The Age of Legends: La Puerta del Origen

Capítulo XV: Más Allá De Daus

La respuesta del rey llegó a la Casa de la Memoria con el segundo relevo de guardia, doblada en cuatro y sin sello, y Talaida la leyó de pie, junto a la ventana, sin quitarse el abrigo.

Eran dos líneas. La primera, escrita con la letra firme de quien está acostumbrado a firmar órdenes: «Sí. Lo hemos jurado todos.» La segunda, con una pluma distinta o una mano distinta, más temblorosa, de las que se escriben en la última hora de una noche en vela: «Y no sé quién era.»

Dobló el papel. Lo sostuvo un momento contra el pecho. Después lo dejó sobre la mesa larga, entre la Hoja Primera y el cilindro de cobre, y se quedó mirando cómo la lámpara proyectaba sobre las paredes la sombra de los tres objetos juntos. En la trastienda, el aire olía a tinta y a cera, y el resplandor tenue de la lámpara hacía brillar el borde verdoso de la lámina de cobre como si el metal respirara.

—Lo han jurado en Draxcan —dijo.

—Y en Eltrix —respondió Orvain, desde el otro lado—. «No lo muestres hasta que la puerta pregunte por él.» Es nuestra versión. Los Gran Sabios tenían otra. Callar el séptimo pliego.

—Y aquí, «no se mira».

—Tres fórmulas.

—Un solo silencio. —Talaida pasó el dedo por el borde de la lámina de cobre—. Callar. Guardar. No mirar. Cada reino recibió una orden distinta, y lo único que obedecieron todos fue no pronunciar el mismo nombre. Y lo hicieron tan bien que ni siquiera saben que lo hacen.

Kael estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas dobladas. Había dormido poco. Bajo la luz de la lámpara el anillo dorado de sus pupilas parecía más nítido, un hilo de luz que se encendía y se apagaba con el movimiento de los párpados. Lyssara, a su lado, no había soltado su mano desde el entierro. La grieta de su gema seguía visible bajo el cuello del jubón, una línea fina que le cruzaba el cristal como una cicatriz.

—El Tallador —dijo él, probando el título—. El que hizo las puertas. El que llamaba a los suyos.

—Y a quien alguien le quitó el nombre de todos los lados donde podía quedar escrito —añadió Nyssa.

—Pero no el de los umbrales —murmuró Orvain—. El pilar roto tenía el hueco. Pero el hueco está. Lo borraron, y al borrarlo dejaron señalado el sitio.

—Es el único error que cometieron —dijo Talaida.

—O el único acierto.

Nadie lo discutió. Fuera, un guardián gris pasó junto a la ventana con la lanza al hombro y el paso medido, y el ritmo de sus botas sobre las losas se acompasó, durante un instante, con el aliento lento de la puerta. Kael lo escuchó sin darse cuenta, y notó que su cuarto latido se sincronizaba con el golpe de las botas antes de que su mente consciente registrara el sonido. Era un fenómeno que había empezado a notar en los últimos días: su cuerpo reaccionaba a los ritmos del entorno antes de que él los identificara, como si su sistema nervioso se hubiera vuelto más permeable al mundo.

—Tengo que escribir a Caleus —dijo Talaida—. Y a Maerith. Y a mi padre.

—¿A tu padre? —preguntó Orvain.

—Ha votado dos veces en el Senado en contra de lo que le dictaba su casa. Es el único hombre de Draxcan que ha jurado el silencio sin saber lo que juraba y ha decidido, a los sesenta años, dejar de obedecerlo. —Talaida dobló la carta del rey con cuidado—. Merece saber que su hija ha encontrado la razón.

El consejo del Reino Interior resolvió aquella tarde algo que nadie había hecho en siglos: preguntar.

Fue Mireth quien lo propuso. Se levantó de su banco con la túnica verde y las manos unidas, con esa calma que a algunos les parecía de santa y a otros de loca, y dijo que durante tres siglos la ciudad había obedecido una regla sin saber quién la dictó. «No se mira.» Que la regla la habían puesto los Siete, para proteger. Que había funcionado. Pero que ahora los Siete no estaban, y la regla ya no protegía: dividía. Había gente que se acercaba por la noche, gente que se arrodillaba, gente que gritaba, y todos lo hacían a escondidas, con vergüenza.

—Propongo lo contrario —dijo—. Que miremos juntos. Todos los que quieran. A la luz del día, delante de los demás, sin esconderse.

—Eso es abrir la puerta de par en par —protestó Darian.

—Es mirar. Nada más. Mirar no abre una puerta.

—Ha abierto esta.

—No. —Fue Kael quien habló, sin levantarse, desde el rincón—. La abre alguien que empuja. Yo empujaba sin saberlo. Si miramos todos y nadie empuja, quizá no pase nada.

—Quizá —repitió Gorvan, con desconfianza.

—O quizá se abra más.

—O quizá se cierre.

Halvorn los escuchó discutir durante una hora, con las manos cruzadas sobre el bastón, sin interrumpir. Cuando por fin habló, su voz fue tan suave que los más jóvenes tuvieron que callarse para oírla.

—He vivido setenta y nueve años en una ciudad sin cielo. Mi padre vivió ochenta y dos. Mi abuelo, noventa. Ninguno vio el mar. Ninguno lo temió, porque ninguno sabía que existía. —Alzó los ojos—. Yo sí lo temo. Pero prefiero morir con miedo de algo que he visto que con tranquilidad de algo que ignoré.

Votaron. Seis manos a favor. Ninguna en contra, salvo la de Darian, que se abstuvo con un gruñido, y la de Gorvan, que levantó la suya despacio y dijo, mirando a Kael:

—Que conste que acepto. Que conste también que no dejaré de vigilar.

—Que conste —respondió Kestoran.

Se fijaron las reglas con la minuciosidad de quien teme equivocarse. Nadie cruzaría el cordón a menos de sesenta pasos. Nadie hablaría. Nadie rezaría en voz alta. Los guardianes de Ilmarek renovarían la ceniza cada media hora. Los soldados de Ferrik Naismar, que habían pedido permiso por escrito para asistir sin armas, formarían en la tercera fila, y los de Kestoran, en la segunda. Kael se pondría donde quisiera, con una única condición: que no estuviera en primera fila.

—No quiero estar delante —dijo él—. Quiero estar con los demás.

—Es lo que dije —murmuró Halvorn.

Kestoran anotó cada regla en una tablilla de cera, que luego copiaría en pergamino para el archivo. Vessa, desde su asiento junto a la ventana, observaba la escena con una expresión que Talaida no supo interpretar del todo: era la mirada de quien presencia un acontecimiento que llevaba siglos esperando y no sabe si sentirse aliviada o aterrada. Cuando Kestoran terminó de escribir, la anciana archivista extendió la mano y pidió la tablilla. La leyó en silencio, moviendo los labios, y luego la devolvió sin comentario alguno.




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