Me desperté con las energías al doscientos por ciento o más. Mi felicidad es tan inmensa e imposible de explicar. Tengo la sensación de que puedo quedarme en pie sobre una nube.
Asimismo, tengo el presentimiento de que puedo crear mi propia naturaleza si me lo propongo. Siento que nada en mí se vuelve inalcanzable.
Lo he logrado todo en la vida. Si necesito algo, tan solo tengo que pedirlo. Al chasquear los dedos debería de aparecer al instante lo que necesito. Esto último que dije en mis pensamientos fue una exageración; no obstante, siento que las limitaciones solo se encuentran en la mente. Soy un hombre al cual le ha salido todo de forma perfecta. Mi capacidad para los negocios es gigantescamente enriquecedora, soy imposible de superar. Lo que le resulta difícil a otros, para mí es tan sencillo como meter un helado en la boca. No hay nada que no pueda lograr. No existen limitaciones entre mis pensamientos, y, si los hubiera, la única limitación sería el cielo.
De ahí, en este mundo terrenal, todo me resulta tan sencillo. Mi bella esposa Hailey reluce envuelta en sábanas color carmesí. Duerme como si fuese un bello ángel. Sus susurros son tan lentos y delicados; sus pechos se inflan y desinflan suavemente, como un globo admirable. El oxígeno que su respiración inhala y exhala se envuelve en un delicado y placentero suspiro.
Desde mi ventana observo el alba que despunta como un lienzo celestial, en el que el pincel de la aurora desliza tonos de oro líquido y carmín ardiente. La noche, aún aferrada al horizonte con sus últimos suspiros azulados, se disuelve con delicadeza en la creciente luz del amanecer.
Una brisa diáfana recorre los campos, balanceando el pasto alto y acariciando las flores silvestres que, aún perladas de rocío, inclinan sus pétalos en un tributo silencioso al nuevo día.
Desde las ramas de los viejos nogales y robles centenarios, el canto del cardenal norteño emerge como la primera nota de una sinfonía celestial, su trino claro y vibrante se eleva al cielo con la pureza de una plegaria. Y, entre las sombras matizadas por la aurora, la voz grave y pausada de la paloma huilota teje un lamento dulce.
A ras de suelo, la vida menuda también despierta. Grillos rezagados entonan sus últimos himnos nocturnos, mientras las cigarras, con su incesante letanía, comienzan a anunciar la inevitable llegada del calor. Libélulas de alas de cristal planean con grácil indiferencia sobre un estanque, donde las ranas y sapos entonan las últimas sílabas de su concierto nocturno antes de ceder el protagonismo al sol.
A lo lejos, un silbido prolongado y nostálgico rasga el aire matutino: el tren de carga cruza el paisaje con su majestuoso avance de hierro y humo. Las vías vibran bajo su peso. Más allá, escucho el murmullo de un tractor en una hacienda cercana.
El aire está impregnado de perfumes: la fragancia de la tierra húmeda y el dulzor del pasto recién cortado.
En los establos, los caballos resoplan con impaciencia, golpeando el suelo con sus cascos, deseosos de la libertad. Las vacas, con su mugido pausado y tranquilo, parecen entonar una canción de cuna para la mañana naciente, mientras las gallinas, diligentes y bulliciosas, picotean la tierra para hallar lombrices.
Y, en lo alto, sobre ese cielo que ya es un mar de luz y promesas, un avión surca el firmamento dejando tras de sí una delgada estela blanca.
McGregor tiene un despertar con la ternura de un niño que se despereza en la cuna de la tierra, con la majestuosidad de un rey que asciende a su trono de luz. Y, en este instante, en este efímero pero eterno amanecer, todo me resulta perfecto.
Puedo sentir en mi cuerpo como si hubiera dormido doce horas o más.
Mi mansión es un palacio moderno en medio del paraíso: tiene enormes ventanales de cristal reflejan el cielo azul; los cimientos de mármol relucen con cada rayo de luz, y las fuentes de agua cristalina adornan los jardines meticulosamente cuidados. Una escalera doble de mármol lleva a la entrada principal, flanqueada por columnas de piedra tallada.
Dentro, los techos altos están decorados con frescos candelabros de cristal que cuelgan en cada salón, y el piso de mármol verde reluce impecable bajo mis pies. Las paredes de la primera sala están pintadas de amarillo, y la segunda sala es de color coral. Existe un ascensor para subir a la tercera terraza. Mi mansión tiene una sala de cine privada, una biblioteca con miles de libros, un salón de juegos con mesas de billar, póker y juegos arcade.
Asimismo, tengo un garaje con autos de lujo: desde Lamborghini y Ferraris, hasta Bugattis. Quedan introducidos en mi gigantesca sala por la noche, para luego sacarlos fuera por la mañana.
Se ha retrasado la construcción de un subterráneo, semejante a los que existen en los centros comerciales, para que allí queden guardados todos los vehículos y no ocupen espacio en mi sala de estar.
Me volví a acostar para disfrutar la comodidad de mi cama king size con dosel tallado a mano. A mi lado, la sábana de satén rojo carmesí se mostraba descubierta, y me enseñó el oasis de la hermosura. Mi esposa me hizo piquito con su boca y junté mis labios con los suyos, saboreando sus delicados labios carnosos. Sentí el amargor de su boca porque estaba recién despierta; sin embargo, no me incomodó, ya que su boca es la miel que necesita mi cuerpo para seguir endulzando mi maravillosa felicidad.
-¿Cómo amaneció mi rey? Preguntó mi bella esposa Hailey.
Como un rey sin corona, le respondí.
-Tus palabras no tienen sabor, cielo. Si no tienes corona, yo te ofreceré la corona que tanto te mereces.
Ay, mi amor... ¿por qué eras tan perfecta?
-Porque tú siempre fuiste tan perfecto conmigo, vida. Si existiera un premio para el hombre más perfecto del mundo, tu rostro estaría impreso en los periódicos más importantes del planeta. Y la noticia se hubiera esparcido por toda la humanidad. Aunque también pienso que serías el centro de atención, y no estoy segura de poder soportar que alguien siembre la mirada en los ojos de mi amado. Moriría si me quieren quitar a mi hombre. No encontraría a nadie igual que tú, así lo buscase por años.
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Editado: 18.10.2026