Susan
Las clases habían vuelto a comenzar, pero nada se sentía exactamente igual que antes.
Ahora, además de los cuadernos y los horarios apretados, había una rutina distinta que se había instalado entre nosotros sin que lo planeáramos. Dormíamos juntos casi todas las noches, compartíamos la ducha en las mañanas apuradas antes de clases, y Derek se había convertido en mi chofer, mi acompañante y, la mayoría de las veces, mi razón para sonreír incluso en los días más pesados de exámenes.
—¿A qué hora sales hoy? —me preguntaba casi todas las mañanas, mientras desayunábamos rápido antes de salir.
—A las cuatro.
—Ahí estaré.
Y siempre estaba.
Me esperaba afuera de cada clase, cargaba mis libros sin que se lo pidiera y aprovechaba cualquier descanso para robarme un beso rápido entre pasillos llenos de estudiantes. Nuestros amigos ya ni siquiera comentaban nada al respecto; se habían acostumbrado a vernos prácticamente pegados todo el tiempo.
Pero a mitad de semestre, la carga de la carrera de Derek empezó a pesar más de lo normal.
—Tengo un proyecto grupal que se está complicando —me dijo una tarde, con el ceño fruncido revisando sus apuntes—. Puede que hoy no logre recogerte a tiempo.
—No te preocupes, puedo esperar.
—¿Segura?
—Segura. Ve a resolver tus cosas.
Le di un beso rápido antes de despedirnos, sin darle mayor importancia. No era la primera vez que su carga académica lo obligaba a llegar tarde, y tampoco sería la última.
Salí de mi última clase un poco antes de lo esperado y me senté en una de las bancas cerca de la entrada, revisando mi teléfono mientras esperaba noticias de Derek.
—Vaya, hace tiempo que no te veía sola.
Levanté la mirada y encontré a Aaron acercándose con las manos en los bolsillos y esa sonrisa relajada que siempre lo caracterizaba.
—Hola, Aaron.
—¿Cómo has estado?
—Bien, ocupada con la universidad. ¿Y tú?
—Sobreviviendo los parciales —bromeó, sentándose en la banca de al lado, manteniendo una distancia prudente—. Oye, ¿tienes tiempo? Iba a la cafetería, podríamos ponernos al día.
—Ay, gracias, pero no puedo. Estoy esperando a Derek.
—Ah, claro.
Aaron asintió, sin insistir.
—No hay problema, de verdad. Solo quería saludar, ver cómo estabas. No tiene nada de malo hablar con un amigo, ¿no?
Sonreí, un poco aliviada de que no le diera más vueltas al asunto.
—Claro que no. Gracias por preguntar.
—Solo quería asegurarme de que todo estuviera bien contigo —agregó, encogiéndose de hombros—. Eso es todo.
Estaba a punto de responder cuando escuché pasos apresurados acercándose. Al girarme, encontré a Derek caminando hacia nosotros con una expresión que no reconocí de inmediato.
Furia.
—Derek…
No me dejó terminar la palabra.
Se acercó directamente hacia Aaron y lo empujó con tanta fuerza que el chico perdió el equilibrio y cayó al suelo.
—¡Derek! —grité, sintiendo el corazón detenérseme por un segundo—. ¿Qué te pasa?
No respondió. Su mirada seguía fija en Aaron, que se incorporaba desde el suelo con una expresión entre confundida y molesta.
Me metí entre los dos, poniendo las manos sobre su pecho para detenerlo.
—¿Por qué actúas así?
Derek me ignoró por completo, con la vista clavada en Aaron, dando un paso hacia adelante como si quisiera terminar lo que había empezado. Intenté sostenerlo, empujándolo levemente hacia atrás para alejarlo, pero en su intento de avanzar de nuevo hacia el chico, su brazo chocó contra mí con más fuerza de la que cualquiera de los dos esperaba.
Perdí el equilibrio.
Caí al suelo con un golpe seco que me sacó el aire por un instante.
El silencio que siguió fue inmediato.
—Susan…
La voz de Derek sonó completamente distinta. Se quedó paralizado, mirándome en el suelo con una expresión de shock total, como si de pronto hubiera comprendido exactamente lo que acababa de hacer.
No alcanzó a moverse hacia mí.
Aaron se levantó de golpe y lo empujó con fuerza.
—¡Estás loco! —le gritó, todavía sacudiéndose el polvo de la ropa—. ¿Qué te pasa?
Derek reaccionó, con la furia regresando a sus ojos, y ambos parecían a punto de lanzarse el uno contra el otro otra vez.
—¡Basta! —Me levanté como pude y volví a interponerme entre los dos, con las manos extendidas hacia ambos lados—. ¡Ya basta, los dos!
—Susan, apártate —dijo Derek, con la mandíbula tensa.
—No.
Miré a Aaron, todavía con el corazón acelerado.
—Aaron, por favor, vete.
—Pero…
—Por favor.
Aaron me miró un momento, luego a Derek, y finalmente negó con la cabeza, recogiendo su mochila del suelo.
—Esto no se queda así —masculló, aunque terminó alejándose, no sin antes lanzarle una última mirada furiosa a Derek.
En cuanto nos quedamos solos, me giré hacia él, todavía temblando por la adrenalina.
Derek dio un paso hacia mí, con las manos extendidas.
—Susan, yo no quería…
—¿Que no querías qué? ¿Empujarme? Porque eso fue exactamente lo que pasó.
—Fue un accidente, yo estaba tratando de…
—¿De golpear a Aaron? —Sentí que la voz se me quebraba—. ¡Solo estábamos hablando, Derek!
—¡Precisamente por eso! —explotó, pasándose las manos por el cabello—. ¡No tenía por qué estar tan cerca de ti, no tenía por qué…!
—¿Por qué qué? ¿Preguntarme cómo estaba? —Lo miré, sintiendo que la rabia se mezclaba con las ganas de llorar—. ¡No hice nada malo! ¡No hay nada de malo en hablar con alguien!
—No es solo hablar, Susan, tú no entiendes cómo…
—¡No, el que no entiende eres tú! —lo interrumpí—. ¡Me empujaste! ¡Me hiciste caer al suelo por unos celos que ni siquiera tenían sentido!
—Yo no quería lastimarte, tú lo sabes.