Tablero y piezas
A simple vista, el ajedrez parece un juego complicado. Una persona no entendida solo vería un tablero de cuadros a dos tonos, unos claros y otros oscuros, con múltiples piezas diferentes y movimientos diferentes.
Los más admirados dicen que es un juego para gente inteligente, mientras los más toscos dicen que es un juego aburrido para gente aburrida.
Yo no emito juicio. Te invito a conocer cada una de las ocho filas y las ocho columnas del tablero. Te invito, en cada partida, a vivir el sacrificio de los peones, la fuerza de las torres, la nobleza de los alfiles.
Conoce a los intrépidos caballos y a los majestuosos reyes. Siente en carne propia la euforia de ese solemne momento en el que un peón está a punto de ser coronado después de un largo y difícil camino.
Un tablero. Dos jugadores. Treinta y dos piezas. Un objetivo.
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Terón
Terón hablaba con Tiler, su ayudante, que hacía el trabajo de una especie de mayordomo. Estaba en una amplia habitación que daba a la estancia principal y que usaba tanto como sala de reuniones como estancia de descanso, con tres cómodas hamacas y un piso de tierra impecablemente barrido y bien ventilado por dos inmensos ventanales.
De frente a una de las ventanas, sin perder de vista un enorme manzano, le dice a su ayudante:
—En una hora saldré hacia el palacio de Orel. Aparte de mi semental, llevaré un caballo descansado. Y haced llamar al chamán: se irá conmigo. Quiero que le cuente personalmente al Sar lo que vio en el humo.
Tiler, que hasta entonces había permanecido inmóvil en la entrada, estaba vestido como de costumbre con un camisón de lana muy gastado, uno que había heredado de su hermano, el cual había estado en los países libres.
Tiler era la única persona que vestía este tipo de atuendo. Lo tenía manchado y algo desgastado, pero por lo demás estaba bien cuidado y le otorgaba un aspecto sereno y peculiar.
Se acercó unos pasos a Terón y respondió:
—Sí, mi señor. Avisaré al joven del corral para los caballos, y yo en persona iré a buscar al cuervo.
Terón se volteó, lo miró a los ojos y le dijo:
—Y Tiler…
—¿Sí, mi señor?
—Que no despierten a mi esposa. Quiero salir mientras aún duerme.
—Por supuesto, mi señor.
Terón volvió a ponerse frente a la ventana y pensó:
Todo sería más simple si pudiera enviar un halcón, o quizás un mensajero. Pero no sería lo correcto, no con este tipo de mensaje.
Maldito cuervo. Si se equivoca, yo mismo lo colgaré de un manzano. Si no surgen complicaciones, estaré en el Hakal en tres semanas. Enviaré un halcón para avisar mi llegada; sería peor llegar sin avisar.
Terón llamó a voz en cuello a Tom, un guardia regordete encargado de vigilar la puerta cualquiera sea la habitación de la casa en la que se encontrara el patriarca.
Al gritar el nombre del guardia por tercera vez, Terón empezaba a encolerizarse, y justo cuando se acercaba a la puerta apareció otro joven con sus plumas de ala de gallo en la cabeza, lo cual lo acreditaba como guardia.
—Disculpad, mi señor. Yorel envió a Tom a hacer una ronda. Me dejó a mí en su lugar.
—Chico, avisad a Yorel. Iré al Hakal. Que prepare una escolta pequeña de seis jinetes. Partimos ya mismo.
—Sí, mi señor.
Solo espero que mi hermano esté de buen humor.
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Orel
—Inclinación, inclinación. Necesito más inclinación.
—¿A qué se refiere, Sar?
—¿Cuántos juncos de bambú tenemos?
—Ochenta y cinco, de más de treinta cuartas cada una, Sar.
—¿Y en qué vamos con el pegante?
—Rommel comunicó que hay grandes esperanzas con una extraña sabia del bosque. Hay siete rastreadores trabajando en ello.
—Estate pendiente, Samm. Quiero que me mantengas informado.
—Puede contar con ello, mi señor.
—Puedes retirarte, San. Déjame a solas un momento.
—Con su permiso, mi señor.
Cuando Orel quedó solo en el pequeño salón, volvió a concentrarse en los planos que tenía sobre una mesa tosca de pino sin tratar. Los planos estaban dibujados sobre un trozo de cuero y eran una detallada representación de lo que sería un acueducto, utilizando juncos de bambú como canaletas.
Hacía ya casi un año que le compraban tinta y papel a los Micashi, pero cualquier plano le gustaba hacerlo en cuero, pues de esta forma, decía él, eran más resistentes a la humedad y serían claramente legibles por varias décadas, virtudes que no le atribuía al papel.
Lo que atormentaba a Orel respecto al acueducto era cómo hacer fluir el agua en un terreno que resultaba ser casi plano. El agua se estancaría.
De las doce aldeas que componían el Hakal, dos quedaban junto al río Jorcal y seis a orilla de alguna de las lagunas sagradas, teniendo así el problema con el agua potable resuelto.
En cambio, las otras cuatro, ubicadas a orillas del mar, solo disponían de algunos pozos para abastecerse del preciado líquido, y estos empezaban a ser insuficientes.
Se sintió abatido y temporalmente derrotado. Enrolló el pergamino y lo puso en un pequeño estante de medio cuerpo que estaba junto a la mesa. Se soltó el pelo, que llevaba atado en una cola para que no le estorbara mientras se inclinaba sobre la mesa.
Se puso la corona de plumas de alas de águila y salió de la choza que usaba como almacén para los planos de la ciudad.
La construcción tenía forma cilíndrica y contaba solo con dos estancias. Estaba custodiada celosamente por seis calletanos.
Orel siempre decía que en el cuarto de las estrellas —que era como llamaban a la choza de los planos— había mapas detallados de Tierra del Fuego, y que esta información sería peligrosa en las manos equivocadas. Por eso el lugar siempre estaba custodiado por soldados, o como los llamaban los locales, calletanos.
Orel miró al cielo, respiró profundo y caminó a casa. Los cuatro guerreros carib de su guardia personal lo siguieron hacia su palacio.