The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo XIV: El Nombre Que Fue Borrado

Enterraron a Orrel al amanecer del día siguiente, bajo una luz sin sol, en el único jardín que tenía la ciudad.

Era un jardín pequeño, junto al templo de la Ceniza, con tierra traída a cubos desde las grietas de la muralla sur y unos arbustos de hoja gris que nadie sabía cómo habían sobrevivido tantos siglos sin cielo. Habían cavado la fosa a mano, entre seis vecinos, y la habían forrado con paños de tintorero teñidos de azul. Sobre ellos descansaba el cuerpo, envuelto en lino blanco, con las manos cruzadas sobre el pecho y una silla de madera a un lado, la suya, la de las noches de nana, porque su hija había dicho que no soportaba verla vacía. La silla era de madera oscura, gastada en los brazos por años de uso, y en el asiento, alguien había dejado un ovillo de lana a medio tejer, como si Orrel hubiera de volver a terminarlo en cualquier momento.

Kael llegó solo, o eso creyó. Lyssara caminaba a su espalda, a tres pasos, con la mano en la empuñadura y la grieta de la gema oculta bajo el cuello del jubón. Talaida y Paul venían detrás. Nadie les había pedido que lo acompañaran. Nadie se lo había prohibido. Talaida llevaba el cuaderno cerrado bajo el brazo, sin abrirlo, porque había comprendido que aquel entierro no era un acontecimiento para registrar, sino para presenciar. Y Paul, que había pasado la noche entera escribiendo cartas a Draxcan sin lograr terminar ninguna, caminaba con las manos vacías y la mirada fija en la tierra removida.

La gente se apartó al verlo.

No lo hizo con hostilidad. Lo hizo como se aparta quien no sabe qué hacer con las manos. Había unas doscientas personas alrededor de la fosa, tintoreros, curtidores, mujeres con niños en brazos, soldados de Kestoran con el casco bajo el brazo. Cuando Kael cruzó el espacio abierto entre ellos, notó cómo las miradas subían a su rostro y se detenían en sus ojos. Notó el silencio, el murmullo, un jadeo ahogado. Alguien susurró «el anillo». Una mujer se llevó la mano a la boca. Un hombre mayor se santiguó con un gesto que no pertenecía a ninguna religión conocida. Y en aquel silencio, Kael sintió, con una claridad que le apretó el pecho, que la ciudad entera acababa de comprender algo que él mismo apenas empezaba a asumir: que la marca en sus ojos ya no era un secreto, y que en aquella marca, para bien o para mal, la ciudad había empezado a reconocer algo propio.

Gorvan estaba junto a la fosa, con el manto negro y las manos cruzadas. Lo vio llegar. No se movió.

—No tenías que venir —dijo, sin mirarlo.

—Quería.

—No te lo he pedido.

—Lo sé. —Kael se detuvo ante la tierra removida—. Por eso quería.

La hija de Orrel era una mujer de unos cuarenta años, de manos callosas y ojos hinchados, que sostenía a un niño de cinco contra la cadera. Se llamaba Neva. Dio un paso hacia él, y Kael sintió que Lyssara, a su espalda, se tensaba. No hizo falta. La mujer lo miró un largo instante con una expresión que no era de odio ni de perdón, sino de agotamiento absoluto. Tenía las manos manchadas de tierra, porque había ayudado a cavar la fosa, y en sus ojos, más allá del dolor, había una serenidad dura, la de quien ha decidido que el duelo no se negocia con nadie.

—Mi padre —dijo— cantaba una nana nueva. La inventó él, el otro día. La cantaba para los niños, para que no tuvieran miedo. —Se le quebró la voz—. Decía que la puerta no era de nadie, que la casa solo se cuidaba, y que lo que se cuidaba había que cuidarlo con cariño.

—Lo oí —dijo Kael.

—Quería que lo supierais.

—Gracias.

—No os lo agradezco. —Apretó al niño—. Os lo cuento. Es distinto.

Kael asintió. Dio un paso hacia el borde de la fosa. Los murmullos se apagaron. Durante unos segundos se oyó solo el roce de las capas y el llanto contenido de un bebé. Cuando habló, su voz sonó más baja de lo que esperaba, y todos los presentes tuvieron que inclinarse un poco para escucharla.

—No pude salvarlo. Quiero decirlo antes de que lo digáis vosotros. —Levantó la vista hacia Gorvan—. Elegí mirar. Elegí mal, o elegí bien con un precio que no medí. No lo sé. Pero el precio lo pagó él. Y lo pagarán otros si no aprendo a no pagarlo yo solo.

—Habláis como si fuerais responsable —murmuró alguien.

—Lo soy. No de la puerta. De haberme acercado.

Hubo un silencio largo. Fue Teb quien lo rompió. El muchacho de manos azules estaba en el borde del círculo, junto a su padre, con la mirada fija en los ojos de Kael. No había miedo en ellos, ni hilo dorado. Solo una curiosidad dura, casi adulta.

—Tenéis lo mismo que yo —dijo—. El anillo.

—Sí.

—A mí no me hizo nada. Solo me dolió hablar.

—A mí tampoco me ha hecho nada todavía.

—Entonces no es una maldición.

—No lo sé. —Kael sonrió, con una tristeza muy tranquila—. Pero prefiero pensar que es una marca de que seguimos aquí.

Teb lo miró un rato más. Después asintió, dio un paso adelante y dejó en el borde de la fosa algo pequeño: un ovillo de hilo azul, de los que su padre usaba para teñir. No dijo nada. Los demás fueron acercándose uno a uno, sin prisa, y cada cual depositó junto al cuerpo lo que tenía a mano: un trozo de pan, una tablilla de arcilla, una piedra pulida. Daven, con la nariz roja de llorar, dejó caer su último mendrugo.

Cuando cubrieron la fosa, alguien empezó a cantar. Era una voz de anciana, suave, quebrada. Cantaba la nana nueva, la de Orrel, y las demás voces la fueron acompañando poco a poco. Duerme, hijo, que la casa vela. Lo que vela fuera, que no entre. La melodía se elevó sobre el jardín, sobre las tumbas antiguas, sobre los arbustos de hoja gris, y en el aire inmóvil de la ciudad subterránea, el canto se mezcló con el olor a sal que llevaba días flotando en las calles. Kael, que no conocía la letra, la escuchó hasta el final con los ojos cerrados. Y cuando terminó, tuvo la sensación extraña de que aquella nana, compuesta por un anciano en las últimas semanas de su vida, contenía más sabiduría sobre lo que estaba ocurriendo que todos los tratados y todos los informes que había leído hasta entonces.




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