The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo VIII: El Corazón de Tres Latidos

Kael cumplió su promesa al amanecer.

Se había despertado en el camastro de la Casa de la Memoria con la boca seca y la cabeza hueca, sin recordar cómo había llegado hasta allí. Lyssara dormía sentada en el suelo, con la espalda contra la pared y la espada sobre las rodillas. En la mesa larga, Vessa dormitaba sobre una tablilla de cera con la mejilla marcada por los surcos. Fuera, la ciudad subterránea tenía esa luz grisácea y sin sombras que sustituía al día. A lo lejos, hacia el norte, se oía el murmullo de la multitud que no se había movido en toda la noche.

Kael permaneció un rato inmóvil, contemplando la estancia con la atención de quien despierta en un lugar que no reconoce del todo. La Casa de la Memoria, a la luz mortecina del amanecer, mostraba detalles que la noche anterior habían pasado inadvertidos: las grietas finas en el techo abovedado, trazadas como venas de un mármol antiguo; el polvo acumulado en los bordes de las tablillas de arcilla apiladas contra la pared; el olor a tinta y a cera derretida que impregnaba cada rincón, mezclado con el aroma tibio de las lámparas de aceite recién apagadas. Vessa, dormida sobre la mesa, tenía la pluma todavía entre los dedos y una mancha de tinta en la comisura de los labios, como si hubiera estado escribiendo hasta el agotamiento. En algún momento de la noche, alguien —probablemente Talaida o Serelith— había dejado una manta sobre los hombros de la anciana. La manta era de un azul desteñido, con un borde deshilachado, y Kael sintió, sin saber por qué, que aquel gesto mínimo, el de cubrir a alguien que se ha dormido trabajando, constituía una de las cosas más humanas que había presenciado desde que había cruzado la grieta.

Se incorporó despacio. Se sentó en el borde del camastro, con las manos entre las rodillas, y esperó a que la habitación dejara de balancearse. El cuarto latido, aquel que ni Talaida sabía nombrar, golpeaba ahora con una regularidad distinta a la de las noches anteriores: más lento, más profundo, como si estuviera sincronizándose con algo que no era su propio cuerpo. Kael contó los golpes durante un minuto largo, y descubrió, con una inquietud creciente, que se acompasaban con el murmullo lejano de la multitud. Cada vez que las voces alzaban una frase, el cuarto latido respondía con un golpe. Era una coincidencia, se dijo. Tenía que ser una coincidencia.

Después se levantó, cruzó la sala sin hacer ruido y salió al callejón, donde dos soldados de Kestoran jugaban a los dados bajo una lámpara de aceite. Los soldados, dos hombres jóvenes de los que ninguno pasaba de los treinta, alzaron la vista con la expresión de quien no espera ser interrumpido a aquella hora. Sus rostros, curtidos por las semanas de vigilancia, mostraban la fatiga acumulada de las últimas jornadas, y en sus ojos, más allá de la disciplina, había una curiosidad genuina que apenas lograban disimular.

—Necesito hablar con el capitán —dijo.

—Duerme.

—Despertadlo.

Kestoran llegó a los diez minutos, con la barba sin recortar y la coraza a medio abrochar. Escuchó a Kael sin interrumpirlo. Le contó lo de la noche: que se había despertado dos veces con el cuarto latido adelantado, que sentía un tirón regular en el esternón cada vez que la puerta «respiraba», que había soñado con manos sin cara. No omitió nada. No adornó nada. Mientras hablaba, Kael sintió que las palabras, al ser pronunciadas en voz alta, adquirían una densidad distinta, como si el simple hecho de compartirlas las convirtiera en algo que ya no podía retirarse.

—No es lo que se espera de un hombre al que llaman llave —dijo el capitán cuando terminó.

—Lo sé.

—Os agradezco que lo contéis.

—Lo prometí.

—Se promete mucho en estas semanas. Se cumple poco. —Kestoran se frotó los ojos—. Os diré algo, Kael. Ayer Gorvan vino a verme con cincuenta firmas pidiendo vuestra expulsión. Esta mañana, otros sesenta han firmado para que os quedéis. No hay diferencia entre los que firman en un bando y en el otro. Todos tienen miedo. Lo que cambia es de qué.

—¿Y vos?

—Yo soy un soldado. Tengo miedo de que ocurra algo y no poder evitarlo. —Se encogió de hombros—. Vos me ahorráis la mitad de ese miedo diciéndome lo que sentís antes de que lo sienta yo.

Kael iba a responder cuando lo notó.

No fue un dolor. Fue un cambio de presión, como el que sienten los buzos al descender demasiado deprisa. Algo bajo el esternón se contrajo con una suavidad exacta. Los tres primeros latidos, el de la sangre, el de la magia, el de la regeneración, que durante semanas habían golpeado en tres ritmos distintos, tropezaron entre sí. El primero perdió medio compás. El segundo, el mágico, se aceleró de golpe. El tercero se apretó contra las costillas, buscando una herida.

Kael sintió que el mundo se inclinaba a su alrededor. Las paredes del callejón, hasta entonces firmes, parecieron vibrar ligeramente, y el suelo, bajo sus pies, adquirió una cualidad esponjosa que no le correspondía. Por un instante, tuvo la sensación de estar de pie sobre una superficie que respiraba, y de que cada respiración de aquella superficie lo empujaba suavemente hacia arriba, hacia un lugar que no era el callejón, ni la ciudad, ni siquiera el mundo que conocía.

—Kael.

—Estoy bien.

—Estáis gris.

—Es la luz.

—No es la luz.

Kael abrió la boca para contestar y descubrió que no podía.

Talaida corrió desde la Casa de la Memoria con el cuaderno en la mano y las zapatillas sin atar.

Lo encontró en el suelo del callejón, apoyado contra el muro, con los ojos abiertos y una expresión de concentración casi infantil. Lyssara, arrodillada a su lado, le sostenía la cabeza. Kestoran había apartado a sus soldados con un gesto. Dos de ellos montaban guardia en cada extremo de la calle, de espaldas, con las lanzas en alto.

—Dentro —ordenó Talaida—. Aquí no.

Lo llevaron en volandas hasta el taller de la Casa de la Memoria, una sala trasera sin ventanas donde Vessa guardaba las tablillas dañadas. Era una estancia pequeña, de paredes desnudas y suelo de piedra irregular, iluminada por una única lámpara de aceite que alguien había encendido con prisa. En las estanterías, dispuestas a lo largo de las paredes, se alineaban cajas de madera etiquetadas con una caligrafía apretada, y sobre la mesa central, cubierta con un paño de lino gris, descansaban varias tablillas rotas que Vessa había ido acumulando a lo largo de los años. Lo tendieron sobre la mesa, apartando las tablillas con cuidado. Lyssara le desabrochó la camisa con dedos firmes.




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