🩷 12. Amigas 🩷
«A veces, la familia no es solo la que te toca… sino la que decide quedarse.» —Candace Bushnell
El domingo comenzó demasiado temprano para el gusto de Althea. A las siete de la mañana ya estaba despierta, de pie frente al espejo del baño, observándose con una expresión crítica mientras sostenía el cepillo de dientes.
No era nerviosismo exactamente. Era más bien esa sensación absurda de estar haciendo algo que no encaja en tu rutina diaria. Algo que ya no encajaba del todo en la versión organizada y funcional en la que se había convertido su vida.
No era una cita, era café con un chef que tenía una voz peligrosamente agradable. Que sonaba absolutamente perfecto.
—Sigues haciendo esa cara —murmuró Martina desde la cocina adivinando lo que estaba haciendo su amiga.
Althea salió del baño todavía despeinada y encontró a la mujer sirviéndose café como si viviera allí. Rosa, la madre de Martina, estaba sentada tranquilamente en la mesa desayunando tostadas mientras revisaba algo en su teléfono.
Rosa era el tipo de mujer que llenaba espacios sin proponérselo. Cabello corto teñido de un rubio cálido, labios pintados demasiado temprano para un domingo y una energía encantadora que hacía imposible no quererla.
—¿Qué cara? —gruñó Althea caminando hacia la cafetera—. No tengo ninguna cara.
—La de voy a cancelar y fingir mi muerte. —Martina bebió café con absoluta tranquilidad.
—Todavía puedo cancelar.
—No puedes cancelar una hora antes. Eso ya es un ultraje a la etiqueta.
—No existe eso.
—Debería. —Rosa soltó una pequeña risa divertida.
—Déjala tranquila, Tina. Está nerviosa.
—¡No estoy nerviosa! —Las dos mujeres la miraron exactamente igual.
—Está bien —corrigió Althea después de un segundo—. Tal vez un poco.
—Mucho —aclaró Martina.
Antes de que pudiera responder, unos pequeños pasos apresurados resonaron por el pasillo.
Naia apareció en pijama, despeinada y abrazando un peluche medio aplastado. Parpadeó varias veces hasta que vio a Rosa sentada en la cocina, entonces entrecerró los ojos.
—No es justo. —Las tres adultas la miraron.
—Buenos días para ti también —comentó Rosa divertida.
Naia caminó lentamente hasta la cocina apuntando acusadoramente a la mujer.
—Tú viniste a cuidarme para que mi mamá vaya a una cita con Theo. —Althea casi se atragantó con el café.
—¡No es una cita!
—Claro que sí —contestaron Martina y Rosa al mismo tiempo.
—Todos están en mi contra. —Naia suspiró dramáticamente.
Martina soltó una carcajada y terminó arrodillándose frente a la niña.
—Escúchame, pequeña representante amorosa. La vida no es justa algunas veces.
—¿Entonces? —Naia frunció el ceño, interesada pese al dramatismo.
—Entonces una aprende a sacar ventaja incluso de las situaciones más difíciles.
—¿Cómo? —La niña ladeó la cabeza lentamente.
Martina sonrió como una villana enseñando corrupción adorable.
—Por ejemplo… hoy tu abuela Rosa te llevará al parque. —Naia parpadeó.
—¿Con helado?
—Posiblemente.
—¿Y columpios?
—Muchos columpios. —La niña estaba empezando a reconsiderar la tragedia.
—Pero eso no es todo —continuó Martina bajando aún más la voz—. Si te comportas como la niña hermosa y buena que eres… el próximo fin de semana tendremos pijamada oficial.
—¿Con películas? —Los ojos verdes de Naia brillaron inmediatamente.
—Con películas.
—¿Chocolate?
—Muchísimo chocolate.
—¿Palomitas?
—Palomitas.
—¿Helado?
—Todo el helado que podamos comprar sin que tu madre que ande poniendo restricciones. —Naia abrió la boca impresionada.
—Acepto. —Levantó inmediatamente el dedo meñique. Martina cerró el trato solemnemente.
—Pero el helado tiene que ser de chocolate —aclaró Naia muy seria—. Yo escojo la mejor película del mundo.
—Trato hecho.
—La están convirtiendo en una niña malcriada —protestó Althea apoyándose contra la encimera.
—No —corrigió Martina levantándose—. Esa es la ventaja de tener las mejores tías del mundo. —Rosa levantó la mano orgullosa.
—Confirmo. —Naia asintió convencidísima.
—Son las mejores tías.
—Eso me preocupa todavía más —murmuró Althea.
Media hora después, Martina estaba lista para irse al aeropuerto.