Paul Elmer llevaba la carta del rey cosida en el forro de la casaca desde Draxcan, y para cuando la sacó aún tenía el hilo enganchado en las uñas.
La encontró en el bolsillo interior justo cuando amanecía y la entregó sin ceremonia, en mitad de la sala de la Casa de la Memoria, delante de todos. Doren Aldrich había escrito el sobre con su letra menuda de archivero: Para la joven Rosmar. En mano. Y debajo, con otra tinta y otra caligrafía, más temblorosa, el rey había añadido una sola línea: A nadie más.
—Me lo repitió dos veces —dijo Paul—. Que no se lo diera a nadie más.
—Pues se lo has dado delante de quince personas —observó Lyssara.
—Se lo he dado a Talaida. Los otros estaban en la sala.
Talaida cogió el sobre con las dos manos. Se apartó hacia la ventana, de espaldas a los demás, y rompió el lacre. Leyó despacio. Los que la miraban vieron cómo se le iba quedando la cara sin color, de la frente hacia abajo, como una vela que se consume. Cuando terminó, dobló el papel en cuatro y se quedó con la vista fija en la calle, donde un soldado barría la ceniza de la noche. En la Casa de la Memoria, el silencio se hizo tan denso que se oía el roce del papel entre sus dedos.
—¿Qué dice? —preguntó Kael.
—Es para mí.
—Lo sé.
Talaida se volvió hacia él. Tenía los ojos húmedos y una mueca que quería ser sonrisa. Durante un largo instante pareció a punto de guardarse la carta en el pecho y decir que no podía repetir nada. Pero era hermana de Lyssara, y las Rosmar habían aprendido a decidir quién merecía saber qué sin pedir permiso a ningún rey.
—Dice que ha leído la última línea de un pergamino de su bisabuelo. Que la entendió demasiado tarde. —Hizo una pausa—. Y que tenía razón el bisabuelo cuando escribió que lo que hay al otro lado de la segunda puerta no nos esperaba a nosotros.
Nadie habló.
—¿La segunda puerta? —preguntó Kestoran, desde el fondo.
—Lo dice así. «La segunda puerta».
—Entonces el rey sabe que hay dos.
—Sabía que había dos —corrigió Talaida—. Desde mucho antes de que ninguno de nosotros pisara esta ciudad.
Kael tenía las manos apoyadas en el respaldo de una silla. Los nudillos se le habían puesto blancos. No dijo nada. Pensó en el hombre que lo miraba desde una ventana cuando pasaba por los corredores del castillo. Pensó en los años de silencio y en la manera en que Airoon, en su despacho, le preguntaba por los archivos sin mirarle del todo a los ojos. Lyssara se acercó a él sin hablar y le puso la mano en la espalda, entre los omóplatos, con la firmeza de quien sujeta una pared.
—Cuando volvamos —dijo Kael en voz baja—, quiero que me lo cuente él.
—Lo hará.
—Si no lo hace, se lo preguntaré yo.
—Entonces estaré a tu lado.
La acusación llegó antes del mediodía, y no la hizo quien se esperaba.
Fue Tolven Calyth, con su aire de secretario joven que ha hecho muchas cuentas y ninguna le ha salido bien. Se había quedado de pie junto a la mesa larga, con el cofre de cuero de las cartas de su tía abierto a un lado, y habló con una cortesía tan exacta que casi pasó inadvertido lo que decía. Tolven, que había pasado toda la noche revisando las notas de su tía Maerith y comparándolas con los informes que llegaban del cordón, tenía ojeras hasta los pómulos y una rigidez en los hombros que delataba la tensión de quien se dispone a decir algo que preferiría no tener que decir.
—Señor Oryndel. Tengo una pregunta que me ruboriza. Pero soy el único de esta mesa que no tiene motivos para ocultarla.
—Hacedla.
—Ayer, el prisionero trazó una cuarta línea en el signo. Una línea que, según la señora Rosmar, solo conocían tres personas. Vos, vuestra sobrina y ella. —Tolven tragó saliva—. No acuso a nadie. Pregunto cómo es posible.
Orvain no se movió. Tenía el cilindro de cobre sobre las rodillas y las dos manos encima, como quien sujeta algo que podría alzar el vuelo. Brannoch Zerkan, apoyado en el marco de la puerta, ladeó la cabeza con interés torvo. Isvera, junto a la ventana, cruzó los brazos. Serelith miró a Talaida, y Talaida miró a Orvain.
—No me ofende —dijo el archivista, y era verdad—. Yo habría preguntado lo mismo.
—Entonces ¿responderéis?
—Os lo diré todo. Pero antes quiero que veáis una cosa.
Se levantó y salió de la sala. Volvió a los diez minutos con dos soldados de Kestoran que cargaban un arcón de plomo atado con correas. Lo depositaron sobre la mesa larga con cuidado, entre jadeos. Orvain despidió a los soldados con un gesto, esperó a que la puerta se cerrara y se llevó la mano al cuello, donde colgaba la llave de bronce. Sus dedos, al buscar la cerradura, temblaban ligeramente, y por primera vez desde que Kael lo conocía, el archivista parecía un hombre que había tomado una decisión y temía las consecuencias.
—Lo traje en el segundo carro, bajo la lona. No lo mencioné a nadie. Ni siquiera a Caleus.
—¿Qué es? —preguntó Paul.
—Todo lo que mi familia ha guardado y no me atreví a mostrar. —Abrió la cerradura. La tapa se levantó con un gemido—. Había decidido enseñároslo cuando llegáramos aquí. Pero ayer, con lo de la línea, comprendí que si seguía esperando, alguien lo haría por mí.
Dentro, entre capas de lana engrasada, descansaban cuadernos, rollos de cuero, una caja de madera con tablillas sueltas y un paquete pequeño envuelto en un paño verdoso. Orvain no tocó nada. Se limitó a hacerse a un lado.
—Hay tres copias del cuadernillo de Hael —dijo—. Una la guarda mi sobrina. Una la llevó la señora Rosmar a la casa de huéspedes de Eltrix. Y una tercera la escondí yo mismo en un sitio que no revelaré. —Miró a Talaida—. ¿Llevabais la vuestra encima cuando salimos?
—No. —La maga se mordió el labio—. La dejé en mi baúl, en la habitación. Con las demás.
—Entonces cualquiera que entrara en esa habitación pudo leerla.
—Eran dos guardias de Eltrix en la puerta.
—Dos guardias, un criado, una limpiadora, un mensajero. —Orvain sonrió con tristeza—. Mi familia ha pasado ocho siglos creyendo que lo escondido está a salvo. Ayer comprendí que lo escondido es solo lo que aún no ha encontrado quien lo busca.