Los besos de SeHun descienden desde mi frente, suaves, metódicos. Recorren mis mejillas, bordean mi mandíbula y finalmente se detienen en mis labios. Nos besamos largo rato, un beso lento, dulce, cargado de la urgencia silenciosa que siempre nos acompaña. Cada encuentro es un paréntesis entre distancias, y yo intento memorizar el sabor de su boca, aferrarme a él como si pudiera quedarme con una parte suya cuando se marche.
Sus manos se deslizan por mis caderas, sus labios viajan otra vez a mi cuello, dejando huellas. Siento sus dientes en mi clavícula, y mi cuerpo se arquea involuntariamente. Le encanta marcarme. Se deleita en explorar cada centímetro de mi piel, lo sé porque siempre me lo dice.
Nuestras camisetas acaban en el suelo. Se mueve con familiaridad, con precisión. Conoce mi cuerpo como si lo hubiera cartografiado. Sus dedos despiertan cada punto sensible, sus labios encienden todo a su paso. Yo me mantengo quieto, sin tocarlo. Conozco sus reglas. Le gusta tener el control, y yo he aprendido a cederlo. Levanto los brazos por encima de la cabeza cuando se levanta, va hacia mi armario y toma una de mis pocas corbatas.
En segundos, mis muñecas están atadas y mis pantalones, en el suelo. Mi respiración ya es irregular, y mi cuerpo anticipa lo que vendrá. Hace demasiado que no estamos juntos. Cada caricia suya prende algo en mí, y me pierdo en la sensación. Grito su nombre cuando sus dientes se hunden en mis muslos, cuando sus dedos se aferran a mi piel como garras. No hay dolor, solo una corriente de placer que he aprendido a abrazar. Al principio no era así. Antes dolía. Pero él me ha enseñado a redefinir los límites. Ahora lo disfruto. Ahora lo ansío.
Cuando estamos completamente desnudos, no hay advertencia, no hay pausa. Entra de golpe, una embestida brutal que me arranca un grito seco. Mi cuerpo se arquea, el dolor me rasga desde dentro. Esto no es lo habitual. Él siempre ha sido meticuloso, paciente. Esta vez no. Esta vez no hay preparación. Esta vez algo es distinto. Las lágrimas me nublan la vista mientras lo miro, intentando entender. Sonríe. Pero no es su sonrisa de siempre. Es más fría. Más extraña.
Cuando sus manos rodean mi cuello, el dolor ya ha menguado, pero apenas empiezo a disfrutar del ritmo cuando la presión comienza a aumentar. Trato de liberar mis muñecas, pero es inútil. El nudo es firme. La tensión crece. La asfixia empieza a envolverlo todo.
—SeHun... —susurro con dificultad, cuando el aire empieza a faltarme.
Entonces me mira. Y afloja. Sus manos bajan a mis piernas, guiándolas para rodear su cintura. Si no lo conociera, habría pensado que... que intentaba matarme.
Las embestidas se aceleran, y me arrastro al borde de la locura. Quiero tocarlo. Desesperadamente. Pero no puedo. Nunca me deja. No del todo.
—¡Más rápido! —grito cuando siento que me rompo en mil pedazos. Y él obedece. Los dos estamos al límite.
SeHun termina con un gruñido. Yo grito su nombre, lo ahogo en su hombro. Luego, como siempre, todo cae en su rutina perfecta. Me desata. Me besa los labios. Se viste.
Nunca se queda. Y aunque me duela, aunque anhele acurrucarme a su lado, hablar, compartir algo más allá del sexo, ya he aprendido que con él nunca será así.
Y me he resignado a aceptarlo.