Touchdown

CAPITULO 7

Verónica.

Mientras preparaba las palomitas de maíz para mi noche de películas con Jake, el sonido del teléfono retumbó en el mesón con la alerta de una llamada entrante. Aliviada al ver la palabra «papá» parpadeando en la pantalla, no dudé en responder.

—¿Cómo estás, cariño? —Escuchar su voz, me alivió más de lo que esperaba—. No había podido responderte porque tenía mucho trabajo en la estación.

—Lo entiendo, papá —aseguré—. Jake y yo estamos bien. Mamá también. ¿Qué hay de ti? ¿Tomaste tus medicinas para el dolor de espalda?

Su carcajada la esperaba, así que no me sorprendió cuando se echó a reír. Mi padre no quería admitir que los años comenzaban a cobrarle factura y que ese "dolor de espaldas" podría ser algo más si no iba al médico. Era medio terco el hombre.

—Sigo de pie como un buen roble, cariño —mencionó con orgullo—. ¿Cuándo vendrán a verme?

—Acabamos de llegar a Boston —ignoré su entusiasmo. Él más que nadie sabía que tardaríamos un poco en acoplarnos a esto—. ¿Quieres hablar con Jake?

—¿Sigue despierto? Son las nueve.

—Sí, pero no tiene clases mañana.

—¿Por?

—Hay una actividad directiva en la escuela, los niños no tienen que ir.

—¿Y qué harán hoy? —preguntó, curioso. Él sabía que su nieto aprovechaba al máximo los días que no tenía que ir a la escuela para que le diera permiso de acostarse un poco más tarde.

—Noche de películas —respondí, asegurando mi teléfono entre mi hombro y mi oreja para que no se me cayera mientras echaba las palomitas en un tazón. Acabarían regadas en mi cama y luego tendría que cambiar las sábanas, eso lo tenía claro—. Estaremos viendo Spiderman, o por lo menos los primeros treinta minutos.

—Siempre cae rendido antes de la mitad de la película. 

—Sí, así es.

No quise decirle lo de Erick para no preocuparlo. No aún. Papá podría fácilmente tomar su auto y venir a apoyarnos de decirle que planeaba contarle la verdad al padre de mi hijo. Si había alguien interesado en que Erick supiera la verdad sobre Jake, era mi padre. Nunca estuvo de acuerdo en que guardara silencio, pero respetó que no era su historia para contar.

Subí las escaleras, pasando por el cuarto de mi madre antes de llegar al mío. Ella sostenía un libro entre sus dedos, y ni siquiera se percató de que terminé de cerrar su puerta para que los gritos emocionados de Jake no la distrajeran en unos minutos.

—¡Abuelo! —Sonreí ante la emoción de mi hijo al arrebatarme el celular cuando supo que su abuelo estaba al otro lado de la línea—. Sí, sabes que mamá siempre se aburre en las películas entonces me hago el dormido.

Pequeño mentiroso.

Besé su cabeza, tendiéndole las palomitas que no dudó en llevarse a la boca, riendo mientras escuchaba a su abuelo hablando.

—Sí, mi maestra es muy buena. Ella es amable —lo escuché decir, pero me dediqué a buscar la película en lugar de prestarle mucha atención. No tardarían en dejar de hablar—. Los dejé en Salem, pero cuando vaya con mamá los traeré a Boston. Cuídalos muy bien, abuelo.

Jake soltó una carcajada, metiéndose más comida a la boca. Tendría que bajar por agua pronto.

—También te quiero, abuelo.

No miré el teléfono para ver si había colgado cuando me lo tendió. Papá se despidió antes de hablar con Jake así que lo más probable era que ya la llamada estaba finalizada. Solo dejé el aparato a un lado, recostándome en la pila de almohadas junto al cabecero, recibiendo entre mis brazos al niño de cinco años que enterró su cabeza en mi pecho, abrazándose a mi cintura mientras la película comenzaba.

—Si tienes sueño me avisas —hablé en vano porque sabía que no me diría nada.

Jake no vaciló al asentir, aferrándose a mi cintura. Sentí su sonrisa al iniciar la película, en tanto pasaba mi mano por su cabello castaño, empapándome de mi niño. El tiempo había pasado demasiado rápido y no podía creer que ya tenía más de cinco años. Parecía tan cercano el momento en que dio sus primeros pasos hacia mi madre, teniéndola llorando en cuestión de segundos.

No alcancé a prestarle mucha atención a la película realmente, mi atención estaba en lo que me rodeaba, en aquello que yo disfrutaba con una punzada de culpa amenazando mi pecho. La imaginen de un Erick en mi lugar era demasiado difícil de desechar.

Yo quería que él tuviera esto con Jake.

No quería negárselo más.

—Si dejo que me muerda una araña mañana, ¿me convertiré en el niño araña?

—No, cariño —contuve la risa, sosteniendo su cintura cuando se arrodilló en la cama frente a mí, a la espera de una respuesta que no tenía—. Probablemente te dolería y tendríamos que llevarte al hospital.

Sus ojos azules se abrieron con asombro y horror. Jake odiaba los hospitales.

—Ya no quiero.

Volvió a enterrar su cabeza en mi pecho, mirándome de vez en cuando y haciendo muecas con su rostro que terminaban en bostezos. Una vez sus ojos se comenzaron a cerrar, alertándome, tiré una manta sobre él, riendo por lo bajo al sentirlo relajar su agarre sobre mí seguido de su pierna rodeando una de las mías.

Le daba cinco minutos para caer por completo.

—Te amo, mi niño —susurré, inclinándome un poco para besar su cabello. Apenas logré rozarlo, y me quedé allí, esperando hasta que comprobé que realmente estaba dormido.

Cuando mi teléfono comenzó a parpadear, prácticamente tuve que volar escaleras abajo para que el ruido no despertara a Jake. Apenas si conseguí colocarlo bien sobre la cama sin despertarlo.

Cox, Hamilton, Johnson, ¿noche de chicos?

El encabezado de una de las webs de chismes de la ciudad me hizo soltar un suspiro cargado de frustración. Debajo, la foto de los tres mencionados entrando a un club nocturno, me recibió. La fotografía parecía haber sido tomada por alguien que estaba algo lejos, pero se veía a la perfección el rostro de cada uno mientras reían a las afueras del club con las manos en los bolsillos mientras los guardias los supervisaban.




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