Kael despertó con sabor a sal en la lengua.
No fue un sueño. Se incorporó en el camastro de la Casa de la Memoria con la boca seca y notó el gusto limpio, mineral, de un agua que nunca había probado. Se pasó la lengua por los labios. Los tenía agrietados y salados, como si hubiera pasado la noche entera de cara al viento en una orilla. Lyssara dormía sentada a su lado, con la espalda contra la pared, pero cuando él se movió abrió los ojos sin sobresaltarse. Llevaba semanas durmiendo así, con un ojo abierto y la mano a un palmo de la empuñadura, y ya no distinguía entre el sueño ligero del soldado y el insomnio del vigía.
—¿Qué pasa?
—Huele a mar.
—No hay mar bajo Draxcan.
—Lo sé. —Se levantó. Las piernas lo sostuvieron. El cuarto latido, que desde la noche del templo golpeaba en pausas de tres, latía ahora con una serenidad desconocida, como si estuviera escuchando algo muy lejano con la paciencia de quien no espera respuesta—. Pero huele.
Ella no discutió. Se puso las botas, se ciñó la espada y lo siguió hasta la puerta de la sala. En el camino, Kael notó que la Casa de la Memoria, habitualmente silenciosa a aquella hora, estaba más despierta de lo normal. Se oían pasos en el piso superior, el murmullo de voces contenidas, el crujido de una ventana que alguien acababa de abrir. Alguien, en algún lugar del edificio, estaba llorando en voz baja, con la cadencia de quien no ha llorado en mucho tiempo y no recuerda cómo se hace.
En el vestíbulo, Vessa estaba de pie junto a la ventana abierta, con los ojos muy abiertos y las gafas torcidas sobre la nariz. Una brisa fría, húmeda, entraba por el marco y movía las tablillas de cera apiladas sobre la mesa. Traía un olor inconfundible: algas, piedra mojada, el aroma limpio y áspero de una costa batida por el oleaje. Era un olor que Kael conocía sin haberlo conocido nunca, un olor que su cuerpo reconocía con la misma certeza con que reconocía el latido de su propio corazón.
—Lleva una hora así —murmuró la anciana—. Me desperté porque tenía frío. Nunca he olido el mar. Mi abuela lo describía en las nanas. «El agua que no acaba.» Y de pronto sé que es esto.
—¿Cómo lo sabéis?
—Porque el cuerpo lo reconoce antes de entenderlo. —Se llevó las manos al pecho, donde su gema opaca colgaba del mismo cordón de siempre—. Igual que reconoce una voz en la habitación de al lado. Igual que reconoce el nombre de un hermano muerto en boca de un extraño.
En la calle, todas las puertas estaban abiertas. Los vecinos habían salido en camisón y con las mantas sobre los hombros, y se miraban entre sí con el mismo asombro. Una mujer lloraba sin hacer ruido, con la cara vuelta hacia el norte. Un niño pequeño, subido a los hombros de su padre, respiraba con la boca abierta, como quien bebe. A lo lejos se oían voces que repetían una sola palabra.
Mar. Mar. Mar.
Kael avanzó por las calles lentamente, con Lyssara y Vessa a los lados. El aire de la ciudad subterránea, que durante siglos había olido a piedra, a pan y a humo de lámpara, se había vuelto otro. Era más denso, más húmedo, más salado. Y junto a las paredes, en los canales de las tenerías, en las fuentes secas de las plazas, en los rincones donde solía acumularse el polvo, empezaba a formarse una película blanca y finísima, como sal. Una anciana estaba de rodillas junto a una grieta del suelo, pasando los dedos por aquel polvo y llevándoselos a la lengua. Kael se detuvo a mirarla. La mujer, al verlo, se incorporó con una lentitud digna y le dijo, con una serenidad que no encajaba con la situación:
—Es sal, señor. Sal de mar.
—¿Cómo lo sabéis?
—Lo he soñado toda la vida. —La mujer se encogió de hombros—. Y ahora ya no hay que soñarlo.
La puerta se había abierto un dedo más.
Eso fue lo primero que vio Kael al llegar a la explanada, con Lyssara a un lado y Talaida, a la carrera, detrás. No era una diferencia que se notara a simple vista. Las dos hojas inmensas seguían separadas por la misma rendija vertical, más ancha que un hombre con los brazos extendidos, y el borde negro de la piedra estaba exactamente donde estaba la noche anterior. Pero algo había cambiado dentro.
La oscuridad ya no era oscuridad.
Detrás de la rendija, a una distancia que el ojo no sabía medir, se extendía una franja de color. Un violeta pálido, casi gris, con la textura de un cielo a punto de anochecer. Debajo, una línea más oscura: un horizonte. Y bajo el horizonte, ocupando todo lo que alcanzaba a verse a través de la abertura, una extensión de agua negra, lisa como tinta, que se movía con una lentitud pesada, de oleaje largo, sin espuma.
Nadie hablaba.
Los tres cordones, el de ceniza de Ilmarek, el de lanzas de Kestoran y la línea de soldados de Draxcan que Ferrik Naismar había alineado al pie de la rampa por primera vez en su vida sin que nadie se lo ordenara, miraban la rendija en silencio absoluto. Hombres con corazas de tres reinos, hombro con hombro, con los yelmos bajo el brazo y los labios entreabiertos. Ferrik estaba al frente de los suyos, con la barba sin recortar y el rostro blanco. A su lado, Corwin Quzker, que había cruzado la grieta a medianoche sin permiso de nadie, observaba con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Los dos hombres habían pasado la noche a treinta pasos uno del otro, sin hablarse, cada uno al frente de su propia guardia. Pero aquella mañana, cuando la franja violeta apareció en la rendija, los dos habían dado el mismo paso al frente, simultáneo, sin mirarse, como si algo más antiguo que las órdenes los hubiera empujado hacia adelante por el mismo sitio.
—¿Lo ven todos? —preguntó Kael.
—Todos —respondió Ilmarek, sin volverse—. Desde hace dos horas. Primero fue una franja. Luego el color. Luego esto.
—¿Qué es?
—Lo único que nadie ha dicho en voz alta.
Isvera se había acercado a Kael por el lado opuesto, con el brazo todavía en cabestrillo. Tenía los ojos enrojecidos. Había pasado la noche entera en el cordón, con su turno y el de otros dos compañeros, porque dos de los guardias jóvenes habían caído enfermos al respirar el aire nuevo, y nadie sabía si era por la sal o por algo peor.