Trastorno

CAPÍTULO 6: CÓMODA MALDITA

Me ha sido arrebatada la quietud y el reposo. Sueño despierto, siento en la acritud y longitud de mis oídos a abejas que me zumban y me están aguijoneando constantemente.

Mi erradicado silencio de pronto me quema y me consume. Un cruel y candente hierro penetra en lo más profundo de mi alma para desbaratar su pureza. Por otro lado, un perfecto trozo de metal perfora mi piel con su reluciente y poderoso filo de espada, este rasga las obstrucciones de mi destino para poder sellar mi cruenta desdicha.

En esta proliferación de mis amarguras, después de tanta congoja padeciente, experimento una grotesca sensación donde tengo la impresión de que me estoy enamorando de la misma muerte. Mi arrebatado silencio me paraliza y me genera una confusión permanente, en la que se está apoderando de mí una satisfactoria ira.

Tras esta somnolencia que me disipa, una luz centelleante alteró mi sistema nervioso. Me levanté de la cama con cierto apremio y arrastré mis pasos hasta acercarme al halo luminoso. Aquella onda resplandeciente me dejó estupefacto, no podía concebirlo con los sentidos bien puestos. La luz majestuosa me encandiló la vista. Deseoso de confirmar que lo que veían mis ojos era verdad. Analicé su energía que provenía del espejo ovalado, de la cómoda que mi amigo Gael me dio como regalo. La piedra ovalada brillaba tanto que por un momento creí que era una especie de portal que me sugería que lo atravesie.

Con cautela, me aproximé para tocar aquella porosidad perversa que inquietaba mis sentidos. Entonces, la luz cambió de repente, pasó de un blanco puro, a un gris oscuro, a un negro vantablack, y después se transformó en una danza de colores, como si el arco iris estuviera frente a mí.

¡Qué extraña fantasía la que contemplan mis ojos! Me estremezco de solo pensarlo. Jamás he creído en cuentos de hadas ni en leyendas de brujas urbanas, sin embargo, hoy mi escepticismo se desmorona y golpea mis entrañas con fuerza, haciendo una mella en mi corazón.

Manarán mentiras de mis labios si intento asumir lo que me está pasando. Por ello, prefiero divagar en los pensamientos de mi propia ignorancia, sin hallar la más mínima respuesta a este acontecimiento quimérico.

Tras no encontrar respuesta a mis preguntas mentales, aceleré mis pasos para dirigirme hacia mi esposa, que hace rato suspiraba con delicadeza en su lecho, con la intención de que también ella pudiera admirarse como yo.

Pero mi esposa, que en bata se encontraba descansando debajo de las sábanas hace solo un instante, por algún extraño motivo ya no estaba allí. Las sábanas permanecían arrugadas, como si recién se hubiese levantado para ir al baño. En todo caso, la llamé.

¡Cariño! ¿Estás ahí?

Pero no respondió.

En mi desesperación acudí de inmediato a la habitación de Matthew, pero tampoco se encontraba acostado. Luego fui a la de Rowen, y también había abandonado su habitación.

¿Qué está pasando?
Me pregunté con extrema angustia.

Comencé a sudar como caballo tras correr cinco kilómetros. No tenía la más mínima idea de lo que estaba ocurriendo. Eran las dos de la madrugada, no podían haber ido a ningún sitio tan a oscuras. Al mirar por la ventana, vi que la camioneta seguía allí, bajo el techado de paredes descubiertas al frente de la casa.

De repente, sentí que la presión se me bajó. Corrí hacia la habitación de mi hermano Averett, pero también había desaparecido.

¿A dónde se fueron? Pensé asustado. No sentí cuando se movilizaron.

Tras aquella tragedia de inoportuna desaparición, una idea absurda cruzó por mi mente. ¡Quizás los extraterrestres los habían secuestrado! No tenía la más mínima certeza, pero lo sospechaba, pues la cómoda seguía emitiendo esa luz extraña que parecía de discoteca, provenía seguramente de las mismas entrañas del Inframundo. No hallaba otra explicación.

Aquella luz maldita me quebrantó el ánimo. De repente, en un santiamén, comenzó a irradiar con aún más intensidad su aterrador fulgor. Los haces luminosos invadieron toda la casa, y mi espíritu se encolerizó.
Fui al establo, donde los caballos dormían apaciblemente. Los ocho caballos de mi propiedad descansaban con armonía, ajenos al caos. Tomé el hacha que colgaba de un gancho y regresé adentro.

Empecé a darle de hachazos a esa aberración que hinchaba las venas de mi corazón. A cada hachazo, la furia me dominaba fuertemente, cuando logré destrozar la piedra que arrojaba el reflejo luminoso. Al fin tuve la paz que añoraba mi alma.

De repente, mi corazón sintió una leve calma al ver a María. Me volví hacia ella, aliviado de que al menos alguien permaneciera en casa.

Le pregunté, angustiado, a dónde se había marchado mi familia. Necesitaba una respuesta urgente.

Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado. María me miró directo a los ojos, y respondió con algo que jamás imaginé.

-Patrón... no le recomiendo ir a las festividades de la Antonella.

¿Quién es Antonella? Pregunté.

-Son las festividades de mi pueblo, las que odio con toda mi alma, dijo María, con su tono peculiar. Antonella era una muchacha que amaba las fiestas y luego perdió la privación de su cabeza. Se volvió famosa porque veía troles, duendes, muelas con forma de corazón y muchas cosas más... que ni mejor le cuento, pa' que no se asuste o se ría más bien. Le gustaba contar lo que veía en su cabeza, y la gente se reía un montón de ella. Después de su muerte, le hicieron una festividad en su honor. Vaya a saber qué tenía en su mente la pobre. Así me contó mi mamaíta, que cuando era una niña de ocho años conoció a la mesma Antonella en carne y hueso. Antonella por aquel entonces no pasaba de los catorce años, más o menos, aunque mamaíta no estaba muy segura de qué misma edad tenía. También me contó que Antonella no parecía nada bien de la cabeza, estaba segura de que los tornillos se le quedaron bien aflojados... como tuercas que no calzan.

María, no me interesa conocer ninguna de tus historias. Solo quiero saber dónde está mi familia.




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