La segunda votación del Senado de Draxcan duró nueve minutos, y la decidió un hombre que no había dicho una sola palabra en tres días.
Silvano Llucket se levantó cuando le tocó el turno. Se alisó la túnica con las dos manos, miró un momento hacia el ala derecha, donde Maelt Rosmar lo observaba con los brazos cruzados, y dijo en voz baja, sin dramatismo:
—A favor.
Treinta y uno contra treinta. Nadie aplaudió. Nadie protestó. En el silencio que siguió, Fendric Reichmer cerró su carpeta con la parsimonia de quien ha ganado algo que esperaba perder, y Ysolde, sentada a su lado, no lo miró. En las galerías superiores, los escribas que habían seguido la votación con la respiración contenida comenzaron a moverse de nuevo, recogiendo sus plumas y sus tablillas con una prisa discreta, como si temieran que cualquier gesto demasiado brusco pudiera romper el equilibrio que acababa de establecerse. La sala de las Siete Columnas, con su bóveda de frescos desvaídos por el tiempo, presentaba aquella tarde un aspecto que los senadores más veteranos no recordaban haber visto jamás: las dos alas, separadas desde hacía días por un pasillo central que nadie se atrevía a cruzar, parecían haberse desplazado ligeramente hacia el centro, como si la propia arquitectura de la sala estuviera reconociendo que algo había cambiado.
La moción no era la de la primera vez. Se había limado durante tres días en pasillos y despachos, y el texto aprobado hablaba con cuidado de un «Destacamento de Observación del Senado» de ciento cincuenta hombres, bajo el mando del capitán Ferrik Naismar, encargado de «garantizar la neutralidad de la grieta» y de «verificar la retirada de toda fuerza armada extranjera de la ciudad subterránea». Esa última cláusula era la que importaba. Todos sabían a qué fuerza se refería. Y todos, incluidos los que habían votado a favor, comprendían que aquella fórmula cuidadosamente neutra encerraba una decisión que ninguna redacción podía disimular del todo: el Senado de Draxcan acababa de autorizar el envío de tropas a un territorio cuya soberanía nadie había definido.
Dorian Kaziu leyó la respuesta del rey de pie, en el estrado, con la voz más firme de la que se creía capaz. Llevaba la nota de su tío doblada en cuatro en el bolsillo interior de la casaca, y la había releído tantas veces durante la última hora que las palabras se habían desgastado en su memoria como se desgasta una moneda que pasa de mano en mano. Su tío le había escrito: "No vas a ganar esta votación. No lo intentes. Lo que debes hacer es conseguir que, cuando la pierdas, la derrota sea lo menos dañina posible." Dorian había pasado toda la mañana intentando comprender qué significaba exactamente aquello, y ahora, de pie ante el Senado, con las manos apoyadas en el atril de madera clara, creía haberlo entendido por fin.
—Su Majestad no vetará la resolución. —Hizo una pausa para dejar que el murmullo corriera. En la sala, el rumor se extendió como el agua sobre una superficie ligeramente inclinada: primero por las gradas más cercanas al estrado, luego por las alas, finalmente por las galerías superiores. Los senadores del ala izquierda, los que habían votado a favor del destacamento, intercambiaron miradas de satisfacción contenida; los del ala derecha, los que habían votado en contra, fruncieron el ceño con una desconfianza que no se molestaban en disimular—. Ya ejerció esa prerrogativa una vez este mes, y repetirla sería poner a la Corona por encima del Senado, algo que no desea. Pero añade una condición. El destacamento no cruzará la rampa sin la presencia del señor Paul Elmer, enviado de la Corona, ni abrirá fuego sin orden escrita de Su Majestad.
—Es una limitación —dijo Fendric.
—Es una precaución.
—Es una correa.
—Es lo que hay. —El príncipe dobló el papel. En su rostro, la tensión de las últimas horas había dejado paso a una serenidad que no era del todo natural, la de quien ha decidido que la única manera de sobrevivir a una conversación difícil es mantenerse dentro de los límites exactos de lo que se le ha autorizado a decir—. Y os recuerdo, senador, que una correa también sirve para que algo no se caiga.
Algunos senadores sonrieron. Corwin Quzker, que había subido desde la cámara para escuchar el resultado de pie al fondo de la sala, no. Tenía los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Había pedido, esa misma mañana, que si se enviaban refuerzos al Reino Interior fueran los suyos. Se lo habían negado con la cortesía de quien no tiene argumentos. Ferrik Naismar, a unos pasos, firmó el pliego de nombramiento sin mirarlo. Cuando pasó junto a Corwin, se detuvo. Los dos hombres, que llevaban meses compartiendo guardias y turnos de vigilancia, que se habían enfrentado a amenazas que ninguno de los dos habría sabido describir con precisión, se encontraron por primera vez en la incómoda posición de tener que hablar sin saber exactamente qué decirse.
—No pedí esto.
—Lo sé.
—Si me hubieran preguntado, habría propuesto otro plan.
—Ya no importa.
—Importa a mí. —Ferrik apretó los labios. En su rostro, la franqueza habitual había dejado paso a una expresión más compleja, en la que se mezclaban la disciplina del soldado y la inquietud del hombre que acaba de recibir un ascenso que no había buscado—. Llevo semanas pidiendo un puesto de responsabilidad. No pensé que me lo darían así.
Corwin no respondió. Se quedó mirándolo salir, con la capa gris de los oficiales de rango medio echada sobre un hombro, y pensó que aquel muchacho de rostro franco y barba rala era el hombre más peligroso que había visto en un año: uno que obedecía sin entusiasmo y que, cuando llegara el momento, no sabría con qué excusa dejar de hacerlo. Había conocido a muchos hombres así a lo largo de su carrera, soldados que cumplían las órdenes porque no concebían otra manera de vivir, y sabía, por experiencia, que eran los más difíciles de predecir cuando la orden que recibían entraba en conflicto con algo que no sabían nombrar. Ferrik Naismar, con su ascenso recién firmado y su conciencia intacta, era exactamente el tipo de hombre que podía cambiar el curso de una batalla sin proponérselo.