Giro la cabeza al escuchar un grito que resuena a unos metros de donde estoy. Otra vez esa voz. Otra vez ese maldito nombre: Lu Han.
Vuelvo la vista hacia mi presa justo cuando abre la boca para responder al llamado. Rápido, le cubro la boca con la mano, sofocando el grito que estaba a punto de soltar. Sus ojos se abren de par en par, delatando el terror que tanto me gusta ver. En mi mente, ya estoy calculando. ¿Qué opciones tengo si lo mato ahora? ¿Puedo desaparecer sin dejar rastro?
Pero no. Esta vez, maldita sea, no puedo permitírmelo.
A regañadientes, opto por algo que nunca antes había hecho: dejar vivo a un testigo.
Le golpeo con fuerza en la cabeza con la culata del arma. Su cuerpo queda inerte. Inconsciente. Sin perder un segundo, corro hacia mi moto, la arranco de inmediato y acelero en dirección contraria justo cuando un haz de luz —una linterna— barre la escena. Otro segundo más y me habrían atrapado.
Llego a casa con el pulso desbocado y la mente ardiendo de rabia. Me quito el casco de un tirón y lo lanzo al suelo.
—¡Maldito jefe de policía! —grito, pateando una silla que se estrella contra la pared.
Nunca antes había fallado. Nunca había dejado a nadie con vida. ¡Nunca! Y todo por ese estúpido crío.
Podía habérmelo llevado, podía haberlo traído y acabar con todo de una buena vez ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué no lo monté conmigo? Por primera vez, he cometido un error.
Pero Lu Han no tiene escapatoria. Lo encontraré. Me enteraré de dónde se esconde y acabaré con él, como debí haber hecho esta noche.
El sonido de mi móvil interrumpe mis pensamientos, lo saco de la chaqueta empapada y atiendo la llamada.
— ¡SeHun! —la voz al otro lado ruge con tanta fuerza que aparto el móvil de mi oído.
— ¿Qué pasa? — pregunto poniendo el altavoz mientras me quito la ropa.
— Debes venir, rápido.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro. No de alivio, sino de satisfacción. De poder. Suelto una carcajada que retumba por toda la casa mientras cuelgo.
Esta vez no va a escapar.