La noticia sofoca la alegría del momento. No solo la mía, los semblantes de todos cambian por la incertidumbre.
Me tomo de la mano de Fred; a pesar de que él se finge tranquilo, el apretón que le da a mi mano delata que no es así como se siente.
La reina decide quedarse junto a su esposo para recibir a su primogénito y le solicita a un sirviente llevar a Moss a que verifique el estado del bebé recién nacido.
—Teodoro está en su oficina, dile que venga para acá cuanto antes —ordena el rey al juez Russo y este se precipita a la salida sin chistar.
—Tal vez deberíamos retirarnos —le sugiero a Fred en un susurro a lo que él asiente.
Apenas damos el primer paso hacia la salida cuando el príncipe Alexor cruza la entrada en compañía de otro joven.
—Bienvenido a casa, cielo —dice la reina al tiempo que lo abraza y lo llena de besos.
—¿Dónde está Triana? —quiere saber él con los ojos de un lado al otro del salón en busca de su esposa. Cuando su mirada pasa sobre nosotros hace el más leve de los reconocimientos alzando las cejas y luego sigue su escaneo.
—Fue a por una infusión para tu hermano… es una historia larga. El bebé de Connor acaba de nacer. —Mientras la reina lo pone al tanto, pasa sus dedos sobre su cabello para acomodárselo.
Es extraño ver a un miembro de la familia real comportarse simplemente como personas; una madre, un hijo, nada fuera de lo común.
Y entonces el rey me devuelve a la realidad.
—¿Qué noticias traes? ¿Te entregaron a Pontecorvo? —exige saber Su Majestad en tono de pocos amigos.
Por un instante, es como si hubieran succionado el aire de la habitación. Todo se queda quieto, petrificado.
Nadie hace o dice nada. El tiempo queda suspendido…
Y entonces Alexor niega.
—Draco se rehusó. Dijo que era impensable entregar a uno de sus súbditos —informa.
El estómago se me acalambra y la mano también, pero eso es por el nuevo apretón que Fred me da sin darse cuenta.
Las puertas vuelven a abrirse, esta vez entran Triana, el juez Russo y el asesor del rey.
—Mi padre no aceptó, ¿cierto? —inquiere la princesa en voz callada, casi en tono de que era más que evidente.
Alexor confirma al tiempo que la rodea con un brazo y besa su frente.
La palabra guerra resuena en mi cabeza como una alarma. Todos mis temores vuelven con más fuerza y las posibilidades de hace unos minutos, el ser aprendiz del médico, un futuro con nuestro bebé y todo lo demás se esfuma en un instante.
—Entonces habrá guerra… —concluye el asesor del rey con evidente pesar.
—No necesariamente —dice Alexor—. Draco ofreció una alternativa: Para empezar, es importante que sepan que, si bien se rehusó a entregarnos a Pontecorvo, él mismo se encargó de llevarlo a la horca. Ese hombre recibió su castigo y fue hecho un ejemplo para todos en Dranberg sobre lo que sucedería si alguien volvía a abrir fuego contra nosotros.
Un escalofrío me recorre la espalda. Alaric está muerto. Hubo un tiempo en que creí que me dominaría por el resto de mis días y ahora él ya no existe más.
—Fui claro en que yo deseaba encargarme de ese malnacido, fue mi reino el que atacó. Merecía morir por mis manos —espeta el rey, claramente disgustado.
—Lo sé y Draco también lo reconoce —continúa el príncipe—; por eso mismo, nos ofreció una compensación generosa que espera te muestre su intención de continuar con la alianza que une nuestros reinos: La corona de Dranberg va a ceder a Encenard todas las posesiones materiales de Pontecorvo para reparar los daños causados por el ataque, bueno todas excepto por los dragones que han vuelto a ser propiedad del rey. Los Mondragón han incautado todos sus bienes y, en caso de que aceptes, venderán las propiedades para entregarnos el oro, además de que cada año nos enviarán las ganancias de las dos minas que ese hombre poseía en vida.
El rey se da la media vuelta y empieza a andar por la habitación. Él no lo hace con nerviosismo como Connor hacía nada, sino malhumorado. Lleva los brazos cruzados al frente y el ceño fruncido.
—Oro… Draco cree que esto se arregla con oro —masculla furioso.
—Con mucho oro —murmura alguien, me parece que el juez.
—¿Cuál es la alternativa? ¿Enfrascarnos en una lucha que acabe con todo lo que hemos construido? Esteldor, tienes un nieto que acaba de abrir los ojos… en alguien debe caber la prudencia —aconseja la reina.
El rey se gira hacia su esposa y chasquea la lengua. A pesar del desagrado que parece mostrar, su gesto se suaviza de forma apenas perceptible. Las palabras de la reina están haciendo mella en él.
—¿Tú qué dices, Fred? —El rey gira su rostro hacia nosotros.
—¿Yo, Majestad? —inquiere mi esposo, sorprendido.
—Te llamas Fred, ¿no? —responde él.
—Sí, pero… quiero decir… No veo qué relevancia podría tener mi opinión —dice Fred con mucha modestia.
—En la mayoría de los asuntos no la tiene, es verdad, pero dado que serás tú quien reciba ese dinero, podrías decir si te parece compensación suficiente para lo que perdieron —responde el rey—. ¡Habla que no tengo todo el día!
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Editado: 28.09.2026