Ilmarek Draykor no necesitó que nadie le diera la orden. Se la dio él mismo, a las seis de la mañana, con la coraza abrochada hasta la barbilla y una taza de caldo frío entre las manos.
Había pasado la noche en el cuartel de campaña que Kestoran le había cedido junto a la explanada, una nave de piedra con el techo bajo donde sus veinte guardianes grises dormían sobre jergones, con las armas al alcance de la mano. Los despertó uno a uno, sin gritar, y los reunió en el centro de la sala. Eran hombres y mujeres de edades dispares, algunos con cincuenta años y el rostro marcado por la intemperie, otros apenas salidos de la Academia de los Muros. Ninguno hizo preguntas. Los Draykor llevaban once generaciones aprendiendo a obedecer antes de entender.
Ilmarek los observó mientras se ponían en pie, mientras se ajustaban las correas, mientras buscaban con la mirada el sitio que les correspondía en la formación. Eran su gente. La mayoría llevaba más años a su lado que los que había pasado su propia hija en la casa familiar, y conocía a cada uno por su nombre, por su manera de caminar, por el modo en que sujetaban la lanza cuando estaban cansados. Sabía cuál de ellos se detenía un instante de más antes de responder a una orden, y cuál la ejecutaba antes de que terminara de pronunciarla. Sabía quién tenía hijos, quién había enterrado a su padre el año anterior, quién había pedido el traslado a los Muros huyendo de algo que nunca había querido contar. Los conocía como se conocen las propias manos: sin necesidad de mirarlas.
Y por eso mismo, cuando habló, lo hizo con el peso exacto de las palabras, sin adornos inútiles.
—Hasta ayer éramos una escolta —dijo—. Desde hoy somos una guardia. Hay una diferencia, y quiero que la conozcáis. Una escolta protege a quien lleva. Una guardia protege lo que se custodia, aunque no sepa qué es.
—¿Y qué custodiamos? —preguntó una voz joven desde el fondo.
—Una puerta.
—¿De quién?
Ilmarek tardó un instante.
—Eso es lo que juramos averiguar antes de morir.
Nadie rió. Isvera, de pie a su derecha, miró a su primo de reojo. Llevaba una venda limpia en la muñeca izquierda, donde se había rozado con la lanza durante una guardia, y el cabello recogido en una trenza tirante. No había dormido más que él. En sus ojos, más allá de la disciplina, se leía una pregunta que no formulaba en voz alta pero que Ilmarek conocía de sobra, porque era la misma que él mismo se había estado haciendo desde hacía semanas: ¿y si nos equivocamos? La diferencia entre ambos, pensó Ilmarek, no era la duda. Era que Isvera, a diferencia de él, había aprendido a convivir con la duda sin que le pesara como una losa.
—Tres turnos —continuó el comandante—. Seis horas cada uno. Siete hombres por turno en el cordón, dos en reserva. Os relevaréis cada dos horas, no más, porque lo que vamos a hacer cansa. —Alzó el puño en el que sostenía algo pequeño y oscuro—. Cordón de ceniza.
Un murmullo de reconocimiento recorrió la sala. El cordón de ceniza era una técnica antigua de los Draykor, una de las pocas que se enseñaban todavía en la Academia de los Muros. Se trazaba un círculo de polvo gris sobre el suelo, mezclado con raspaduras de gemas apagadas, y cada guardián de la dotación vinculaba una parte de su atención a ese círculo. Si algo lo cruzaba, todos los que lo sostenían lo notaban a la vez, como un tirón en la nuca. No se veía. No se oía. Pero no fallaba.
El precio era el agotamiento. Cada guardián entregaba una fracción de su descanso a la línea, y tras dos horas de vigilia continua, la cabeza se llenaba de una niebla espesa y las manos empezaban a temblar. Por eso se turnaban.
Ilmarek había aprendido aquella técnica de su abuela, siendo un niño, en el patio de la casa familiar. Su abuela la había aprendido de su padre, y su padre del suyo, y así hasta remontarse a una generación de Draykor que ya nadie recordaba con precisión pero cuyo nombre aparecía, en los archivos de Eltrix, asociado al juramento original de los Guardianes de los Muros. Nadie sabía exactamente cuándo había nacido el cordón de ceniza, ni por qué funcionaba, ni por qué solo los Draykor parecían capaces de sostenerlo con la estabilidad necesaria para que resultara útil. Era una de esas técnicas que se transmiten de generación en generación sin que nadie se pregunte ya por su origen, como se transmite el color de los ojos o la forma de las manos.
Ilmarek había utilizado el cordón de ceniza muchas veces a lo largo de su carrera: en la vigilancia de los pasos fronterizos, en la protección de caravanas contra bandidos, en la custodia de prisioneros peligrosos. Pero nunca lo había utilizado para vigilar una puerta que respiraba. Y nunca había sentido, al trazarlo, lo que sentía ahora: la sensación de que el suelo bajo el círculo era distinto del resto, como si la tierra misma, en aquel punto, estuviera más despierta que en cualquier otro lugar.
—Esta vez —añadió— no vigilamos que nada salga. Vigilamos que nada llegue. —Hizo una pausa—. Si me equivoco en lo uno o en lo otro, será un error mío. Pero no quiero que ninguno de vosotros tenga que decidirlo.
Salieron en fila, con el paso militar, y a las siete el primer cordón estaba trazado a treinta pasos de la rendija, un círculo imperfecto de polvo gris que ninguna mano de la ciudad se atrevió a pisar.
Kestoran lo aceptó sin discutir.
Se encontraron al pie de la muralla, con la puerta entreabierta a veinte pasos y la multitud arrodillada en silencio al otro lado del cordón. Los soldados del Reino Interior habían formado un segundo círculo, más amplio, a cincuenta pasos. Entre ambos se abría una franja ancha de suelo desnudo, donde las pisadas resonaban como en un patio de escuela.
—Vuestros guardianes en el interior —dijo Kestoran—. Los míos, fuera. Y los de Corwin Quzker, de la guardia de Draxcan, en la rampa de la grieta, controlando el acceso por el sur. Así nadie nos pisa el trabajo.