El nombre quedó flotando sobre la explanada como el humo de una lámpara recién apagada.
Kael seguía de rodillas, con una mano apoyada en las losas y la otra apretada contra el esternón. Los cuatro latidos le golpeaban las costillas a un ritmo que ya no era suyo. Delante de él, a veinte pasos, cuarenta personas de pie, hombro contra hombro, miraban hacia ningún lugar con los ojos dorados y la boca entreabierta. Tres mil más, detrás, no respiraban. Solo se oía el chisporroteo de las antorchas y el roce metálico de las espadas de Ilmarek y de Isvera al salir de las vainas.
—Nadie se mueva —dijo Kestoran, tan bajo que apenas se oyó.
—Que nadie lo toque —añadió Ilmarek—. Si es lo que parece, tocarlos sería peor.
Lyssara se había colocado delante de Kael sin pensarlo, con la espada a medio desenvainar y los pies firmes sobre las losas. No miraba al muchacho de manos azules. Miraba la línea entera, buscando la mano que se moviera primero. Su respiración era lenta y controlada, la de quien ha pasado años entrenando para momentos como aquel, y en su mente, con la velocidad de quien ha vivido demasiadas crisis, ya estaba calculando distancias, ángulos de repliegue, y la manera más rápida de sacar a Kael de la explanada si la situación se descontrolaba.
—Levántate —murmuró sin volver la cabeza—. Despacio.
Kael obedeció. Le temblaban las piernas, pero lo sostuvieron. Cuando se incorporó, la voz que salía de la boca de Teb, una voz que no era la de un chico de quince años, repitió su nombre con una dulzura casi paternal.
—Kael.
—Estoy aquí —respondió él. No sabía por qué lo había dicho. Le salió solo—. No me acerco. Se lo prometí a esta gente. Pero estoy aquí.
—Todavía no.
—¿Todavía no, qué?
Las cuarenta bocas se cerraron a la vez.
Los ojos de Teb, dorados hasta el borde, se pusieron en blanco. El muchacho cayó hacia delante como un muñeco al que cortan los hilos, y con él cayeron los otros treinta y nueve, uno tras otro, en una ola silenciosa que recorrió la línea de un extremo a otro. Maro cruzó la explanada gritando el nombre de su hijo. Llegó a tiempo de sostenerle la cabeza antes de que golpeara las losas. Alrededor, hombres y mujeres se arrodillaron junto a los cuerpos, entre sollozos, y empezaron a incorporarlos con las manos temblorosas. Kael vio, entre la multitud que se arremolinaba, a una mujer joven que sacudía los hombros de un anciano caído, y a un niño que lloraba abrazado a las rodillas de su madre, y a un soldado que, sin soltar la lanza, se había arrodillado junto a un compañero y le hablaba al oído con una urgencia que no lograba contener.
Teb abrió los ojos al cabo de un minuto. Eran castaños. Miró a su padre sin comprender, se llevó una mano a la garganta y preguntó con voz ronca:
—¿Por qué me duele hablar?
—No pasa nada —sollozó Maro, apretándolo contra el pecho—. No pasa nada, hijo.
Vessa se había acercado a Teb con la tablilla de cera. No lo tocó. Se agachó a un palmo de su cara y le miró los ojos con atención de archivista. Después se incorporó, muy pálida, y se volvió hacia Kestoran.
—Tiene un hilo —susurró—. Alrededor de la pupila. Dorado. Muy fino. No se aprecia a menos que le des la luz de lado.
—¿Y los otros?
—Los otros también.
Gorvan, que había llegado hasta el borde de la explanada con los puños cerrados, miró a Kael con una expresión en la que ya no había rabia. Tenía algo peor: la serenidad del que ha tenido razón.
—Ya lo veis —dijo.
Nadie le contestó. Mireth, la sacerdotisa, contemplaba a los cuarenta caídos con las manos unidas ante el pecho y una sonrisa leve, inescrutable. Senna había tomado a Daven en brazos y le tapaba los ojos con la palma. El niño se retorcía para ver.
—Anota —dijo Kestoran a Vessa—. Todo.
—Ya lo anoto. —La anciana alzó la tablilla con manos temblorosas—. Es la entrada ciento cuatro.
Kael se acercó a Teb, que seguía en brazos de su padre. El muchacho lo miró con una expresión de desconcierto, como si acabara de despertar de un sueño del que no recordaba nada. No había miedo en sus ojos. Había algo peor: la confusión de quien descubre que ha sido utilizado por algo que no comprende.
—¿Qué has visto? —preguntó Kael, en voz baja.
—Nada. —Teb tragó saliva—. Solo... una luz. Y una voz que no era la mía. Y ganas de estar allí. —Señaló la puerta con la barbilla—. Ganas de estar allí y no volver.
Maro apretó a su hijo contra el pecho, como si quisiera protegerlo de la propia puerta. Kael se apartó unos pasos, con la sensación de haber comprendido algo que no lograba formular del todo. Los cuarenta no habían sido poseídos, ni controlados, ni manipulados contra su voluntad. Habían sido invitados. Y habían aceptado la invitación con una facilidad que resultaba, en sí misma, más inquietante que cualquier violencia.
El mensaje cruzó la grieta con la primera luz, y para el mediodía lo sabía todo Draxcan.
No lo trajo ningún correo oficial. Paul había escrito tres cartas a la carrera, una para su padre, otra para Doren y una breve para el rey, pero ninguna llegó antes que las voces. Los soldados de Corwin que montaban guardia en la rampa de madera sobre la brecha habían oído esa noche las campanas del templo de la Ceniza, habían visto arder las antorchas del norte y habían oído, desde lejos, el eco de cuarenta voces repitiendo una frase. Cuando relevaron la guardia, cada uno contó a su manera lo que no había visto. A las siete de la mañana, el rumor había cruzado el Patio de las Banderas. A las ocho, estaba en las cocinas. A las nueve, un panadero del Distrito Humano le explicaba a su vecino que el archivero real había abierto la puerta del infierno. A mediodía, el rumor había adquirido ya tres o cuatro versiones distintas, todas igualmente falsas y todas igualmente verosímiles, y en cada versión el nombre de Kael aparecía asociado a un epíteto distinto: el elegido, el traidor, el portador, el culpable.