El soplido del viento, sacude las hojas y la hierba de los alrededores.
Al amanecer, iluminando el rostro encubierto sobre vendas, de un joven vestido de campesino. El cual andaba recostado, en uno de los arboles de este inmenso bosque.
Un vendaje húmedo por sus ojos llorosos. Suspirando una y otra vez, tan rápido como si estuviera recuperándose de un gran susto.
—Paso... otra vez.
Esta existencia desconocida, repetidas veces se ha presentado ante el. Haciéndole sufrir cada vez que lo lleva a sus dominios.
"Siempre espero, la próxima sea la última."
Pese a haber vuelto al mundo real, puede sentir el dolor. Tan intenso de tal forma que parece estar todavía entre las llamas. Podría simplemente gritar, sin embargo para algo tan común del ser humano no tiene tales fuerzas.
Su oído logró captar algo. Aunque no lo sabía con tal exactitud, sólo podía oír como se acercaba.
"Vaya suerte la mía"
Después de todo pudo identificar a la criatura. Es un jabalí, pataleaba el suelo y gruñia, decidido a embestir a este sujeto.
—Buenos días, señor jabalí ¿Tan impaciente estas de matarme?
Murmuró en broma.
El lo comprende. Es imposible que el animal entienda una palabra dicha por el. Le habla sin una razón concreta.
Sus patas haciendo un ruido constante, le dice que el jabalí ha comenzado su ataque. Colmillos afilados, venían directo a clavarse sobre su cuerpo.
"MUEVETE"
Lo intentaba varias veces y no... no pudo moverse.
Casi al momento del impacto, se escucha una voz en el bosque. Imponente y cansada, idéntica a la de un rey anciano.
—RESURGE.
El viento se unió, formando una espada de un filo considerable. Con ella cortó la figura del jabalí desde la distancia. Ni siquiera tuvo tiempo de asimilarlo, antes de darse cuenta ya había abandonado este mundo.
Un mago de larga vida, barba abundante, traje hecho en cuero de color violeta. Y por último un sombrero de punta fina, fue acercándose.
—¡¿OYE KUREO, no te dije que tuvieras cuidado?!
Sí, el nombre de este chiquillo de 10 años de edad es Kureo.
Su abuelo aquí presente fue quien se lo concedió. El prestigioso hechicero de nombre Yatolas Artonium, conocido por sus hazañas en los campos de batalla.
—¡Si te hubieras hecho daño, ahora mismo estaría en problemas!
Kureo arrepentido, gira su cabeza a otro lado. Al fin y al cabo tuvo el atrevimiento de ir al bosque sin el consentimiento de su abuelo.
—Perdón.
Yatolas da un suspiro y levanta a su nieto en sus espaldas.
El anciano seguía caminando, buscando más palabras para decir en este momento. Conoce a su nieto así que de una forma o otra ya sabía lo que le había pasado.
—Eso... ¿Volvió a pasar?
Preguntó más tranquilo.
Yatolas sabía algo sobre ello, pero no tiene intenciones de contárselo. Como reflexiono en su mente:
"Todavía es muy pronto"
—Si.
Kureo no se ha percatado de ello, nada más escucha el bosque. Las hojuelas del otoño caer, el aire fresco llegando a su cara, todo esto le hacía sentir un poco mejor.
El abuelo se dio cuenta de esto, y sonrió felizmente unido a su nieto.
"Bueno no importa... mientras podamos seguir así"
En la colina, fuera del bosque yace los aposentos del mago. Hecha de piedra y madera, una casa humilde como la de cualquier aldeano aunque algo maltratada.
Y cerca de ella están las pisadas de estos invitados indeseados. Portando sus armaduras de hierro pulido, brillantes ante la luz del sol.
—¿Es aquí? No parece ser la morada de una leyenda.
—Si, es aquí capitán, aunque... su casa no es como la imaginé.
Desenvaino su espada apuntando a los cielos. Dio un giro hasta estar frente a frente a su ejército de diez mil soldados.
—Bueno eso no es lo que importa ahora caballeros.
El hombre miró a todos los demás soldados. Estos firmes y tiesos parece que esperando alguna orden de su capitán.
—Se dice que el dueño de esta casa, alberga conocimientos de la magia, que ni siquiera nuestro rey conoce.
—El rey de la magia, alguien que ha vivido durante 400 años. También a tenido la amabilidad de ayudarnos en múltiples de nuestras acometidas.
Si, un mago prodigioso que ha llegado a saber los secretos sobre la inmortalidad. Conquista todos los elementos existentes de la magia.
Ellos quieren todo, ansían su poder.
¿A quien no le gusta ser superior a los demás?
A todos ¿verdad? Es normal en el ser humano. Ser cegado por el poder que tienes en delante.
Mientras tanto Kureo y el anciano oían desde la distancia. Las palabras del capitán al mando, al cual Yatolas contemplaba con desdén.
El enojo de Yatolas estaba justificado. A nadie le gustaría ver sucios ladrones como estos.
Yatolas lo sabía desde un principio.
Vienen a buscar "eso".
A la par de su espada desenvainada paseó entre las filas de soldados.
—Pero... díganme algo.
Abrió los brazos junto a una sonrisa malévola que ocupaba todo su rostro. Cortó por accidente a uno de sus soldados. Y su cabeza acabó rodando por todo el césped.
Los demás se quedaron inmóviles, no fue por miedo. Claro que no, en realidad esto no era algo nuevo para ellos. En vez de alarmarse seguían teniendo en sus ojos la cara del capitán.
—¡¿ACASO NUESTRO REY NO MERECE ESE CONOCIMIENTO?!
Respondieron todos levantando sus espadas, todas apuntando al cielo. Y de igual modo le correspondieron:
—¡SI, TODO POR NUESTRO REY!
El ejército ovasionó al capitán, la mayoría estaba de acuerdo en su decisión.
El joven presenció esa escena, lleno de lagrimas. Después de todo lo que pasó, es comprensible.
Presenciar la muerte de mucha gente, su cuerpo siendo torturado, escuchar gritos de súplica, lamentos y otras voces desagradables.
Esto y mucho más, aunque esa fuera una muerte rapida su mente y cuerpo todavía lo recuerda.