The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo VII: La Memoria de Airoon

El pilar latió a las tres de la madrugada, y el rey lo sintió en la mano antes de oírlo.

Estaba despierto, sentado ante el escritorio de la torre de levante, con el cofre abierto a su derecha y la vela casi consumida a su izquierda. Había dado la espalda a la cama hacía horas. El Senado se había roto en dos esa tarde y en el castillo se oían pasos, portazos, voces que bajaban de volumen al doblar los corredores. Doren había insistido en que durmiera. Airoon le había dicho que sí, con esa amabilidad vacía que aprendió de su padre, y le había oído marcharse por la escalera con el paso de quien no se ha creído nada.

El latido llegó por el suelo. Primero lo notó en las plantas de los pies, una vibración sorda, muy lenta. Después en la madera de la mesa, donde la llama de la vela se inclinó hacia un lado y volvió a enderezarse. Después, con una claridad que no admitía duda, en el pecho. Un solo golpe, grave, igual que el de un tambor lejano al que alguien hubiera dado un redoble de aviso.

Airoon cerró los ojos.

—Otra vez —murmuró.

Desde que apareció el signo grabado en la piedra, no pasaba una noche sin que sintiera aquel pulso. Los guardias de la cámara no lo oían. Corwin tampoco. Doren decía que él notaba algo, pero no sabía si era la piedra o su propia sangre. El rey sabía que no era ninguna de las dos cosas. Era el eco de una voz que su bisabuelo había descrito con una palabra que nunca había querido aprender a pronunciar. Una palabra que, en los textos más antiguos de la casa Kaziu, aparecía siempre entre corchetes y siempre acompañada de una advertencia: no se escribe en voz alta.

Tomó el documento del cofre.

Era un pergamino amarillo, tan manoseado que los pliegues habían empezado a deshilacharse. Lo desplegó sobre la mesa con las dos manos, sin prisa, y colocó una piedra a cada lado para que no se enrollara. La letra era apretada, regular, de trazo firme. Reconoció la caligrafía antes de leer una sola palabra: la de Dravec Kaziu, que había sido rey cuando Draxcan todavía no sabía que lo era. El pergamino, a la luz de la vela, mostraba un color más oscuro en los bordes, como si hubiera estado expuesto al fuego en algún momento de su historia y hubiera sobrevivido por pura obstinación. Olía a cera vieja, a cuero y a algo más, algo mineral que Airoon no lograba identificar pero que le recordaba, sin razón aparente, al aire de la cámara bajo la Plaza de los Fundadores.

Leyó la primera línea. La conocía de memoria. Había leído esa línea mil veces y nunca había pasado de la tercera.

«A quien lleve esta corona después de mí: no abras lo que no sabes dónde está.»

Se pasó la mano por la barba blanca, despacio, y la memoria vino sola, como viene el agua cuando se levanta un tapón.

Fue hace cincuenta años, y llovía.

Tenía veinticinco. Acababa de llegar de Pitra, adonde su padre lo había enviado a aprender el oficio de las embajadas, con los zapatos llenos de barro y la cabeza llena de proyectos. Cruzó el patio de las Banderas bajo un chaparrón que le empapó la capa y subió a la sala de las Siete Columnas porque alguien le dijo que el Senado se había reunido de urgencia. Entró por una puerta lateral, sin anunciarse. Recordaba el sonido de sus propios pasos sobre las losas, el eco que rebotaba en las columnas, y la sensación de que estaba a punto de presenciar algo que no debería haber visto, pero que ya no podía dejar de mirar.

Lo primero que vio fue el pasillo.

Era un pasillo ancho, vacío, que dividía la sala de arriba abajo. A un lado estaban los senadores que querían sellar la cámara bajo la Plaza de los Fundadores. Al otro, los que querían abrirla. Nadie se sentaba en el centro. Nadie se atrevía a cruzar. Los dos bandos se miraban sin hablar, con los rostros blancos de quien acaba de decir algo que ya no se puede retirar. Airoon recordaba, con una nitidez que el paso de las décadas no había logrado difuminar, las manos de su padre: manos grandes, de dedos largos, que en aquel momento descansaban sobre el respaldo del trono con una calma que contradecía el temblor apenas perceptible de sus nudillos.

Su padre, el rey, ocupaba el estrado. No gritaba. Nunca gritaba. Estaba de pie, con las manos a la espalda y la corona sobre la frente, y miraba la sala como se mira un lago que empieza a helarse.

—Sellad la cámara —dijo al fin—. Con plomo y con piedra. Que nadie vuelva a bajar.

Los senadores del lado derecho protestaron. Uno de ellos, un viejo elfo de barba plateada que había sido amigo del rey durante treinta años, dio un paso al frente. Airoon recordaba su nombre: Ilvarien. Recordaba su voz, profunda y pausada, la voz de quien ha hablado en aquella sala durante más tiempo del que la mayoría de los presentes llevaba vivo.

—Majestad. Hay una voz en esa piedra.

—Las piedras no hablan.

—Esta sí. Me han llegado informes de que los guardias que la custodian oyen una nota por las noches. Una sola. Grave. Que les hace llorar sin saber por qué. Uno de ellos ha perdido el habla. Otro ha dejado de dormir. Y hay un tercero que, según su mujer, escribe en la pared de su casa, cada noche, sin darse cuenta.

—Entonces que los releven.

—No es una nota que se oiga con los oídos, majestad.

Su padre no respondió. Tardó un largo instante en hacerlo, y cuando habló, Airoon, que lo había oído mil veces dar órdenes, notó algo que nunca había oído en su voz: miedo. No el miedo de quien teme una derrota militar, ni el de quien calcula un riesgo político. Era un miedo más hondo, más antiguo, el de quien ha comprendido que lo que teme no puede derrotarse con espadas ni con tratados.

—Es la última vez que lo diré. Sellad la cámara. Y quien mencione que se haya oído algo en ella, que lo haga en privado, ante un sacerdote, y no ante este Senado.

El viejo elfo bajó la cabeza y regresó a su lugar. Pero no se sentó. Se quedó de pie, mirando al rey con una tristeza insoportable. Y uno por uno, los senadores de su lado fueron levantándose también, y se quedaron así, de pie, formando una línea de hombres derechos contra el estrado. Airoon, desde su posición lateral, contó dieciséis senadores de pie. Dieciséis, de un total de sesenta. No era una mayoría. No era ni siquiera una minoría significativa. Pero era una línea, y las líneas, en política, rara vez se borran.




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