Cuando era niño, solía molestar a los demás. Me divertía quitarles los juguetes, empujarlos en la arena del parque y verlos llorar. Me reía. Disfrutaba haciéndolo. Mis padres se angustiaban, se peleaban por mi comportamiento. A los nueve años, me llevaron a un psicólogo. Querían saber qué demonios pasaba conmigo, por qué me gustaba causar dolor. Cuatro sesiones bastaron para que llegara a una conclusión: Oh SeHun tenía TSP* y, si no se intervenía, el siguiente paso sería la psicopatía.
Seguí yendo durante años, escuchando cómo aquella mujer intentaba reprogramarme. Decía muchas cosas. Cosas bonitas, racionales, lógicas. Pero no me afectaban. Entraban por un oído y salían por el otro. A los catorce, dejé de verla. No porque hubiera mejorado, sino porque mis padres murieron. Un escape de gas. Qué conveniente que esa noche yo durmiera en casa de un amigo.
Fue la primera vez que me sentí vivo. Lleno. Satisfecho.
Herencia asegurada a los dieciocho. Hasta entonces, orfanato. Tenía familia, claro, pero no quise saber nada de ellos. Ni ellos de mí.
En el orfanato descubrí más sobre mí mismo. Me gustaba dominar en el sexo. Me excitaba ver a otros retorcerse, no solo por placer, sino también por dolor. Me gustaba oírles rogar. Descubrí que no era normal, pero tampoco me importaba. Aprendí a actuar como la gente quería que actuara. A los dieciocho, maté por primera vez. Y fue glorioso. A esa primera víctima le siguieron muchas otras. Cuanto más sufrían, más vivo me sentía.
Me convertí en un camaleón. Podía ser varias personas a la vez. Me inventé vidas enteras. Amantes. Rutinas falsas. Al mismo tiempo podía tener cinco parejas, cada una con un propósito distinto. Una me daba ternura, otra admiración, otra obediencia... Pero todas terminaban igual: con sangre.
Me volví el asesino más buscado. Pero nadie sabía cómo era. Nadie podía dibujarme. Cada crimen era diferente. No dejaba patrón, ni firmas, ni testigos. Para mí, matar no era solo un acto físico. Era arte. Era control. Era éxtasis.
Y entonces conocí a Lu Han.
Estaba solo en la barra de un bar. Yo también. Su rostro tenía algo... frágil, desafiante, perfecto. Supe al instante que iba a divertirme. Me costó un poco atraparlo, pero valía la pena. Todos los que valen la pena caen tarde o temprano. Solo hacen falta las palabras adecuadas. Algunos regalos. Una sonrisa.
La muerte de su hermana fue un accidente. Lo juro. Ni siquiera la vi. Solo sentí el golpe y, cuando bajé la vista, su cuerpo ya estaba en el suelo. No podía permitir que algo así arruinara mi historial, así que me fui. Nadie había visto nada. O eso creía. Hasta que Lu Han apareció. Diciendo que lo había visto todo.
El muy idiota.
Quería justicia. Quería enfrentarse a un monstruo. No entendía que los monstruos no dejan testigos. Que los monstruos siempre ganan. Él solo era un juguete más. Me daba buen sexo, sí. Pero no servía para nada más. No iba a permitir que me destruyera por un accidente.
Por eso, con la lluvia empapándome, el arma en mi mano y su cuerpo magullado frente a mí, me preparé para terminar esta farsa.
Él me miró. Tenía los labios partidos, la sangre mezclada con la lluvia, los ojos más claros que nunca.
—¿Este es mi final? —susurró, apenas audible.
—Sí, lo es —respondí.
Y apreté el gatillo.
El disparo retumbó, sordo, entre el rugido de la tormenta.
TSP: trastorno sádico de la personalidad que no está recogido en el DSM-IV, pero que tiene innegables conexiones con la psicopatía, por una parte, y con el asesinato en serie, por la otra. La persona con trastorno sádico de la personalidad mantiene relaciones crueles, humillantes y agresivas con otras personas. Por definición, TSP se manifiesta en la infancia, es de larga duración y se expresa en todas las intenciones de la persona: colegio, trabajo, relaciones sociales y vida familiar.