The witness

Lu Han

Me escondí debajo de la cama de la primera habitación que encontré. Mientras subía las escaleras, hice lo posible por detener la sangre que manaba de mi brazo. Sabía que SeHun podía seguir el rastro, y aunque a veces peco de ingenuo, no soy tonto. Tenía que idear un plan, pero mi mente se negaba a funcionar. Estaba en blanco. Solo un pensamiento repetido golpeaba con fuerza en mi cabeza: voy a morir. Y sinceramente, no quiero morir. No ahora.

Contuve la respiración al oír sus pasos acercándose, lentos, pesados. No podía creerlo. Nunca imaginé que SeHun, mi SeHun, fuera quien mató a mi hermana. Y ahora quería matarme a mí, simplemente por ser testigo de aquel atropello. Todo lo que me había contado era mentira. Todo. Su trabajo, su vida, nuestra historia... una obra de teatro escrita para atraparme. ¿Trabajaba para el gobierno? Mentira. Era un psicópata. Un monstruo con una sonrisa encantadora. Y ahora estaba al otro lado de la cama, con un cuchillo en la mano, buscando el final de esta obra.

—Sé que estás por aquí, Lu Han —susurró con esa voz que ahora me repugnaba—. Puedo sentirte.

Sus pies se detuvieron frente a la cama. Lo sabía. Sabía que estaba aquí. SeHun nunca fue tonto.

El colchón se estremeció cuando el cuchillo lo atravesó justo al lado de mi cabeza. Ahogué un grito con el dorso de mi mano. Lágrimas calientes corrían por mis mejillas. El cuchillo volvió a perforar el colchón, esta vez clavándose en mi hombro. El dolor fue inmediato, como una llamarada que se expandió por mi cuerpo. Grité. No pude evitarlo. Tenía que salir de allí.

Olvidé el bate de béisbol que había visto en la esquina de la habitación. En ese momento, lo único que importaba era sobrevivir. Me arrastré por el suelo, me levanté con esfuerzo y corrí hacia la puerta. Pero antes de cruzar el umbral, sus manos me envolvieron con fuerza. Un chillido desgarrador salió de mi garganta.

No lo pensé. Eché la cabeza hacia atrás con toda la fuerza que pude, golpeando su rostro. Sentí su nariz crujir contra mi cráneo. En el forcejeo, logré arrebatarle el cuchillo y lo lancé escaleras abajo. Un acto instintivo. Irónico. Podría haberlo usado para defenderme, pero ya era tarde.

—Sabía que eras un luchador... pero no imaginé que tanto —murmuró en mi oído, su aliento caliente y repulsivo haciéndome estremecer.

—¿De verdad creías que matarme sería tan fácil?

Retorció mi brazo con violencia, arrancándome otro grito. No podía soltarme. Era mucho más fuerte, más grande, y estaba completamente desquiciado.

Volví a golpearle con la cabeza. Esta vez lo hice caer hacia atrás, llevándose las manos ensangrentadas a la cara.

Corrí. Bajé las escaleras como pude, cojeando, sangrando, mareado. Estaba a punto de alcanzar la puerta cuando sentí un empujón brutal en la espalda. Caí rodando por los escalones, rebotando como un muñeco hasta estrellarme en el suelo con un golpe seco. La oscuridad nubló mi vista. La sangre corría por mi rostro. Todo dolía. No podía moverme.

—Tu juego ha terminado, Lu Han —escuché su voz acercándose, grave, satisfecha.

No tenía fuerzas. El golpe en la cabeza me había dejado aturdido, la pierna me dolía como si se hubiera partido, y mis heridas seguían sangrando. Pero no iba a rendirme. No sería Lu Han si no luchaba por mi vida. No iba a ponérselo fácil.

Me levanté como pude. Su rostro se torció en una mueca de sorpresa. Cojeé hasta la puerta, pero estaba cerrada. Cerrada con llave. Su risa resonó por toda la casa.

Oí cajones abriéndose. Estaba buscando otra arma.

Corrí al salón y agarré una silla. La lancé contra el ventanal. El cristal resistió. Grité y volví a golpear. Esta vez se hizo añicos. Corrí hacia el jardín. La tormenta rugía sobre mí. La lluvia me empapaba, se mezclaba con mi sangre y mis lágrimas.

Un disparo. Agaché la cabeza. La bala silbó junto a mi oído.

—¡Estás muerto, Lu Han! —rugió él.

Otro disparo. Esta vez me rozó el costado. Grité de dolor, trastabillé, y caí. El agua me recibió con violencia. Caí en la piscina medio llena y el mundo se detuvo.

Todo se volvió lento. Silencioso.

La sangre, el agua, la lluvia, el frío. No podía moverme.

Había luchado. Había corrido. Lo había enfrentado. Y aun así, hoy Lu Han va a morir... a manos del hombre que una vez creyó amar.




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