Tormenta de Fuego

Epílogo

El señor Logan cruza el camino que lleva al vergel a paso lento. Va apoyándose del bastón y de su esposa. Su andar es tambaleante y aún no aguanta mucho de pie, pero es un absoluto placer verlo fuera de la cama y recuperando la salud poco a poco cada día.

Tomó meses que llegara a este punto. El dolor ha ido disminuyendo, pero las cicatrices siguen ahí y solo soporta usar cierto tipo de prendas sobre su espalda. Ha sido un proceso de recuperación lento y duro, pero todos estamos encantados de tenerlo con nosotros.

Recargo la frente contra el cristal de la ventana y observo a mis suegros, no deja de admirarme el amor con el que la señora Logan atiende cada una de las necesidades de su esposo. Es una cuidadora paciente e incansable.

Freddy Jr. se agita ligeramente en mis brazos un instante antes de volverse acomodar. Llevo mi atención de la ventana hacia mi bebito recién nacido. Apenas tengo unos días con él y ya estoy completa y absolutamente enamorada de mi hijo.

Paso mis dedos por sus mejillitas sonrojadas y tibias. El bebé bosteza de un modo que me enternece hasta lo más profundo, pero, a decir verdad, todo en mi hijo me enternece.

La puerta de la recámara se abre, Fred asoma la cabeza y me sonríe antes de entrar.

—¿Duerme? —pregunta en un susurro.

—Acaba de caer. Terminó de comer y cayó rendido —respondo también en voz baja.

Fred llega hasta nosotros y se inclina para darme un beso, luego toma asiento a mi lado al borde de la ventana.

—Tu padre está dando un paseo, se ve contento —le digo con la cabeza contra el marco.

Fred echa un vistazo hacia la ventana y sonríe.

—Quería ver cómo quedaron las casas de los trabajadores, no me creía que me encargué de que fueran mejores que las que había antes —dice con abierto orgullo.

Gracias al dinero de Alaric, Alegría se ha levantado de nuevo. La nueva casa principal, con sus varias mejoras y más amplia que la anterior, quedó justo a tiempo para que nos mudáramos antes del nacimiento de Freddy Jr. y no solo eso, sino también todas las residencias de los trabajadores y sirvientes de la finca se reconstruyeron con sus muchas mejoras.

—Has hecho un gran trabajo, seguro que él está muy orgulloso de ti —afirmo.

La sonrisa de mi esposo se estira un poco más.

—¿Interrumpo? —Nancy abre la puerta solo lo suficiente para asomarse dentro.

—Para nada, entra —la invito.

Mi cuñada camina de puntitas hacia nosotros y se asoma a mi regazo para ver al bebé.

—Cosita preciosa y hermosa… me lo comería a besos —susurra.

—Espera a que despierte al menos o te tocará encargarte de dormirlo —bromea Fred.

—¿Ha llorado mucho en la noche? Pobre de los dos —dice Nancy—. No me lo tomen a mal, pero, en ese caso, me alegra que mi habitación esté al otro extremo del pasillo.

Fred toma un almohadón de la silla y se lo lanza suavemente a su hermana, esta lo esquiva y hace la finta de que ríe, pero sin emitir un solo sonido.

—¿Ya vieron a papá? Yo creo que pronto se sentirá con ánimos para que demos un baile de inauguración —dice con tanto entusiasmo como puede imprimir en sus susurros—. Bueno y también falta que tú te recuperes, Innessa.

—Oh, deja de pensar en bailes. —Fred pone los ojos en blanco.

—De ninguna manera. No pudimos hacer el baile para su boda, al menos déjame tener este. Levantar Alegría merece festejarse por lo alto; además, aprovechamos para celebrar su boda y el nacimiento de Freddy Jr. —argumenta mi cuñada.

Hago un gesto de conformidad.

—Por mí suena maravilloso.

—Ya veremos, démosle unos días al asunto —pide Fred—. ¿Alguien gusta una bebida? Pediré que suban un poco de té, tengo la garganta seca.

Mi esposo se encamina a la puerta y llama por el pasillo a un sirviente.

Nancy toma el lugar que su hermano desocupó y me pide que le pase al bebé. Con mucho cuidado para no despertarlo, deposito a Freddy Jr. en sus brazos.

—Es tan hermoso, jamás he visto un bebé tan bonito como él —suspira y luego lleva sus ojos a mí—. ¿Le escribiste a tu familia para avisarles del nacimiento?

Niego y encojo un hombro de forma simultánea.

—¿Para qué? Es mejor guardar las distancias. Ellos ya tienen lo que desean y yo también —replico.

A pesar de sus esfuerzos y artimañas, al final Otis no pudo asegurar su matrimonio con ninguna rica heredera de Encenard. En un acto de compasión característica de mi marido, Fred les dio el dinero suficiente para salvar el hogar Casper y pagó su transporte de vuelta a Dranberg. No he vuelto a saber de ellos desde entonces y, aunque parezca duro, lo prefiero de ese modo.

—Sí, es verdad. Además, nosotros los queremos a ambos de sobra, no necesitan a nadie más —asegura Nancy.

Afirmo suavemente y luego me pongo de pie. No me había percatado de que tenía las piernas entumidas de estar tanto tiempo sentada con el bebé en brazos.

Camino hasta el escritorio en la esquina, a un costado están los libros de medicina que el doctor Moss me dio para que estudiara en los ratos que tuviera tiempo. Por lo pronto, mis días como su aprendiz están en pausa y así se quedarán mientras Freddy Jr. lo requiera, pero mentiría si dijera que no ansió retomar las lecciones. Cada cosa que aprendo del médico me apasiona más y aunque sé que el camino que me falta es largo, estoy más que dispuesta a esforzarme por seguir adelante.




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