Lilith Santander
—¡Mamá, no te muevas! ¡Te voy a peinar!
Contemplé mi reflejo en el espejo mientras Anne tiraba de un mechón de mi cabello con una concentración digna de una estilista profesional.
O, al menos, eso parecía creer ella.
—Cariño, si sigues tirando así, vas a dejarme calva antes de llegar a la boda.
—¡No es cierto! —protestó, frunciendo su pequeña nariz—. Las princesas tienen que estar bonitas.
—¿Y quién te ha dicho que soy una princesa?
—Nadie. Pero eres mi mamá, así que tienes que ser la más bonita.
Mi corazón se derritió.
Me giré y la atraje hacia mí para besarle las mejillas. Anne soltó una risita y me rodeó el cuello con sus bracitos, ajena a la tormenta de emociones que llevaba horas librándose dentro de mí.
Aquella mañana había intentado convencerme de que viajar a la boda de mi hermana era una buena idea.
Me había repetido que habían pasado cinco años, que el mundo era demasiado grande para que el destino volviera a cruzarme con Alexander Blackwood y que, incluso si lo hacía, yo ya no era la mujer ingenua que había abandonado aquel país con el corazón destrozado y tres bebés en el vientre.
Ahora era una madre.
Una mujer que había aprendido a sobrevivir sola.
Una mujer que haría cualquier cosa para proteger a sus hijos.
Y, sin embargo, mientras me colocaba unos pendientes frente al espejo, sentía que estaba a punto de cometer el peor error de mi vida.
—¡Mamá! —gritó Andrew desde el pasillo—. ¡Asher dice que mi corbata parece la de un payaso!
—¡Porque parece la de un payaso! —respondió su hermano desde alguna parte de la casa.
Suspiré.
Ahí estaban mis pequeños terremotos.
—¡Los dos, a mi habitación! ¡Ahora mismo!
Unos segundos después, los gemelos aparecieron en la puerta. Ambos llevaban pantalones oscuros, camisas blancas y pequeñas chaquetas que Luna había enviado para la ocasión. Andrew tenía la corbata torcida, mientras Asher lucía la suya perfectamente anudada.
Demasiado perfectamente.
Entrecerré los ojos.
—Asher, ¿quién te ayudó con la corbata?
—Nadie.
—¿Te la anudaste tú solo?
—Sí.
Miré a Andrew.
—¿Y tú?
—Yo también puedo hacerlo solo, pero Asher dijo que si me ayudaba, luego tendría que darle mi postre.
Me llevé una mano a la frente.
—¡Asher!
Mi hijo se encogió de hombros con una sonrisa inocente.
—Los negocios son los negocios, mamá.
No pude evitar reírme.
A veces me preguntaba de dónde sacaban aquellas ocurrencias. Eran demasiado pequeños para tener semejante capacidad para negociar, manipular y encontrar siempre la manera de salirse con la suya.
Aunque, si era sincera conmigo misma, sabía perfectamente de dónde habían heredado aquella seguridad.
De su padre.
Y pensar en él siempre conseguía borrar cualquier sonrisa de mi rostro.
—Ven aquí, Andrew —ordené, haciéndole una seña.
El pequeño se acercó y me agaché para arreglarle la corbata. Asher se sentó al borde de mi cama y Anne se acomodó a mi lado, abrazando una muñeca que no había soltado en toda la mañana.
Los observé a los tres.
Mis tres razones para levantarme cada día.
Mis tres pequeños milagros.
Cinco años atrás, cuando descubrí que estaba embarazada, jamás imaginé que terminaría criándolos lejos de su padre. Tampoco imaginé que tendría que inventar respuestas cada vez que preguntaran por él.
Al principio, eran demasiado pequeños para notar su ausencia.
Pero los niños crecían.
Y las preguntas también.
—Mamá…
La voz de Asher me sacó de mis pensamientos.
—¿Sí, mi amor?
El pequeño jugueteó con los dedos antes de levantar la mirada hacia mí.
—¿Cuando lleguemos a la ciudad podremos ver a papá?
Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.
Mis manos se quedaron inmóviles sobre la corbata de Andrew.
Anne dejó de jugar con su muñeca.
Y Asher me miró con esos ojos que, por desgracia, se parecían demasiado a los de su padre.
—¿Por qué me preguntas eso, cariño? —conseguí decir.
—Porque vamos a viajar al lugar donde vivías antes de que naciéramos —respondió—. Y tú dijiste que papá vivía allí.
Tragué saliva.
No recordaba haberles dicho exactamente eso. Tal vez alguna vez había cometido el error de hablar de mi pasado sin pensar que ellos escucharían cada palabra.
Los niños siempre escuchaban más de lo que los adultos creíamos.
—¿Y tú también quieres verlo? —le pregunté.
Asher asintió.
—Sí.
Andrew levantó la cabeza de inmediato.
—¡Yo también! Quiero saber si es tan fuerte como yo.
—¡Seguro que yo soy más fuerte que él! —replicó Asher.
—¡No! ¡Yo puedo correr más rápido!
—¡Yo puedo saltar más alto!
—¡Basta! —intervine, aunque mi voz salió más débil de lo que pretendía.
Los dos guardaron silencio.
Anne se acercó y apoyó su pequeña mano sobre mi rodilla.
—Yo también quiero conocerlo, mamá.
Aquellas palabras terminaron de destrozarme.
Mi niña no gritaba ni discutía como sus hermanos. No exigía respuestas ni hacía preguntas una y otra vez. Simplemente me miraba con aquella dulzura que siempre conseguía atravesar mis defensas.
—¿Tú también, mi vida?
Ella asintió.
—Quiero saber cómo es mi papá. ¿Tiene los ojos como los míos? ¿También le gusta abrazar? ¿Me querrá cuando me conozca?
Se me cerró la garganta.
¿Cómo podía explicarle que su padre era un hombre que jamás había sabido de su existencia?
¿Cómo podía decirle que el hombre al que quería conocer era el mismo que me había enseñado que el amor podía convertirse en miedo?
¿Cómo podía confesarle que, a pesar de todo lo que había ocurrido, una parte de mí todavía temblaba al recordar su voz?
Abracé a mi pequeña y apoyé la mejilla sobre su cabello.
—No lo sé, cariño.
—¿Pero vamos a buscarlo? —insistió Andrew.