo se celebró en la mesa larga de la Casa de la Memoria, con las ventanas cerradas y una lámpara de aceite en el centro que nadie había apagado aunque ya era de día. Caleus se había opuesto a destruirlo. Lo dijo sin elevar la voz, con la túnica chamuscada todavía puesta y la pluma de hueso sobre el papel. A su lado, Talaida tenía el cuaderno abierto y una lista de observaciones que había rehecho tres veces durante la noche.

—Es lo único que sabemos con certeza que pertenece a aquello —dijo Caleus—. Una firma. Un trozo de su mano. Quien se arriesga a borrar la huella del enemigo debe saber antes qué le está quitando.

—O qué le está dando —replicó Ilmarek.

—También.

—Si es un ancla, quitarla lo debilita.

—Si es un ancla, quitarla lo avisa de que hemos entendido.

—Si lo dejamos, le damos tiempo a estudiarnos mientras nosotros lo estudiamos a él.

—Si lo destruimos, le damos una respuesta sin haber entendido la pregunta.

Halvorn, sentado al extremo de la mesa con el bastón de fresno entre las rodillas, escuchó durante un buen rato sin intervenir. Nyssa estaba de pie junto a la ventana, con las manos manchadas de cera y una cinta de cobre entre los dedos. Serelith no había acudido: seguía en la enfermería, con la mecha blanca sobre la sien y una taza de agua que no se llevaba a los labios. Pero su ausencia pesaba en la habitación como una silla vacía.

—Hay una tercera posibilidad —dijo Nyssa al fin.

Todos la miraron.

—Que no sea un ancla ni una firma. Que sea una boca.

—Explícate —dijo Ilmarek.

—No lo sé explicar. —Nyssa levantó la cinta de cobre—. Sella bien la plata, regular el cobre, mal la ceniza. La ceniza no es materia. Es lo que queda cuando algo se ha ido. Si él ha dejado un nudo de ceniza, puede que no sea lo que lo ata a este sitio. Puede que sea lo que usa para oírlo.

—¿Oír qué?

—La casa. Las losas. A nosotros, cuando creemos que no hay nadie.

Talaida levantó la cabeza.

—Eso encaja con lo del agua.

—¿Qué agua?

—Nada. Todavía.

Discutieron una hora. Al final cedió Ilmarek, de mala gana, y el nudo quedó bajo una vasija de plomo invertida, del tamaño de un cubo de pozo, que Nyssa selló por dentro con cera de abeja y por fuera con un círculo de tachuelas de cobre. Dos guardianes se turnaban junto a ella cada cuarto de hora, con orden estricta de mirar a la vasija y a nada más. Habían dejado de usar el cordón. Habían dejado de usar cualquier cosa que Darmir hubiera tenido tiempo de estudiar.

La vasija quedó en una sala baja, sin ventanas, con el suelo de losas gastadas y una antorcha en un soporte de hierro. Nyssa trazó un círculo de tiza alrededor de la base, no para contener nada, dijo, sino para saber si algo lo cruzaba. Caleus anotó la hora del sellado. Talaida anotó la hora, la temperatura del plomo y el hecho de que Isvera, al salir, había dejado la escoba apoyada en la pared y no en el suelo.

La tercera noche, la vasija empezó a sudar.

Fue Merrik, el guardián joven del brazo vendado, quien lo vio primero. Estaba de turno con Senn, a cinco pasos de la vasija, con la lanza en vertical y la vista clavada en el plomo. Llevaban dos horas sin hablar. Habían agotado los temas que se pueden tratar en voz baja delante de una vasija sellada: el frío, el turno, la comida, la pierna de Kestoran, el ruido que hacía la casa cuando todos dormían. Después se habían quedado en silencio, que era lo que hacían los guardianes cuando no querían admitir que estaban contando los minutos.




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