The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo IV: La Sangre que Responde

Partieron al alba, sin trompetas.

Caleus lo había exigido así, y Eltrix, que amaba los estandartes y los cuernos de plata, se resignó por segunda vez en un mes a despedir una comitiva como quien despide a unos mercaderes. En el patio de la Puerta Oriental esperaban veinte guardianes grises, dos carros con los instrumentos de Serelith y diez caballos de silla. Ilmarek Draykor revisaba las cinchas con la coraza abrochada hasta la barbilla, y sus dedos, curtidos por dos siglos de servicio, se movían sobre el cuero con una precisión que contradecía la tensión de su rostro. Brannoch Zerkan, con una capa de lana marrón que le quedaba corta, hacía como que no miraba a Tavik, su sobrino, que había llegado de Hondaluz a medianoche pidiendo ir con él y al que había dicho que no tres veces. A la cuarta lo había dejado montar. Tolven Calyth llevaba un cofre de cuero lleno de cartas de su tía, y en el fondo de aquel cofre, envueltas en un paño de lino, las cinco cintas de seda gris que nadie había mirado desde el consejo. Orvain, con el cilindro envuelto en un paño de lana bajo el brazo, se despedía de Nyssa sin palabras, con la mano en su mejilla durante tres latidos. La joven había pasado la noche copiando el cuadernillo pequeño, tal como su tío le había pedido, y en sus ojos, además del cansancio, había una serenidad nueva, la de quien ha aceptado una responsabilidad que no buscó y ha decidido, sin aspavientos, cumplirla.

Caleus no bajó al patio. Observaba desde lo alto de la muralla, de pie, con la capa de Haldrec sobre los hombros. No levantó la mano. Cuando la comitiva cruzó la puerta, Kael volvió la cabeza una sola vez y vio al Gran Sabio inmóvil contra el cielo claro, pequeño y recto como una aguja. No era una despedida. Era una advertencia: la de quien sabe que lo que parte no siempre regresa igual.

Las cinco cintas de seda gris iban en el cofre de Tolven, enrolladas y atadas con un cordón. Nadie las había mirado desde el consejo. Pero Kael, al montar, sintió el peso de su presencia en el cofre como se siente el peso de una piedra en el zapato: pequeño, constante, imposible de ignorar.

Al segundo día encontraron el círculo.

Estaba junto al camino, en una hondonada de la llanura donde la hierba seca se doblaba bajo un viento sin dueño. Cuarenta ovejas, de pie, apretadas en un anillo casi perfecto, con las patas clavadas en la tierra y la cabeza erguida hacia el este. Un pastor viejo se había sentado en una piedra a unos pasos y las contemplaba sin tocarlas, con el bastón cruzado sobre las rodillas. Cuando vio pasar a los guardianes no se levantó. Tenía la mirada de quien ha pasado tres noches junto a algo que no comprende y ha dejado de intentar comprenderlo, limitándose a acompañarlo.

—No las he podido mover —dijo, sin que nadie preguntara—. He tirado de la más vieja, la que me conoce. Pesa como un peñasco. Tiene la lana dura como el hielo y los ojos abiertos.

Ilmarek se acercó a pie, con la mano en la empuñadura. Observó el círculo durante un buen rato. Después tocó con dos dedos el flanco de una oveja y retiró la mano de golpe.

—Está caliente por dentro —murmuró—. Y fría por fuera. Como una piedra al sol.

—¿Qué significa? —preguntó Tolven.

—No lo sé.

Serelith se había apeado con un diapasón. Lo sostuvo a un palmo de la oveja más cercana y permaneció un instante con la cabeza ladeada. Después lo apartó con una expresión de asco.

—No suena —dijo—. Igual que ayer en el techo del consejo. Lo que las rodea absorbe cualquier tono.

Kael se había quedado atrás, sobre el caballo, con Lyssara a su lado. No se atrevía a acercarse. Desde que había visto el círculo notaba el cuarto latido en las costillas, tan quieto como un animal que ha olido otro mayor. Las ovejas no lo miraban. Miraban más allá de él, más allá de las colinas y de las llanuras, hacia una línea de horizonte donde no había nada.

—Están escuchando —dijo en voz baja.

—¿A qué?

—A lo mismo que yo.

Lyssara no replicó. Se limitó a acercar su caballo hasta que las rodillas de ambos se rozaron. Ilmarek, al volver a la silla, los miró de reojo. No dijo nada. Pero esa tarde, cuando acamparon, ordenó que la guardia del campamento se duplicara y que los centinelas se colocaran de espaldas al este, mirando hacia fuera, hacia lo que pudiera acercarse. Lyssara le oyó murmurar para sí, mientras se alejaba hacia el fuego:

—Guardad los muros para que nada salga.

Esa noche, nadie del campamento durmió bien. Kael permaneció sentado junto al fuego hasta que las brasas se consumieron, con la manta sobre los hombros y la mirada fija en el este, donde el cielo, por primera vez desde que había salido de Eltrix, parecía más oscuro que el resto del firmamento. No era una nube. Era algo más sutil: una especie de ausencia de brillo, como si las estrellas de aquella dirección hubieran decidido, por unanimidad, no mostrarse. Talaida se sentó a su lado en algún momento de la madrugada, sin decir nada, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas. Compartieron el silencio durante una hora larga. Después ella se levantó, le apretó el hombro un instante y volvió a su manta. Kael no le dio las gracias, porque no hacía falta.

Draxcan los recibió al cuarto atardecer, con el cielo teñido de un naranja sucio.

Las calles estaban llenas de gente que se detenía a mirarlos pasar. Los comerciantes del Distrito Humano habían cerrado la mitad de los puestos. En las ventanas del Distrito Elfo, las lámparas ardían a mediodía. Por todas partes se oía el mismo murmullo, un rumor contenido que subía de las plazas como el vapor de una olla a punto de hervir. En la calle de los Plateros, un niño gritó «¡Es el archivero!» y su madre le tapó la boca con la mano. Kael vio, al pasar, a un grupo de ancianos sentados en un portal que lo observaban con los ojos entrecerrados, como quien evalúa a un animal que no sabe si es doméstico. Vio también, en una esquina, a un hombre que llevaba colgada del cuello una pequeña piedra dorada, y que al cruzarse con él se llevó la mano al pecho y bajó la cabeza. No era reverencia. Era reconocimiento.




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