The Age of Legends: El Rostro Del Caos

Capítulo VI: Las Casas de Eltrix

Caleus escribió cinco cartas aquella noche, y ninguna era suya.

Reunió a los representantes de las casas en la sala de plomo antes del alba, con la puerta cerrada y la ventanilla del fondo condenada con una plancha de hierro que Nyssa remachó a martillazos. El ruido de los remaches resonó en la sala como una serie de pequeños truenos secos, y nadie habló mientras duró. Cuando terminó, Nyssa se limpió las manos en el delantal, miró la plancha, y dijo que ojalá no hiciera falta. Nadie le contestó, porque todos sabían que hacía falta.

Estaban Ilmarek, por los Draykor, con la capa aún húmeda y el brazo vendado de Merrik visible por la manga corta; Serelith, por los Veltrax, con la mecha blanca peinada hacia atrás y los dedos manchados de grafito, que no se había limpiado desde la noche anterior; Tolven, por los Calyth, con las ojeras de un secretario que lleva dos semanas apuntándolo todo y la pluma todavía detrás de la oreja; Brannoch, por los Zerkan, con la barba sin recortar y las manos de minero que nunca había perdido del todo; y Orvain, por los Oryndel, con el cilindro de cobre en el regazo, las dos manos sobre él como quien sostiene un animal dormido. Nadie había dormido.

Talaida estaba en un rincón, con el cuaderno abierto y la pluma seca. Paul Elmer se había sentado en el borde de la mesa, sin silla, con las manos cruzadas entre las rodillas. Lyssara y Kael habían llegado últimos, y se habían quedado de pie junto a la puerta, como si no tuvieran derecho a ocupar una silla en una reunión de casas.

—Hay que avisar a Eltrix —dijo el Gran Sabio—. Hoy. Por tres halcones, para que al menos uno llegue.

—Redactaré el informe —se ofreció Paul.

—No. —Caleus dejó la pluma de hueso sobre la mesa—. Lo escribiréis vosotros. Cada uno el suyo.

Hubo un silencio incómodo. Tolven fue el primero en comprender, y se le notó en la forma en que se recostó en la silla y dejó escapar el aire por la nariz. Brannoch tardó un poco más. Serelith miró a Caleus con los ojos entrecerrados, como si estuviera calculando algo. Ilmarek no dijo nada, pero apretó la mandíbula.

—Cinco relatos —dijo Tolven, despacio—. Sobre una misma conversación.

—Sobre lo que cada uno oyó.

—Se contradirán.

—Seguramente.

—Gran Sabio. —Paul se inclinó sobre la mesa—. Eso es lo contrario de lo que se hace en diplomacia. Un solo informe, una sola versión, aprobada por quien manda. Cinco versiones son cinco puertas abiertas.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué?

Caleus tardó en responder. Se frotó los ojos con el dorso de la mano, y por un instante pareció tan viejo como los años que decía tener. Luego miró a Paul, y en su mirada había algo que no era cansancio, sino una especie de paciencia triste.

—Porque anoche hablamos con alguien que escucha. Que pregunta. Que sabe que cada uno de nosotros escribirá a su casa, y que cada casa leerá lo que le interesa. Si yo mando un solo informe, decido qué parte de la verdad conocen. Y si decido mal, nadie podrá corregirme, porque nadie sabrá qué omití. —Alzó la vista—. Prefiero cinco verdades torcidas que una sola mentira ordenada. Quien las lea tendrá que compararlas.

—Y se pelearán —murmuró Brannoch.

—Se pelearán de todos modos.

—Con un solo informe, al menos se pelearían por lo mismo.

—Con un solo informe, se pelearían por lo que yo hubiera decidido que era lo mismo. —Caleus señaló las cinco sillas—. Cada casa tiene su manera de ver. Los Draykor ven un ejército que se mueve. Los Veltrax ven un hechizo que se estudia. Los Calyth ven un tratado que se rompe. Los Zerkan ven una mina que se cierra. Los Oryndel ven un archivo que se vacía. Si escribo yo, elijo una de esas miradas y silencio las otras cuatro. Y esa criatura, que preguntó por todas, sabrá exactamente qué mirada hemos elegido. Quien elige una sola versión entrega las demás.

Nadie replicó. Kael, apoyado en la pared del fondo, cerró los ojos. Pensaba en lo que Darmir había dicho de los reinos y las piedras. Pensaba que Caleus acababa de hacer algo que iba contra todos los manuales de gobierno, y que quizá por eso tenía una probabilidad de funcionar.

—Escribid lo que oísteis —dijo el Gran Sabio—. Lo que sentisteis. Lo que os dio miedo. No lo que creéis que debe saberse.

—¿Y si lo que oí no es lo que quiero que se oiga? —preguntó Serelith.

—Entonces escribidlo igual. —Caleus la miró—. Y si os da vergüenza, escribidlo dos veces.

Escribieron en la misma sala, cada uno en un extremo de la mesa, con la lámpara de aceite en el centro y una botella de tinta para cada dos. Nadie habló durante la primera hora. El único sonido era el raspar de las plumas y el crujido de las sillas.

Ilmarek escribió de pie. No podía sentarse. Cada vez que lo intentaba, las palabras se le ordenaban en columnas y le salía un parte militar. Así que se quedó de pie, con la hoja apoyada en la pared, y escribió como hablaba: a golpes cortos, sin adornos, tachando mucho. Cuando terminó, tenía tres páginas y el puño le dolía. Las leyó dos veces. La primera, para comprobar que no había mentido. La segunda, para comprobar que no había dicho demasiado.

Serelith escribió sentada, muy erguida, con la mecha blanca sobre la sien y la pluma muy quieta. Su carta era la más larga de las cinco. Empezaba con una descripción técnica del comportamiento de Darmir, seguía con un análisis de la contradicción entre la espiral y el cordón, y terminaba con una confesión que no había hecho en voz alta delante de nadie: que había calculado mal, que lo sabía desde la primera noche, y que había tardado tres días en decirlo porque tenía miedo de que la Academia la retirara del caso. Cuando cerró el pliego, los dedos le temblaban. Los apretó contra la mesa hasta que dejaron de temblar.

Tolven escribió como un secretario: con orden, con fechas, con citas textuales entre comillas y una columna al margen para las observaciones. Su carta era la más precisa y la más fría. Cuando la terminó, se dio cuenta de que había escrito «la criatura» diecisiete veces y «Darmir» tres, y se preguntó si eso significaba algo. Lo dejó así. Era lo que había oído.




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