Todas mis vidas contigo

CAPÍTULO 5. Agua oscura

Busqué a Lucía Ferrer hasta las tres de la madrugada.

No encontré una mujer.

Encontré tres.

La primera había muerto en 1998.

La segunda vivía en Valencia y tenía setenta y cuatro años.

La tercera apareció en una esquela digitalizada de octubre de 2003.

Abrí el enlace.

El corazón empezó a latirme demasiado deprisa antes de que terminara de cargar.

LUCÍA FERRER VALDÉS
1973–2003

Treinta años.

Debajo había una fotografía.

No la de la boda.

Otra.

Lucía sonreía frente a una librería.

Cabello más corto. Jersey claro. Una mano levantada para protegerse del sol.

Era yo.

No exactamente.

Pero lo suficiente para que cualquier explicación razonable empezara a deshacerse.

Leí la esquela.

Había muerto el 23 de octubre.

No decía cómo.

Busqué noticias.

Nada.

Probé con el nombre completo.

Entonces apareció una nota breve en la hemeroteca de un periódico local.

MUERE UNA MUJER TRAS DESPLOMARSE DURANTE UNA CELEBRACIÓN PRIVADA

Abrí.

La noticia tenía apenas seis párrafos.

Lucía Ferrer, treinta años, había fallecido la noche del 23 de octubre de 2003 en una finca alquilada para una celebración nupcial.

No había boda oficial.

No había ceremonia registrada.

Había sido una celebración privada.

La causa preliminar de muerte figuraba como parada cardiorrespiratoria.

Ningún indicio de violencia.

Ninguna investigación criminal.

Nada sobre Adrián.

Nada sobre sangre.

Nada sobre vestido blanco.

Nada sobre asesinato.

El mensaje decía:

No murió como él te contó.

Pero Adrián no me había contado cómo murió.

Solo había dicho: el día de su boda.

Volví al mensaje.

Número desconocido.

Escribí:

¿Quién eres?

No hubo respuesta.

¿Cómo murió Lucía?

Nada.

¿Cómo tienes mi número?

Silencio.

Llamé.

La llamada se cortó inmediatamente.

Lo intenté otra vez.

Número inexistente.

Me quedé mirando la pantalla.

Entonces escuché agua.

No lluvia.

Agua corriendo.

Venía del baño.

Me levanté.

La puerta estaba abierta.

La luz apagada.

El sonido continuó.

Entré.

El grifo estaba cerrado.

La ducha también.

Pero el suelo estaba mojado.

Una línea de agua avanzaba desde la bañera hacia mis pies.

Retrocedí.

—No.

La palabra me salió sin fuerza.

El agua seguía extendiéndose.

Negra.

No sucia.

Negra como el lago.

Y entonces vi algo bajo la superficie.

Una mano.

Golpeé el interruptor.

La luz se encendió.

El suelo estaba seco.

Me quedé inmóvil.

La bañera vacía.

Nada.

Respiré.

Una vez.

Dos.

Tres.

El teléfono vibró en mi mano.

Un nuevo mensaje.

No confíes en sus recuerdos. Él también recuerda mal.

Esta vez respondí sin pensar.

¿Quién eres?

Los puntos aparecieron.

Una respuesta.

La única persona que estuvo allí cuando Lucía murió.

Mi garganta se cerró.

¿Adrián no estaba?

La respuesta tardó.

Llegó tarde. Como siempre.

Sentí frío.

La misma frase.

Esta vez llegaré antes.

Escribí:

Quiero verte.

No contestó.

Esperé.

Nada.

Entonces llegó otro mensaje.

Mañana. 11:00. Archivo. Sala de retratos.

Leí tres veces.

El archivo.

Mi trabajo.

Aquella persona sabía dónde estaría.

Escribí:

¿Cómo entrarás?

La respuesta me dejó helada.

Ya estoy dentro.

Dormí dos horas.

A las ocho llamé a Irene.

No le conté todo.

Le conté suficiente.

Un hombre que me conocía demasiado.

Una fotografía antigua.

Una mujer muerta parecida a mí.

Mensajes anónimos.

Irene permaneció en silencio durante tanto tiempo que pensé que se había cortado la llamada.

—Di algo.

—Estoy eligiendo entre “vete a la policía” y “voy a tu casa con una sartén”.

—Muy útil.

—Elisa, esto ha dejado de ser raro.

—Ya.

—Esto es peligroso.

—Ya.

—¿Y vas a ir al archivo?

—Sí.

—Claro que vas a ir.

—Trabajo allí.

—Eso no es lo que te preocupa.

No contesté.

—Voy contigo.

—No.

—No era una pregunta.

—La persona quiere verme sola.

—Y los secuestradores también.

—No sabemos si es una persona.

Silencio.

—Vale —dijo Irene finalmente—. Esa frase no me ha tranquilizado.

—A mí tampoco.

—Voy.

—Quédate cerca, no dentro.

—No.

—Por favor.

Otra pausa.

—Cinco minutos.

—¿Qué?

—Te doy cinco minutos sola. Después entro.

—Diez.

—Seis.

—Ocho.

—Siete.

—Hecho.

—Odio que negociemos esto como si fuera normal.

—Yo también.

Colgué.

Pensé en llamar a Adrián.

No lo hice.

Precisamente porque el mensaje decía que no confiara en sus recuerdos.

Y porque, si aquello era verdad, necesitaba descubrir algo sin que él estuviera presente.

Por primera vez.

Sin salvador.

Sin guía.

Sin alguien decidiendo qué debía saber.

A las diez y cincuenta y ocho estaba frente a la sala de retratos.

Irene esperaba dos pasillos más allá.

La puerta permanecía cerrada.

No había nadie dentro.

Abrí.

La sala era larga y estrecha.

Retratos restaurados en las paredes.

Familias.

Niños.

Matrimonios.

Ancianos.

Rostros muertos mirándome desde marcos oscuros.




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