Derek
Nunca pensé que la felicidad pudiera sentirse tan físicamente real.
Desde que Susan y yo empezamos esto, todo parecía distinto. Caminaba por los pasillos de la universidad con una sonrisa que no podía quitarme ni queriendo, sonreía solo de pensar en ella mientras estaba en clase, y hasta mis compañeros de proyecto ya bromeaban diciendo que parecía "drogado de felicidad".
No estaban muy lejos de la realidad.
Cada mañana que despertaba a su lado, cada vez que la veía dormida con el cabello desordenado sobre la almohada, sentía que tenía exactamente todo lo que necesitaba en la vida. Susan se había convertido en mi lugar seguro, en la persona con la que quería compartir cada detalle, cada logro, cada mal día y por eso ya había tomado una decisión.
Quería pasar el resto de mi vida con ella.
Sabía que todavía nos faltaba terminar la carrera, que probablemente tendríamos que esperar un par de años más antes de pensar en una boda, en una casa propia, en hijos. Pero eso no significaba que tuviera que esperar para pedirle que fuera mi esposa.
El anillo ya estaba encargado.
Había ahorrado durante meses sin que ella se diera cuenta, había hablado con un joyero que un amigo me recomendó y había elegido cada detalle pensando específicamente en ella: sencillo, elegante, nada exagerado. Exactamente como Susan.
Solo estaba esperando el momento correcto. Quería que terminara el semestre, quería tener la cabeza despejada de exámenes y proyectos para poder dedicarle toda mi atención al momento en el que le pidiera que se casara conmigo.
Pero la ansiedad de esperar ya me estaba matando.
Una tarde me cancelaron las últimas dos clases sin previo aviso, así que aproveché para pasar por el departamento a buscar unos apuntes que había olvidado. Susan tenía clase hasta tarde ese día, así que el lugar estaba vacío y en silencio cuando entré. Fui directo a la habitación buscando mis cosas, y fue entonces cuando lo vi.
Su computadora, sobre el escritorio, completamente abierta.
No fue mi intención mirar. Al principio ni siquiera le presté atención, ocupado buscando mis apuntes entre las gavetas, pero cuando terminé, mis ojos volvieron a la pantalla casi por instinto que se había iluminado en ese momento.
Reconocí el documento que tenía abierto.
Uno de sus escritos.
Me quedé parado ahí un momento, debatiéndome internamente. Sabía perfectamente que Susan era extremadamente reservada con lo que escribía. Nunca me había mostrado nada completo, solo pequeños fragmentos aquí y allá, siempre con esa expresión nerviosa de quien todavía no se siente lista para que alguien más lo lea.
Le había prometido que jamás leería nada sin su permiso y no pensaba romper esa promesa.
Me alejé del escritorio, decidido a dejarlo así, pero la idea ya se había instalado en mi cabeza y no me dejaba tranquilo.
Conocía a Susan. La conocía mejor que nadie.
Sabía que jamás, en ningún escenario posible, se atrevería a enviar alguno de sus escritos a una editorial por su propia cuenta. El miedo al rechazo la paralizaba completamente, y prefería guardar todo ese talento escondido en su computadora antes que arriesgarse a que alguien más lo juzgara.
Y eso, para mí, era una lástima enorme.
Porque lo que había leído de ella —lo poco que me había dejado ver— era realmente bueno. Tenía algo especial en su forma de escribir, algo que merecía ser leído por más personas, no solo guardado en un archivo que nadie más vería jamás.
Fue entonces cuando recordé algo.
Mi padre tenía un amigo cercano que tenía una editorial pequeña, pero con buena reputación. Lo había conocido un par de veces en reuniones familiares, y sabía que trabajaba revisando manuscritos nuevos constantemente.
La idea empezó a formarse en mi cabeza antes de que pudiera detenerla del todo.
No iba a leer nada. Eso era importante para mí. Le había prometido no hacerlo, y no pensaba romper esa promesa, sin importar cuánto me tentara la curiosidad.
Pero enviarlo… enviarlo era diferente.
Yo no leería una sola palabra. Simplemente sería un puente entre su trabajo y alguien capacitado para evaluarlo. Nada más.
Marqué el número antes de terminar de convencerme completamente a mí mismo.
—Hola, soy Derek, el hijo de… sí, exacto. Quería pedirle un favor.
Le expliqué brevemente la situación: un manuscrito, una autora talentosa pero insegura, la posibilidad de enviarlo para su evaluación.
—Le voy a enviar un archivo a su correo —le dije—. Si le gusta, por favor responda directamente a la autora, ella es quien maneja este correo. Pero si no es de su agrado, le pido que no responda nada.
—¿Nada?
—Nada en absoluto. Prefiero que no se lleve una decepción innecesaria si no es lo que buscan.
El hombre aceptó sin hacer muchas más preguntas, acostumbrado quizás a este tipo de favores entre conocidos.
Colgué la llamada y me quedé mirando la pantalla de la computadora un momento más.
Sabía que si Susan se enteraba de esto, se enojaría. Se enojaría muchísimo, de hecho. Odiaba que alguien tomara decisiones por ella, y con toda razón, esto era exactamente eso.
Pero también sabía algo más.
Sabía que, si el manuscrito llamaba la atención, si alguien realmente veía en sus palabras lo mismo que yo veía cada vez que la escuchaba hablar de sus historias con los ojos brillantes, la felicidad que sentiría sería mucho más grande que el enojo inicial.
Terminaría perdonándome. Estaba seguro de eso.
Además, técnicamente no estaba rompiendo mi promesa. Yo no iba a leer absolutamente nada. Sería otra persona quien lo hiciera, alguien completamente ajeno a nosotros, un profesional capaz de ver el verdadero valor de lo que Susan había creado.