La canción empezó con una sola voz.
Era una voz de mujer, grave y rota, que salía de las últimas filas de la multitud y se arrastraba sobre las losas de la explanada como un hilo de humo. Después se le unió otra, y otra más. En menos de un minuto, tres mil personas de pie ante una puerta de piedra negra cantaban en un murmullo bajo, sin ritmo apresurado, con la cadencia de quien repite algo que aprendió antes de saber hablar. No era un canto de celebración ni de duelo. Era algo más antiguo y más hondo: una letanía que las madres habían susurrado a sus hijos durante generaciones, una melodía que se transmitía de boca en boca sin necesidad de partituras ni de maestros, y que en aquel momento, al ser entonada por miles de gargantas al mismo tiempo, adquiría una densidad casi física, como si el propio aire de la explanada se hubiera vuelto más espeso.
Kael no entendía las palabras. Notaba solamente que la melodía se le metía por las costillas y se acompasaba con los cuatro latidos, uno por uno, como un pastor que reúne el ganado. Era una sensación incómoda, casi invasiva: como si las voces de aquellas tres mil personas estuvieran encontrando, en el interior de su pecho, un ritmo que él mismo no había elegido, y lo estuvieran arrastrando, sin violencia pero sin posibilidad de resistencia, hacia una cadencia que no le pertenecía.
—Sacadlo de aquí —dijo Ilmarek.
—Ya lo hago —respondió Lyssara.
Lo levantó por las axilas con una fuerza que no había mostrado en semanas. Isvera se colocó al otro lado y los dos lo llevaron casi en vilo hacia el cordón de lanceros, que se abrió ante ellos con un entrechocar de astas. Detrás, Kestoran gritaba órdenes a sus soldados, de dos en dos, que formaran, que no empujaran, que nadie se acercara a la puerta. Paul corría con el cuaderno abierto, intentando que Serelith no volviera atrás a recoger sus instrumentos. La maga de Eltrix, con el cabello suelto y las manos temblorosas, se debatía entre el impulso de medir lo que estaba ocurriendo y el instinto de huir de aquella melodía que parecía penetrar en los huesos.
—Es una nana —dijo una voz a su lado.
Vessa había aparecido entre la gente con la tablilla de cera apretada contra el pecho y los ojos muy abiertos. Caminaba pegada a ellos, casi sin aliento. La Guardiana de la Memoria, que había pasado cuarenta años catalogando tablillas y traduciendo poemas, avanzaba con la torpeza de quien no está acostumbrada a moverse entre multitudes, pero con una determinación que contradecía la fragilidad de su figura.
—La canción. Es la que las madres cantan en las tenerías cuando los niños se acercan demasiado al norte. «Duerme, hijo, no mires la piedra. Lo que vela dentro, que vele. Lo que callaron los abuelos, que calle.» —Se detuvo para tomar aire—. No la he oído cantar a tanta gente en mi vida.
—¿Por qué cantan ahora? —preguntó Paul.
—Porque tienen miedo. Y el miedo siempre nos devuelve a lo que aprendimos antes de pensar. —Vessa miró hacia atrás, hacia la muralla negra y la multitud que seguía cantando—. Es lo que hacían nuestros antepasados cuando la puerta reaccionaba. Se cantaba para recordar que había reglas. Para no olvidar que el miedo no nos da permiso para hacer lo que nos pida.
La Casa de la Memoria era un edificio bajo y redondo, de piedra clara, con el techo abovedado y una sola puerta, que se alzaba al sur de la explanada, a medio camino entre el templo de la Ceniza y el mercado de las tenerías. Dentro olía a tinta y a cera derretida. Había estantes que llegaban hasta la bóveda, repletos de tablillas, rollos de cuero, cuadernos cosidos a mano y cajas de madera con etiquetas en una escritura apretada. En el centro, bajo una claraboya, se alzaba una mesa larga cubierta de paños grises, y en torno a ella, sentados en bancos, esperaban seis personas con los rostros tensos.
Tendieron a Kael sobre un camastro que alguien había improvisado junto a la chimenea. Lyssara le quitó la capa, le limpió la cara con un paño húmedo y le obligó a beber un cuenco de caldo. Él obedeció sin protestar. Tenía las manos todavía temblorosas, y cada vez que las miraba, la cicatriz de la base del pulgar parecía más grande de lo que recordaba. La marca del pan. La de los seis años. La que Doren le había vendado con sus propias manos en una cocina que ya no existía, en un castillo que ahora parecía pertenecer a otra vida.
—Cuéntame otra vez lo de las manos —murmuró Lyssara, en voz tan baja que solo él pudo oírla.
—Eran las mías.
—Eso ya lo has dicho.
—No sé decirlo mejor. Tenía la cicatriz del pan. La que me hice con Doren.
—¿Y eso qué significa?
—No lo sé. —Kael cerró los ojos—. Podría significar que lo que vi era yo. Una versión mía, antes o después. O que alguien se parecía tanto a mí que su cuerpo ha dejado de ser solo suyo. O que lo que me muestra la puerta no es lo que ocurrió, sino lo que quiere que crea.
—Tres posibilidades.
—Y las tres me dan miedo.
Lyssara no respondió. Apoyó la frente contra la suya, un segundo, y se la retiró enseguida. Los demás habían empezado a hablar.
—Hablarás cuando estés bien —dijo Kestoran, sentándose en el banco más cercano—. Ahora, escucha a quien lleva cuarenta años leyendo lo que nadie quiere leer.
Vessa se había colocado al fondo de la mesa. Desplegó un paño gris. Debajo había un libro.
No era grande. Tenía las tapas de cuero negro, ennegrecidas por el roce de manos, y un cierre de latón con la cerradura rota. En la cubierta, grabado con una punta fina, se leía un título en la lengua del Reino Interior que Talaida tradujo en voz baja, con la lectura de quien reconoce una palabra aprendida a fuerza de sueño: «El Libro de los Que Miraron».
—Me lo trajo anoche el abad del templo de la Ceniza —dijo Vessa—. Hace trescientos años que los sacerdotes lo guardan en una cámara sin ventanas, bajo siete cerraduras. Nadie lo ha consultado desde mi abuela. Y no por falta de curiosidad, sino porque la regla era «no se lee».