Talaida tardó dos días en diseñar el protocolo, y cuando lo presentó, nadie se atrevió a decir que no.
Lo extendió sobre la mesa larga de la Casa de la Memoria al amanecer del tercero, tres hojas de papel cubiertas de esquemas, cifras y flechas trazadas con una limpieza casi aterradora. Había dormido cuatro horas en total, repartidas en siestas de veinte minutos que había tomado sentada en el mismo taburete, con la cabeza apoyada contra el respaldo de la silla y el lápiz todavía entre los dedos. Tenía las uñas mordidas, la trenza deshecha y una calma extraña, la de quien ha tomado una decisión que le da miedo y ha decidido cumplirla bien. Sobre la mesa, junto a los esquemas, había dispuesto una pequeña regla de latón, un compás, un frasco de tinta y una plomada de plomo que había pedido prestada a los albañiles que reparaban las casas hundidas de las tenerías. Todo estaba alineado con una precisión que a Lyssara le recordó, sin razón aparente, a las mesas de trabajo de los ingenieros militares que había visto en su juventud, cuando acompañaba a su padre a inspeccionar las fortificaciones de la frontera.
—Quiero que quede claro lo que propongo —dijo—. No es una expedición ni una entrada. Es una mirada. Una sola. De tres respiraciones de la puerta, ni una más.
—¿Y para qué? —preguntó Gorvan desde el fondo.
Había acudido sin que lo llamaran, con el manto negro bien cruzado y los ojos hundidos. Llevaba dos noches sin dormir y tenía las manos apretadas contra los costados, como un hombre que se sujeta a sí mismo. Desde que la noticia del mar violeta había corrido por la ciudad, había estado yendo y viniendo entre su casa y la explanada, sin atreverse a acercarse al cordón pero sin poder alejarse del todo, como una criatura atraída por algo que teme. Su mujer seguía sentada ante la muralla negra desde la primera noche de la apertura. Sus hijos dormían en la plaza, envueltos en mantas que los vecinos les prestaban. No había vuelto a hablar con Kael desde la escena del muchacho de ojos dorados, pero tampoco había vuelto a firmar petición alguna contra él.
—Porque hay una lámpara —respondió Talaida—. Y porque alguien la encendió. Y porque el prisionero dijo «antes de que él te oyera», y no sabemos quién es «él». Si Kael va a ser oído de todos modos, preferimos saber a quién.
—Eso es una excusa.
—Es un motivo.
—Es lo mismo cuando uno está dispuesto a todo.
—No estamos dispuestos a todo —dijo Lyssara, y su voz sonó más dura de lo que pretendía—. Estamos dispuestos a esto. Con reglas.
Talaida las enumeró. Las tenía escritas, con una caligrafía menuda, en el margen de la primera hoja, y las leyó en voz alta sin mirar el papel, como quien recita una plegaria aprendida de memoria. A cuarenta pasos de la rendija, ni uno menos, que era la distancia en que el mar se veía con claridad suficiente y todavía no tiraba demasiado. El cordón de ceniza reforzado por los veinte guardianes de Ilmarek, con relevos cada cuarto de hora. La multitud retirada a doscientos pasos, con soldados de los tres reinos formando el perímetro. Serelith con sus instrumentos a diez pasos de Kael, anotando cada variación. Orvain con el cilindro de cobre, que había empezado a calentarse cada vez que la puerta respiraba, como un testigo. Y Lyssara, a su lado, con una mano en su esternón.
—Tres respiraciones —repitió—. Yo cuento en voz alta. Si digo basta, se acaba. Si Lyssara dice basta, se acaba. Si cualquiera de las siete manos dice basta, se acaba.
—¿Siete manos? —murmuró Kestoran—. Las del acta.
—Siete. Las mismas.
Hubo una votación breve. Cinco manos de Eltrix: Ilmarek sin vacilar, Tolven con un hilo de voz, Serelith con una sonrisa nerviosa, Brannoch tras una larga pausa, Orvain con los ojos cerrados. La de Halvorn, por el Reino Interior, lenta y serena. La de Paul, por Draxcan, la última, con los dedos temblándole. Siete manos en alto en mitad de una sala silenciosa.
Gorvan las miró una por una.
—Entonces que conste —dijo— que yo me opuse.
—Constará —respondió Paul.
—Y que si ocurre algo, no fue por falta de aviso.
—También.
Kael no había hablado. Se levantó despacio del banco donde llevaba una hora sentado y recorrió con la mirada a todos los presentes. En su rostro había una serenidad nueva que a Lyssara le dio más miedo que cualquier gesto de pánico. No era la calma del que ha aceptado su destino, ni la resignación del que se sabe condenado. Era algo más difícil de nombrar: la calma del que ha comprendido, por fin, qué se le está pidiendo, y ha decidido, sin aspavientos, responder a la petición.
—Gracias —dijo—. Por las reglas.
Lo hicieron al caer la tarde, con la luz gris de la ciudad subterránea cargada de niebla.
La explanada estaba vacía. Los soldados de Kestoran habían empujado a la multitud hasta las bocacalles de las tenerías, y allí se apretaban miles de personas en silencio, subidas a los muros, asomadas a las ventanas, aferradas unas a otras. Daven estaba entre ellas, a hombros de Maro, el tintorero, que había pasado de odiar a Kael a ser el primero en ofrecerse a vigilar el perímetro. Senna, a su lado, apretaba los labios. Mireth, la sacerdotisa de la túnica verde, rezaba en voz baja sin dios al que rezar. Vessa había subido a la azotea de la Casa de la Memoria con su tablilla de cera y una pluma, decidida a registrar cada detalle de lo que ocurriera, aunque no sabía si lo que iba a ocurrir podía registrarse con palabras. Darian estaba en el borde del cordón, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, observando la escena con una expresión que oscilaba entre la desconfianza y algo más difícil de nombrar. No había vuelto a hablar con Kael desde la tarde de la Hoja Primera, pero tampoco se había ido de la explanada.
En el centro, a cuarenta pasos de la rendija, un círculo de ceniza fresca brillaba con un gris limpio. Dentro del círculo había cuatro personas: Kael, Lyssara, Talaida y Serelith. Más atrás, en un segundo anillo, Ilmarek, Isvera y los guardianes grises, con los escudos al frente. Paul y Orvain, de pie junto al cordón. Kestoran con una mano en la empuñadura y la otra sobre el pecho. Ferrik Naismar había pedido estar presente, y Paul, tras consultarlo con Ilmarek, había accedido. El capitán de Draxcan estaba en el extremo del segundo anillo, con la mano sobre la empuñadura y la mirada fija en la rendija, y en su rostro, la franqueza habitual había dejado paso a una concentración sombría. Era la primera vez que veía el mar. Llevaba dos días sin poder dormir por las noches, con la imagen de las olas violetas repitiéndose en su mente cada vez que cerraba los ojos.