Trillizos para mi jefe alfa

Capítulo 1: Invitación al pasado

*Lilith Santander**

—¡Ni se te ocurra decirme que no, Lilith Santander!

Aparté el teléfono de mi oído y cerré los ojos, rogando por un poquito de paciencia.

Mi hermana podía ser muchas cosas, pero cuando se le metía una idea en la cabeza, ni un huracán era capaz de hacerla cambiar de opinión.

—Luna, por el amor de Dios, ¿puedes dejarme hablar? —suspiré, apoyándome contra la encimera de la cocina—. Ni siquiera me has dejado terminar de explicarte.

—Porque te conozco. Sé perfectamente lo que vas a decir y no pienso permitirlo.

—Entonces, si ya sabes lo que voy a decir, ¿para qué me preguntas?

—¡Porque tengo la esperanza de que, por una vez en tu vida, dejes de complicarlo todo!

No pude evitar sonreír.

Hacía cinco años que no vivíamos bajo el mismo techo y, aun así, Luna seguía teniendo la capacidad de sacarme de quicio con apenas tres frases.

—Escúchame bien, hermanita —continuó, y pude imaginarla al otro lado del teléfono, con las manos apoyadas en la cintura y esa expresión testaruda que había heredado de nuestra madre—. Me voy a casar y quiero que seas mi madrina de bodas. No quiero a ninguna amiga tuya, ni a una prima lejana, ni a una mujer elegida a última hora. Te quiero a ti. Eres mi única hermana.

Su voz se suavizó en las últimas palabras.

Y ahí estaba el problema.

¿Cómo podía negarme cuando sabía lo importante que era aquel día para ella?

Me mordí el labio y miré por la ventana de la cocina. El jardín estaba tranquilo, demasiado tranquilo para una casa donde vivían tres niños de cinco años.

Eso nunca era una buena señal.

—Luna, no es tan sencillo —murmuré—. Tengo que pensar en los niños. Ya sabes cómo son. Son inquietos, no se quedan quietos ni cinco minutos y…

—Son niños, Lilith. ¿Qué esperas? ¿Que se sienten en una esquina a tejer mientras los adultos celebran?

—No te burles. Hablo en serio.

—Y yo también. Quiero que estés conmigo ese día. Quiero entrar a la iglesia sabiendo que mi hermana está a mi lado. Quiero que me ayudes a vestirme, que me digas si estoy haciendo el ridículo con el peinado y que llores como una tonta cuando me vea con el vestido.

—Yo no lloro como una tonta.

—Claro que no. Tú solo lloras cuando ves películas románticas, cuando se te quema la comida o cuando uno de tus pequeños decide que las paredes necesitan una nueva decoración.

—¡Eso ocurrió una sola vez!

—Tres veces, Lilith. Tres. Y tengo fotografías.

Solté una carcajada a pesar de mí misma.

Por un instante, fue como si aquellos cinco años de distancia no existieran. Como si volviéramos a ser las dos niñas que compartían habitación, secretos y sueños, sin imaginar que la vida podía cambiar tanto en tan poco tiempo.

Pero la nostalgia duró poco.

Porque aceptar aquella invitación significaba regresar al país que había jurado no volver a pisar.

Significaba acercarme a lugares que todavía me provocaban pesadillas.

Y, sobre todo, significaba correr el riesgo de encontrarme con el hombre del que había escapado.

El hombre que no sabía que tenía tres hijos.

El hombre cuyo nombre llevaba cinco años intentando borrar de mi memoria.

Andrew y Asher eran demasiado pequeños para comprender lo que había ocurrido antes de su nacimiento. Anne también. Para ellos, yo era simplemente mamá, la mujer que les preparaba el desayuno, los arropaba por las noches y corría detrás de ellos cuando decidían convertir la casa en un campo de batalla.

Y eso era todo lo que necesitaban saber.

Al menos, por ahora.

—Lilith, ¿sigues ahí? —preguntó Luna.

—Sí, aquí estoy.

—Entonces, dime que vendrás.

Abrí la boca, pero las palabras se atascaron en mi garganta.

—No sé si podré, Luna. Tengo que organizar muchas cosas y no puedo llevar a los niños a cualquier parte. Además, un viaje con los tres…

—No aceptaré un no como respuesta.

—Luna…

—¡Eres mi única hermana! —exclamó—. No pienso casarme sin ti a mi lado. Si hace falta, te mando un avión, una niñera y hasta un equipo de seguridad para que tus pequeños terremotos no destruyan el salón de bodas.

—Mis hijos no son terremotos.

—Por supuesto que no. Son tres angelitos. Angelitos que, según tú, una vez consiguieron abrir una puerta cerrada con llave, trepar al techo del garaje y dejar a un repartidor convencido de que había entrado en una casa embrujada.

Me llevé una mano a la frente.

—No vuelvas a mencionar lo del repartidor.

—¿Por qué? ¡Si fue maravilloso!

—Porque casi llama a la policía.

—¡Y tú casi te desmayas cuando lo viste salir corriendo!

Volví a reír, aunque una parte de mí no encontraba nada gracioso en aquellos recuerdos.

Mis hijos eran diferentes. Siempre lo habían sido.

Demasiado diferentes.

—Solo prométeme que lo pensarás —insistió Luna, esta vez con un tono más dulce—. No te estoy pidiendo que te quedes un mes. Solo quiero tenerte conmigo en uno de los días más importantes de mi vida.

Cerré los ojos.

¿Cómo podía decirle que no?

¿Cómo podía explicarle que no era la boda lo que me asustaba, sino todo lo que podía esperar por mí al regresar?

—Lo pensaré —respondí finalmente.

—Eso es suficiente por ahora. ¡Sabía que terminarías entrando en razón!

—No he dicho que vaya a ir.

—Y yo he decidido no escuchar esa parte. Te quiero, hermanita. Te mando todos los detalles esta noche.

—Yo también te quiero.

—¡Y prepara a esos tres pequeños! Quiero que mis sobrinos sean los niños más guapos de la boda.

—Eso no será difícil. Son preciosos.

—Modesta, como siempre. Te llamo luego. ¡Un beso!

La llamada terminó antes de que pudiera responder.

Me quedé mirando la pantalla del teléfono durante unos segundos.

La boda de Luna.

El regreso a mi país.

Y la posibilidad de volver a encontrarme con el pasado.




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